La Promesa – Avance del capítulo 713: Lorenzo descubre el engaño de Leocadia

Lorenzo descubre el engaño de Leocadia

El día en La Promesa amaneció cargado de secretos. Lorenzo, el capitán que había llevado siempre la disciplina como un estandarte, sentía cómo la paciencia se le agotaba. La reciente escapada de Ángela y Curro no había sido un simple paseo, y él, con el corazón en tensión, exigía respuestas. Frente a él, Leocadia, imperturbable y serena, afirmaba que todo había sido un plan cuidadosamente trazado. Pero la pregunta permanecía: ¿decía la verdad o solo buscaba ganar tiempo antes de que el palacio se desmoronara bajo el peso de los secretos?

Mientras Lorenzo se preparaba para enfrentar a Leocadia, Ángela y Curro lidiaban con emociones que intentaban negar. La distancia que se imponían era solo aparente; sus corazones traicionaban la prudencia de sus cuerpos. En el hangar, Toño y Enora discutían con intensidad, cada reproche como un rayo que sacudía el aire cargado de aceite y herramientas. Simona y Candela, por su parte, en la cocina, urdían un plan para desenmascarar al impostor que operaba bajo el nombre de Madame Cocotte. Y Jacobo seguía el rastro de unas cartas misteriosas que podían cambiarlo todo en el palacio, revelando que las intrigas no siempre venían de fuera, sino que a veces nacían dentro de las paredes de La Promesa.

Lorenzo llegó al invernadero, donde Leocadia se movía entre plantas, una rosa en la mano. Sus puños cerrados, los nudillos blancos, delataban la tensión acumulada. “No estoy dispuesto a dejar pasar ni una”, murmuraba mientras avanzaba. Con frialdad, le acusó de haber permitido un viaje que cruzó límites, un secreto que ella había protegido. Leocadia, con calma casi provocativa, sostuvo la rosa y respondió que no amparaba a nadie, que solo supervisaba y, cuando era necesario, probaba. “¿Una prueba de qué?”, replicó Lorenzo, con el ceño fruncido. “Del tamaño de su verdad”, contestó ella, dejando claro que todo formaba parte de un plan más amplio, uno que ni él ni Adriano, ni siquiera la corte de sombras que parecía gobernar el palacio, podían comprender del todo.

Avance semanal de 'La promesa': Lorenzo, a un paso de descubrir el plan  secreto de Leocadia - La promesa

La tensión se mantenía mientras Lorenzo intentaba discernir entre justicia y manipulación. Leocadia pedía tregua, no para sí misma, sino para la verdad. Jacobo estaba a punto de descubrir un fantasma que se escondía en el corazón de La Promesa, y cualquier escándalo con Ángela podía desbaratarlo todo. Lorenzo, aunque reticente a negociar con sombras, aceptó escuchar los resultados de lo que ella había dispuesto: todas las cartas de Adriano en manos de Jacobo, con la promesa de revelar la verdad sin necesidad de destruir a nadie. Sin decir palabra, Lorenzo se retiró, golpeando la puerta al salir, mientras la vibración recorría el invernadero como un aviso silencioso.

Ángela y Curro atravesaban el patio por caminos distintos, obedeciendo un acuerdo tácito de invisibilidad para proteger lo que aún podían salvar. Sus miradas se cruzaban con el peso de lo no dicho, cada gesto cargado de memoria y deseo contenido. Mientras tanto, en el hangar, Toño y Enora enfrentaban la verdad de su relación. Entre tornillos y herramientas, Toño confesó su culpa y Enora, con dolor contenido, le recordó que la cobardía puede herir más que la maldad. La sinceridad se impuso y la tensión empezó a ceder, aunque el dolor seguía latiendo como un hilo invisible entre ellos.

En la cocina, la estrategia contra Madame Cocotte avanzaba con precisión quirúrgica. Simona, Candela y Vera elaboraban una receta imposible de replicar, un “pastel” que solo ellas sabían preparar, marcado con azúcar dorada y esencia de vainilla, un código invisible que delataría al impostor. Lope, que había aceptado temporalmente su derrota, encontraba en la determinación de las mujeres un motivo para recuperar esperanza. Cada detalle, cada trazo de azúcar y vainilla, se convirtió en un testigo silencioso de la verdad que estaba por surgir.

 

Jacobo, en la biblioteca, trabajaba obsesivamente sobre las cartas, buscando signos que revelaran su origen. Descubrió dos letras diminutas, A.L., que se repetían en varias misivas y desprendían un tenue aroma a vainilla. La revelación lo dejó perplejo: las cartas venían de dentro, usando el papel y la tinta del palacio. Era una conspiración femenina, invisible y silenciosa, que necesitaba ser descifrada sin levantar sospechas. Leocadia, consciente de su propio juego, le permitió acceso a la correspondencia y sellos, recordándole que la verdad perseguida se vuelve resbaladiza.

La Promesa: Avance semanal del 10 al 14 de noviembre

El palacio seguía su curso, con cada personaje actuando en su propio espacio y tiempo. Lorenzo, encontrando un momento de calma al cruzarse con Manuel, comprendió que las casas y las familias requieren cuidado constante, como un motor que depende de cada tornillo. Ángela, con la serenidad de quien conoce sus límites, decidió que la única forma de sobrevivir al deseo era trabajar, servir y mantener la distancia, evitando hablar con los ojos, esa lengua traidora que delata todo lo que el corazón calla. Curro aceptó la estrategia de silencio, conformándose con merecer a Ángela en secreto mientras la vela de la capilla temblaba como testigo silencioso de su pacto no hablado.

Al llegar la mañana, la luz clara del día reunía a todos ante verdades que comenzaban a emerger. Toño y Enora compartían respeto renovado; Curro, firme en su labor, recordaba que los detalles pequeños sostienen lo grande; Ángela, serena, colocaba copas; Lope olía una esperanza que no era ilusión, sino justicia; Simona y Candela estaban listas para mostrar al impostor el camino de su engaño; Vera, con el dedo dorado como prueba, aguardaba el momento preciso. Jacobo, en la biblioteca, seguía las pistas de las letras y los aromas, mientras Petra, con el brillo en su falda, comenzaba a descubrir el hilo de oro dejado por la intervención de otros.

Leocadia, desde la escalera principal, cerró los ojos un instante, agradecida por el equilibrio delicado que se había logrado: cada personaje en su lugar, sin saber que esa disposición era la antesala de la verdad. Porque en La Promesa, la verdad llega como un amanecer de otoño: silenciosa, pero iluminando las cosas hasta hacerlas confesar. Y hoy, finalmente, las formas comenzaban a revelarse. Un rastro de oro sobre el pasamanos anticipaba la verdad que estaba a punto de decir su nombre, mientras Lorenzo, Jacobo, Ángela, Curro y todos los demás se acercaban, sin saberlo, al desenlace de secretos, engaños y verdades largamente aguardadas.