Chema se marcha de Perfumerías de la Reina rumbo a París – Sueños de libertad
Hermano… espera un momento. No te marches así de repente, como si nada. ¿De verdad piensas irte sin dedicarme ni siquiera una despedida en condiciones? No me digas que la de esta mañana ya te parece suficiente. Sí, claro, técnicamente ya nos dijimos adiós, pero tú y yo sabemos que esa despedida no le sienta bien a nadie; ni te ha gustado a ti ni me ha dejado tranquila a mí. Hay despedidas que pesan, que duelen, que dejan un nudo en la garganta, y esta es una de ellas.
¿Por qué no te quedas un tiempo más aquí, en Toledo? Podrías buscar algún trabajito cerca, algo temporal mientras tomas decisiones con calma. Y ya lo sabes: en casa tienes un sitio, puedes quedarte con nosotros el tiempo que haga falta. No tienes que pasar por esto solo ni marcharte tan rápido. La puerta siempre ha estado abierta para ti.
Pero entiendo tu respuesta. Compartir techo con mi marido después de todo lo que ha ocurrido… es lógico que se te haga cuesta arriba. Que ese ambiente te resulte incómodo, casi insoportable. Aun así, te lo digo desde el corazón: no cargues toda la culpa sobre él. Tasio, al final, no hace más que seguir las órdenes que le dan desde arriba, aunque no siempre esté de acuerdo. A veces es simplemente el mensajero de decisiones que no controla.
Y sin embargo, tú me miras y me preguntas a qué he venido: si a pedirte que te quedes o a defender a Tasio. Como si yo misma estuviera confundida. Pero te juro que no es eso. Estoy aquí porque me pesa que te marches, porque me parte el alma verte recoger tus cosas y alejarte. No intento justificar a nadie. Solo quería que supieras que me duele, y mucho, esta despedida.
Pero tu decisión ya está tomada, y lo dices con una firmeza que no deja espacio a debates. Que te vas, y punto. Aun así, te insisto: quédate unos días más, aunque sea un par de jornadas para pensar con calma. Tasio me comentó que quizá, con un poco de tiempo, cuando la fábrica recupere su ritmo normal, los franceses podrían readmitirte. No todo está perdido.
:format(jpg)/f.elconfidencial.com%2Foriginal%2F000%2Ffab%2F7d8%2F000fab7d8a6061008d50fbc343753a1e.jpg)
Pero ya no confías en lo que dice mi marido, y lo entiendo. Pero también deberías recordar algo: él fue el primero que te dio tu oportunidad en esta empresa, él te abrió la puerta para que empezaras como conductor. Él apostó por ti cuando otros ni siquiera te conocían. No estoy diciendo que eso borre todo lo demás, pero sí que deberías tenerlo en cuenta al valorar sus palabras.
Quizás tengas razón, digo yo. Quizás vale la pena escuchar. Pero me dices que ese trabajo —ese oficio que parecía una simple solución temporal— te ha enseñado que existe un mundo más grande allá afuera. Que hay vida más allá de este país, más allá de esta fábrica, más allá de las rutinas de siempre. Y ahora te ha picado el gusanillo de explorar, de probar suerte en otro lugar, de romper el molde.
¿Y a dónde quieres irte, Chema? ¿Dónde piensas empezar de cero? Entonces me explicas que hablaste con Gus, un amigo valenciano que conociste durante tu estancia en París. Que trabaja en una panadería y cuyo jefe está buscando un repartidor. Y que él te ha ofrecido ayudarte a entrar. Así que lo tienes claro: quieres volver a París.
París… tan lejos de aquí, tan diferente, tan enorme. ¿Y por qué no? me dices. Allí no te faltará de nada; al contrario, tendrás la compañía de varios amigos españoles que ya has hecho en el camino. Y por primera vez, escucho en tu voz una ilusión auténtica, algo que nace de dentro y que no puedo apagar con mis argumentos.
Y entonces se me rompe un poquito el corazón. Porque sí, me da una tristeza enorme tu marcha. Eres mi hermano, una parte importante de mi vida, y te voy a echar muchísimo de menos. Pero al mismo tiempo, me invade una alegría inmensa al ver que has aprendido a volar solo. Que ya no eres aquel chiquillo que necesitaba ayuda constante, sino un hombre hecho y derecho que ha crecido, y mucho, aquí en la fábrica. Y eso —no te quepa duda— ha sido un orgullo para mí.

Y tú, con esa forma tan tuya de hablar, me dices que todo lo que eres hoy se lo debes a mí. Que he sido tu guía, tu referente, tu luz en momentos oscuros. Tu faro, así lo llamas. Y aunque intento quitarle importancia, esa frase se me queda grabada.
Luego te acercas a tu otra hermana, que parece sorprendida de que no le hayas dedicado una despedida especial. Te insiste y tú ríes, diciendo que sí, que también la vas a echar muchísimo de menos. Y entonces llega el abrazo: cálido, apretado, lleno de todo lo que las palabras no alcanzan a decir. Un abrazo que es despedida, cariño y promesa.
Después, fiel a tu humor, sueltas una frase de esas tuyas, un comentario que nos hace rodar los ojos y sonreír con nostalgia: “Donde no hay mata, no hay patata”, dices mientras te giras para marcharte. Carmen te contesta como siempre, con una mezcla de regaño y ternura, recordándote que no cambias ni aunque quieras.
Y ahí, entre bromas, emoción y nostalgia, llega el último abrazo. Ese que no se pide, se siente. Te lo doy fuerte, deseándote suerte, diciéndote que te cuides, que no te olvides de escribir, que vuelvas cuando puedas. Y tú me llamas hermana con esa sinceridad que quiebra cualquier defensa. Me pides que me cuide yo también.
La música de fondo acompaña ese momento como si fuera la banda sonora de nuestras vidas. Los aplausos, reales o imaginados, parecen despedirte de este capítulo para que empieces otro. Y finalmente te vas, con la maleta en la mano y el futuro por delante.
Y aunque se me humedecen los ojos, también sonrío. Porque sé que, donde vayas, vas a brillar.