Cloe sorprende a las chicas de la tienda con un nuevo método de venta – Sueños de Libertad

Después de ver cómo me atendieron el otro día…

En los próximos capítulos, Perfumerías La Reina vivirá uno de sus cambios más polémicos y decisivos, un giro que marcará no solo la dinámica de trabajo, sino también la estabilidad emocional de todas las dependientas. Lo que parecía una reunión rutinaria termina convirtiéndose en un anuncio que sacude por completo a Carmen, a sus compañeras y a todo el equipo de ventas.

La escena se abre con un tono frío y calculado: tras evaluar la forma en que fue atendida y después de haber presentado en Francia un nuevo enfoque de ventas más agresivo, la dirección ha tomado una decisión radical. A partir de ese momento, todas deberán trabajar a comisión. Una parte del sueldo será fija, sí, pero la otra dependerá estrictamente del rendimiento individual.

El anuncio cae como un jarro de agua helada. Carmen, siempre prudente, intenta aclarar la parte esencial: “Entiendo que el sueldo fijo se mantiene igual, ¿verdad?”. Pero la respuesta es un duro golpe: para las dependientas la parte fija será más baja. No se presenta como una reducción, aunque lo sea en la práctica. La dirección insiste en que deben verlo como una “oportunidad”, una puerta para “ganar mucho más”.

El ambiente se tensa. Ese supuesto incentivo no convence a nadie. La idea de que el sueldo dependa de factores externos —clientes, disponibilidad de productos, ánimo de compra— genera más incertidumbre que ilusión. La palabra “oportunidad” desencadena miradas cruzadas, suspiros y una incomodidad que crece minuto a minuto.

La dirección insiste en el planteamiento: por cada venta se añadirá un incentivo que reforzará la base salarial. En teoría, suena atractivo; en la práctica, se siente como un salto al vacío.

En ese momento una pregunta lo cambia todo:
“¿Doña Marta está al tanto de esto?”

Marta y Cloe tienen su primer desencuentro por el método de venta: "No es  lo mismo atosigar, que sugerir"

La reacción es inmediata. Resulta que la responsable directa no está disponible: ha pedido unos días antes de reincorporarse. Su ausencia genera sospechas. ¿Sabe realmente qué está ocurriendo? ¿Aprueba este nuevo sistema? ¿Lo ha autorizado o se está improvisando a sus espaldas?

La tensión crece cuando las dependientas comienzan a expresar lo que realmente piensan:
“Si no logramos vender, cobraremos solo la base. Y es muchísimo menos de lo que ganábamos.”
No es una queja, es la realidad pura.

La dirección responde con un tono seco: deberán cumplir objetivos mínimos. Es obligatorio. Hay metas, hay cifras, hay presión. Y quien no llegue… ya se imagina cómo acabará.

Pero aquí aparece el verdadero conflicto. Las dependientas explican algo que la dirección parece ignorar deliberadamente: no están vendiendo el catálogo completo. El almacén está incompleto, les faltan productos clave, muchas clientas llegan buscando artículos que no están disponibles, y se marchan frustradas.

El argumento de la dirección es frío, casi deshumanizado:
“Ahí es donde deben demostrar su pericia: convencerlas de llevarse otros productos.”

Se espera que presionen a las clientas, que las persuadan, que cambien su estilo tradicional —basado en la confianza y el buen gusto— por un sistema más agresivo, más insistente, menos elegante. Todo en nombre de la “productividad”.

La respuesta de las dependientas, esta vez, no se filtra. Es clara y directa:
“No podemos insistir para que compren algo que no necesitan. Ese no es el estilo de Perfumerías La Reina.”

La dirección esquiva la crítica con una frase que suena a sermón:
“Depende de su talento ser más sugerentes que insistentes.”

Y entonces dejan sobre la mesa el dosier con toda la información. El mensaje implícito es claro: o se adaptan o se arriesgan a perder su puesto.

A pesar de todo, la dirección remata la escena con un elogio calculado:
“Siempre es buen momento para aprender a hacerlo mejor. Ustedes tienen talento y profesionalidad.”
Palabras bonitas para suavizar una situación que en el fondo es alarmante.

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Luego se dirigen a Carmen directamente. Ella, que suele ser la mediadora, la responsable, la que mantiene la calma en medio del caos, recibe una nueva carga:
“Confío en que transmita este método a todas las tiendas.”

La cámara imaginaria se detiene en el rostro de Carmen. Sabe que lo que le piden no es transmitir un simple método, sino convertirse en la punta de lanza de un sistema que puede destruir la esencia misma de su trabajo y del negocio. Sabe que sus compañeras la mirarán no solo como líder, sino como parte del problema si acepta sin cuestionar.

Cuando la dirección se marcha, el ambiente estalla.
Las trabajadoras se reúnen, intercambian miradas llenas de preocupación. Carmen intenta sostener la esperanza, como suele hacer:
“Chicas, nosotras somos buenas vendiendo. Nos va a ir bien, ya lo veréis.”

Pero una compañera, más realista, más desencantada, deja caer la frase que resume lo que todas piensan en silencio:
“A ver qué opinan los clientes cuando tengamos que acosarlos para que compren…”

El capítulo termina con esta reflexión amarga que queda suspendida en el aire, como una advertencia de lo que está por venir:
Una empresa al borde de un cambio peligroso.
Dependientas temerosas de perder su identidad profesional.
Una líder atrapada entre la lealtad y la duda.
Y una reforma laboral que promete fracturar relaciones, principios y estabilidad económica.

El próximo episodio promete un choque directo entre Doña Marta y la nueva política de ventas, así como tensiones crecientes entre las dependientas y Carmen, quien deberá decidir si acata órdenes o defiende a su equipo.