Avance Sueños de Libertad, capítulo 435: La decisión de Antoine Brossard desconcierta a Cloe
La mañana del 12 de noviembre se abrió en la casa grande con un sosiego extraño, el tipo de silencio que solo aparece cuando el miedo empieza a retirarse. Aunque el reloj del vestíbulo marcara una hora cualquiera, para los De la Reina aquel día quedaría grabado: fue la jornada en que Damián asumió su fragilidad, en que ciertas cuentas pendientes encontraron palabras, y en que Cloe, convencida de que todo estaba bajo control, vio cómo Brossard movía una pieza inesperada. Y, sobre todo, fue el día en que un nombre hasta entonces improbable tomó fuerza en la sala de juntas: Gabriel.
Muy temprano, Pelayo, con gesto cansado y la corbata torcida, golpeó la puerta del despacho donde Marta leía una carta. La letra firme de su padre parecía contradecir la angustia de la noche anterior. Al entrar, Pelayo confesó que le había contado a Damián la verdad sobre el chantaje de Eladio. Creyó que era lo justo, que ya no podían seguir guardando aquel riesgo como una bomba. Marta, sin dureza, le recordó que no es la verdad la que enferma, sino lo que se oculta demasiado tiempo. Él temía las consecuencias, pero ella lo tranquilizó: Damián estaba de pie, dispuesto a hablar. Y ellos debían acompañarlo; para eso sirve una familia, para cargar peso a la vez.
En la galería, Begoña acariciaba el cristal empañado mientras Julia jugaba. El bebé, todavía apenas un latido, la mantenía alerta y emocionada. Cuando escuchó a Damián, lo llamó con respeto, pero el patriarca le pidió que lo tratara sin formalidades. Con una serenidad nueva, fruto del susto reciente, le anunció que había cambiado de opinión sobre la niña: lo mejor para ella sería quedarse con Begoña y Gabriel. La enfermera, sorprendida y conmovida, no pudo contener las lágrimas. Para Damián, era hora de admitir que el orgullo no alimenta ni sostiene. Julia debía tener un hogar estable, y ellos podían dárselo. La aparición espontánea de la pequeña, preguntando si su muñeca también tendría padre, cerró la escena con una mezcla de ternura y alivio.
Mientras tanto, en casa de los Merino, la mañana comenzó con tensión. Joaquín anunció su dimisión en Perfumerías De la Reina. Gema, desbordada por la incertidumbre económica, cuestionó su decisión. Él, sin elevar la voz, explicó que no podía seguir siendo parte de un sistema que recortara servicios esenciales y pisoteara principios. La discusión escaló, mezclando problemas presentes y heridas del pasado. Pero al final, Joaquín buscó un gesto de calma: sirvió café y pidió confianza, reconociendo su propio miedo. Gema, aunque preocupada, empezó a mirarlo con la ternura de quien recuerda por qué eligió compartir la vida con alguien.

En el dispensario, Luz entregó una noticia difícil: Cloe había firmado su salida. Podría quedarse solo hasta terminar los chequeos anuales. Begoña, que llegaba cargada de esperanzas nuevas, la consoló y reveló la buena noticia sobre Julia. Lloraron juntas, mezclando despedidas, incertidumbre y alegrías. Pero casi de inmediato llegó otra carta: el cierre temporal del dispensario. Begoña guardó el papel con calma; el corazón, por una vez, sabía encontrar su equilibrio.
En el laboratorio, Cloe avanzaba con paso seguro, imaginando París como un futuro brillante. Para lograrlo necesitaba acelerar el trabajo del equipo y llevarse las fórmulas de Luis y Cristina. Pero sus planes chocaban con la filosofía artesanal de la fábrica. Cristina intentó mediar proponiendo un proyecto híbrido, pero el teléfono interrumpió la reunión. Era Antoine Brossard. Cloe, convencida de que recibiría el impulso definitivo, escuchó expectante. En cambio, el anuncio la dejó helada: el nuevo director sería Gabriel. No solo no la habían considerado, sino que tampoco la informaron antes. Se sintió relegada, casi invisible.
En la tienda, la tensión entre Gema y Claudia aumentaba debido al nuevo sistema de ventas. Gema terminó confesando que necesitaba todas las comisiones posibles porque Joaquín había renunciado. En ese momento intervino Manuela, recordándoles que las decisiones debían mirar primero por los niños. No resolvieron todo, pero la conversación abrió espacio para un entendimiento mayor.
En la cantina, David revisaba recuerdos de Amelia. Carmen, con delicadeza, lo acompañó, recordándole que la memoria puede doler pero también guiar. Gaspar, observándolos, revivió emociones propias, entendiendo que quizá otros podían sostener a David donde él ya no llegaba.
En la casa grande, Damián reunió a María y Andrés para anunciar oficialmente que Julia sería adoptada por Gabriel y Begoña. María sintió que se derrumbaba su única oportunidad, pero Damián, con ternura, le aclaró que solo se cerraba esa puerta, no todas. Andrés, afectado de manera distinta, buscó a Begoña para despedirse de lo que alguna vez imaginaron juntos. Ambos se trataron con respeto, reconociendo que algunas vidas posibles se quedan en el camino sin dejar de formar parte de uno.
La sala de juntas se llenó de accionistas cuando Cloe anunció el nombramiento de Gabriel. Pero entonces, él sorprendió a todos: rechazó el cargo. No aceptaría liderar una empresa basada en desarraigar lo que sostiene a la comunidad, cerrar el dispensario o acelerar procesos que requieren tiempo. Su negación provocó un terremoto silencioso. Cloe sintió el golpe, más emocional que profesional. Gabriel pidió diálogo y condiciones distintas; si algún día surgían, estaría disponible, junto a Begoña, Julia y el futuro bebé.
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En el patio, la pequeña familia celebró su nueva unión. Julia proclamó que cenarían chocolate, y por un momento el mundo se hizo ligero.
Esa noche, Pelayo visitó a Damián. El patriarca, consciente de todo lo ocurrido, afirmó que no volvería a dejar que Eladio los doblegara. Pelayo lo apoyó; eran raíces del mismo árbol.
En la tienda, Gema buscó a Claudia para disculparse y pidió aprender el método nuevo sin perder identidad. Claudia aceptó, dispuesta a caminar junto a ella.
En la cantina, Carmen acompañó a David con un gesto sencillo. Gaspar, a su modo, también encontró una forma de avanzar.
Cloe revisó un correo de Antoine, donde él le recordaba que la marca debía conciliar legado y personas. Por primera vez, su orgullo dejó espacio a la reflexión. No había sido elegida, pero no pensaba rendirse.
En la capilla, María encontró un sitio para su dolor, aún sabiendo que la aceptación llegaría con el tiempo.
La escena final fue íntima: Damián saludando a Julia como “abuelo”. La niña le respondió con naturalidad, marcando un antes y un después. El mundo seguía lleno de conflictos y decisiones pendientes, pero en la casa grande esa noche hubo chocolate y tres cucharillas alineadas como un pequeño pacto de familia.
El miércoles 12 de noviembre quedó así grabado como el día en que muchas vidas cambiaron de rumbo sin necesidad de grandes estruendos; solo con decisiones difíciles y una libertad que se construye de a poco, como una llave hecha a mano.