Damián explota contra los Merino y reprocha que hayan votado a Massina – Sueños de Libertad
Título: “Perfumerías De la Reina al borde del abismo: Digna y Damián se enfrentan por el legado familiar”
En el nuevo y explosivo capítulo de Sueños de Libertad, el enfrentamiento entre Digna y Damián se convierte en el reflejo de la crisis más profunda que atraviesa Perfumerías De la Reina. Lo que comienza como una conversación tensa termina por revelar las fisuras irreparables entre dos generaciones: los fundadores, aferrados a un pasado glorioso, y sus hijos, que intentan sobrevivir en un mundo que ya no respeta los viejos valores. La batalla entre la tradición y la adaptación estalla con una intensidad que deja claro que, detrás del perfume y la elegancia, se esconde un universo de orgullo, decepción y heridas abiertas.
Damián irrumpe con una mezcla de indignación y decepción. Su mirada hacia Digna, la mujer con la que ha compartido décadas de trabajo y respeto mutuo, ahora está cargada de reproche. “Confiaba más en tu criterio”, le espeta, con un tono que corta el aire. “Esperaba que hubieras inculcado a tus hijos el compromiso con la empresa”. Digna, serena pero firme, intenta mantener la calma. “Lo tienen”, responde. Pero Damián no se deja convencer. “¿Ah, sí? Entonces, ¿cómo se explica que hayan renunciado a su legado sin luchar lo más mínimo? Porque eso es lo que han hecho”.
Sus palabras resuenan como un golpe. Digna lo mira, herida por la injusticia de la acusación. No hay nada que duela más que dudar del amor y la entrega de sus hijos. “Madre mía, lo que hay que oír…”, murmura, intentando contenerse. Pero Damián no se detiene. Su rabia se alimenta del orgullo herido y del miedo a perder todo lo que construyeron.

Digna, sin embargo, no retrocede. Explica que, aunque al principio compartía la postura de Damián —la de no vender bajo ninguna circunstancia—, con el tiempo entendió que resistirse era condenarse. “Precisamente por el amor a ese legado, mis hijos me han hecho entender que no podíamos seguir obstinados”, dice con voz temblorosa pero segura. “Negarnos a la venta significaba perderlo todo.” Es una confesión que nace del dolor, no de la rendición. Pero Damián la interrumpe con dureza: “Has visto el resultado, Digna. Ha sido mucho peor el remedio que la enfermedad.”
El ambiente se vuelve insoportable. Las palabras hieren como cuchillos. Digna intenta poner fin a la discusión. “Basta ya”, exclama, exasperada. “Por muchas vueltas que le demos, la realidad es la que es.” Y añade con una mezcla de resignación y determinación: “A no ser que Gabriel saque algo de la chistera, las cosas no van a cambiar. Así que me voy a la fábrica a trabajar, que es la única manera de cambiar algo. A ver si tú haces lo mismo.” Con esa frase, Digna no solo se defiende: lanza un desafío.
Pero Damián no soporta la idea de que lo contradigan. Se siente cuestionado, desplazado por una generación que ya no lo necesita para tomar decisiones. “Mira, Digna”, dice con tono altivo, “Gervasio y yo tuvimos muchos encontronazos, pero lo de tu hijo raya la falta de respeto.” Digna lo mira fijamente y responde sin vacilar: “Discúlpame, pero el que no ha tenido respeto eres tú. No soportas que los demás tengan criterio propio.”
Esa respuesta desarma a Damián. Por un momento, parece perder la compostura. Pero enseguida contraataca: “Han metido la pata hasta el fondo.” Digna, cansada de su arrogancia, lo enfrenta con una verdad que él no quiere escuchar: “¿Acaso no lo hicisteis tú y Gervasio una y mil veces? ¿O ya se te olvidan tus errores?”
El intercambio se convierte en un duelo de generaciones. Digna defiende a los jóvenes con pasión. “Tus hijos y los míos han tomado el relevo de la fábrica que fundasteis. Son ellos quienes están al frente ahora, y tienen que capear con situaciones nuevas que vosotros no vivisteis. Y, por supuesto, tienen derecho a equivocarse tanto como lo hicisteis vosotros.” Cada palabra resuena como un eco de justicia. Digna no habla solo por su familia, sino por todos los que cargan con el peso de los errores heredados.
Damián, en cambio, no acepta la derrota. “Oh, por Dios”, exclama, alzando las manos. “Ahora no es momento de reproches.” Pero su tono suena más a defensa que a conciliación. Digna, más tranquila, le devuelve la mirada con dignidad: “Exacto. No es momento de reproches, sino de dar lo mejor de nosotros mismos para que Brosat no desvirtúe la esencia de Perfumerías De la Reina.”
Ese nombre —Brosat— se convierte en una sombra que domina toda la conversación. La empresa extranjera que ahora controla parte de la fábrica representa todo lo que Damián teme: la pérdida del control, la traición al legado, la humillación de depender de otros. Sin embargo, Digna sabe que la realidad ya no puede cambiarse a base de orgullo. “Gracias por tus sabias palabras”, replica él con sarcasmo. “¿Tienes algún consejo más para salvar la empresa?”

Ella no se deja intimidar. “Sí”, responde con frialdad. “Humildad. Porque si sigues así, solo vas a traer más problemas.” La palabra “humildad” cae como una piedra en el corazón de Damián, que no soporta verse reflejado en su soberbia. Pero en lugar de reflexionar, responde con ironía: “No te apures, a partir de ahora agacharé la cabeza, que parece que ese va a ser el nuevo estilo de esta empresa.”
La música sube, y el silencio posterior es elocuente. Digna lo observa marcharse, sabiendo que no ha logrado hacerlo entender. Lo que antes era un lazo de respeto mutuo se ha transformado en una grieta irreparable. Él sigue creyendo que la autoridad se gana imponiéndose, mientras ella entiende que el verdadero liderazgo consiste en adaptarse, incluso cuando duele.
Este enfrentamiento no es solo una disputa personal: simboliza la lucha de toda una saga por sobrevivir al paso del tiempo. Los fundadores, como Damián, no pueden aceptar que sus hijos tomen decisiones diferentes a las que ellos habrían tomado. Pero Digna, más consciente de la fragilidad del momento, entiende que el cambio es la única salida. La venta, por dolorosa que sea, ha evitado la ruina total. Lo que está en juego ya no es solo una empresa, sino la unión familiar.
En los próximos episodios, esta guerra silenciosa entre orgullo y pragmatismo tendrá consecuencias devastadoras. Damián, cegado por el resentimiento, podría aliarse con quienes menos conviene, mientras Digna intentará mantener la integridad de Perfumerías De la Reina a toda costa. Gabriel, mencionado casi como una esperanza, podría ser la clave para reconciliar lo irreconciliable, pero su lealtad será puesta a prueba.
Y así, entre el eco de viejas promesas y el perfume de una empresa que se desmorona, Sueños de Libertad nos muestra que el verdadero peligro no está en los enemigos externos, sino en la incapacidad de una familia para dejar atrás su propio orgullo. Porque a veces, para salvar un legado, hay que tener el valor de cambiarlo.