La Promesa – Avance del capítulo 712: Lorenzo descubre el doble juego de Leocadia
Avance ‘La Promesa’: Lorenzo descubre el doble juego de Leocadia (capítulo 712, lunes 10 de noviembre)
El amanecer en el palacio de La Promesa llega cargado de tensiones silenciosas, de verdades que empiezan a agrietar los muros y de un retorno que sacudirá los cimientos de la familia Luján. El regreso de Lorenzo no trae paz, sino una certeza peligrosa: detrás de la aparente calma, Leocadia ha tejido un entramado de mentiras para proteger su reputación y encubrir el pasado de su hija Ángela. Lo que empieza como una mañana luminosa pronto se convertirá en el escenario de una guerra fría entre la verdad y las apariencias.
Manuel, ajeno aún al torbellino que se avecina, celebra los progresos de su motor junto a don Luis. Ambos hablan de humo en el cielo, de innovación y de orgullo familiar. Pero ese humo, como presiente Manuel, no será solo el del progreso, sino el de las verdades que pronto arderán. En los pasillos, las criadas se mueven con inquietud; Petra ha sido degradada por orden directa de Leocadia, un gesto que deja ver la dureza con la que la señora del palacio mantiene el control. Pía intenta consolarla, y Samuel se ofrece a ayudar, pero Petra comprende que en esa casa, la compasión se paga caro.
Mientras tanto, en la cocina, Simona y Candela se aferran a su trabajo como a un refugio. Han descubierto que sus recetas han sido robadas y publicadas bajo otro nombre, y deciden luchar por lo que les pertenece. Lope, temeroso, duda en alzar la voz, pero Simona lo anima: “No nos vamos a callar”, promete. El aire huele a justicia, aunque también a miedo.
Pero es la llegada de Lorenzo lo que altera definitivamente el orden. Su entrada no tiene el brillo del héroe, sino la densidad del juez que regresa con preguntas que nadie quiere responder. En su mirada, hay sospecha y desconfianza. Ángela finge serenidad, Beltrán se muestra cortés, y Leocadia despliega su habitual compostura. Sin embargo, Lorenzo percibe la tensión que flota entre los tres. No necesita pruebas: basta una mirada esquiva y un silencio prolongado para entender que hay secretos que buscan desesperadamente seguir ocultos.

Cuando se enfrenta a Leocadia en su despacho, el aire se llena de pólvora invisible. Lorenzo acusa a la matriarca de encubrir a su hija con un matrimonio que pretende borrar una historia de amor prohibido. Leocadia, fiel a su estilo, responde con elegancia venenosa: su deber es asegurar el futuro de Ángela, no rendir cuentas a un hombre que se fue cuando debía quedarse. Lorenzo insiste. Habla de cartas, de viajes, de encuentros furtivos. Ella le exige discreción; él le niega el silencio. Ambos entienden que el combate acaba de comenzar.
El choque entre ellos no solo destapa la mentira de Ángela, sino que también pone en peligro la boda con Beltrán. Lorenzo advierte que el compromiso es una farsa, un intento de limpiar una mancha con más engaños. Pero Leocadia, más astuta que nunca, defiende su plan: “No organizo bodas, organizo destinos”. Para ella, no se trata de amor ni de justicia, sino de supervivencia social. Lorenzo, sin embargo, no está dispuesto a callar.
El enfrentamiento deja heridas invisibles. Ángela, testigo de la disputa, se siente atrapada entre la lealtad a su madre y la culpa por un amor que todavía respira. Cuando Lorenzo la encara, ella confiesa su resignación: “A veces conviene ahogarse”, dice, aceptando que casarse con Beltrán es la única forma de salvar lo poco que le queda. Lorenzo la mira con tristeza, consciente de que la compasión llega siempre tarde.
En paralelo, Jacobo y Martina descubren otro misterio: las cartas de Catalina no son auténticas. Alguien dentro de la casa falsifica la correspondencia, manipulando la información para mantener el control. Jacobo sospecha de un juego interno, un doble fondo donde los secretos circulan disfrazados de noticias. Curro se une a la investigación, convencido de que la mano que mueve los hilos tiene nombre y apellido: Leocadia. Pero pronto descubrirán que el engaño es aún más profundo.
Mientras tanto, Simona y Candela, junto a Lope, preparan su propio contraataque. Pretenden desenmascarar al ladrón de sus recetas con pruebas y con orgullo. Su cocina se convierte en símbolo de resistencia, un pequeño foco de verdad en una casa dominada por las apariencias.
Al caer la tarde, Leocadia convoca a Ángela en el salón azul. Entre ellas, el velo de novia reposa como una sentencia. Ángela rompe el silencio: “No quiero”. Y, sorprendentemente, Leocadia responde: “Yo tampoco”. Pero ambas saben que ya no se trata de querer, sino de resistir. Lorenzo sabe demasiado, y si él habla, todo el equilibrio se derrumbará. Leocadia decide adelantarse: la verdad, dicha por su voz, puede convertirse en tradición; en boca de otros, será escándalo.

En ese momento, Ángela toma una decisión que cambiará el rumbo de la historia: ella misma contará su verdad. No como una confesión vergonzosa, sino como un acto de dignidad. Dirá a Beltrán que se casará sin borrar su pasado, sin renegar de su amor por Curro. Si él lo acepta, habrá boda; si no, habrá ruptura. Leocadia intenta detenerla, pero ya es tarde: su hija ha heredado su valentía, no su miedo.
Lorenzo, por su parte, descubre otro frente oculto: el doble juego de Leocadia con la correspondencia y el control de las cartas de Catalina. La acusa de manipular mensajes y de tejer una red de poder entre los de arriba y los de abajo. Leocadia, lejos de negarlo, lo reta: “Entonces empieza por mí, y que nos aguante la verdad”. Por primera vez, ambos parecen entenderse: no como enemigos, sino como cómplices de una purificación inevitable.
La jornada culmina con un hallazgo inesperado: un criado entrega una carta destinada a Jacobo con instrucciones explícitas de no ser entregada. Leocadia la lee y pronuncia la frase que marcará el destino de todos: “El lunes ha empezado, y ha empezado con la verdad saliendo a la carrera”.
Esa noche, Lorenzo baja a la cocina y, en un gesto simbólico, se une a Simona, Candela y Lope para planear cómo contar la verdad. No busca méritos, solo justicia. “Entonces yo pongo la mesa”, dice. Por primera vez, el palacio parece respirar un aire limpio, aunque todos saben que el precio será alto.
El capítulo concluye con una promesa silenciosa: Jacobo vigilará cada carta, Martina enfrentará su propio límite, Petra anotará quién fue leal, y Ángela subirá las escaleras para enfrentarse a Beltrán. Lo que ocurra en esa conversación definirá no solo su destino, sino el de toda La Promesa.
Y justo antes de las diez, Lorenzo pronuncia las palabras que sellan el capítulo:
—No pienso callar. Pero tampoco voy a gritar. Voy a contar, con nombres y con pruebas, cómo se ha construido esta red de mentiras.
Leocadia asiente, por primera vez sin soberbia:
—Empieza por mí. Y que nos aguante la verdad.
Ese día, La Promesa hace honor a su nombre. No como un lugar de poder, sino como un espacio donde, al fin, se atreve a decirse la verdad.