Andrés sigue sospechando que fue Gabriel quien causó la explosión – Sueños de libertad

Claudio Pulido se puso en contacto con Marta hace apenas unas horas. Me ha confirmado que ya enviaron a Matías al penal de Ocaña, y además le han limitado casi por completo cualquier comunicación con el exterior. Me quedé helado al escucharlo. Lo primero que pensé fue si realmente te habías atrevido a despedirlo. Pero pronto me explicaste que no se trata de un simple despido ni de una represalia impulsiva: que la situación se ha desbordado y que no había más remedio que actuar así. Y aun así, el golpe es duro. Matías no es un trabajador cualquiera. Para Tasio es su hija. Y para muchos de nosotros fue un pilar imprescindible en tiempos más tranquilos, cuando Jesús estaba al mando.

Pero ahora todo es distinto. Desde la llegada de Chloe, la francesa, nada ha vuelto a ser igual. Ella ha presionado a Tasio hasta límites impensables, obligándolo a prescindir de parte del personal de la fábrica sin contemplaciones. Y cuando digo sin contemplaciones, lo digo de verdad: despidos masivos, decisiones drásticas tomadas de un día para otro, y trabajadores que llevan años dejándose la piel que de repente se encuentran con una carta en la mano y la vida patas arriba. Chloe no ha tenido miramientos. No mira historias personales, ni trayectorias, ni sacrificios. Mira números. Mira eficiencia. Mira poder.

Antes todo funcionaba de otra forma. Con Jesús al frente, para ella —para Tasio— él era más que un jefe; lo veía casi como una figura paterna. Su presencia le daba estabilidad. Tú estabas ahí, apoyando, cuidando de los tuyos y manteniendo el equilibrio. Era un entorno que le resultaba seguro, familiar. Y por eso este cambio tan repentino la tiene descolocada. Porque el mundo que conocía se ha desmoronado de un día para otro.

Entre los recuerdos que se agolpan en mi cabeza aparece uno de esos destellos del pasado: aquella discusión entre tú y Gabriel en la sala de máquinas, justo antes de la explosión. Fue un momento tenso, intenso, en el que ya se palpaba que las cosas estaban empezando a torcerse. Esa escena me vuelve constantemente porque refleja, quizá mejor que ninguna otra, el inicio del derrumbe que vivimos ahora.

Avance semanal de Sueños de libertad: Andrés, en estado crítico tras la  explosión en la fábrica, ¿sobrevivirá?

Y entre todo este caos, mi mente se va también hacia otra despedida más íntima y dolorosa: la de mi hermano. Sigo sintiendo ese pinchazo en el pecho cuando lo veo marcharse. Qué tristeza tan grande me produce su partida. Y aun así, al mismo tiempo me invade una alegría profunda al comprobar que ya es capaz de andar su propio camino, que por fin ha aprendido a valerse por sí mismo. Es una mezcla extraña: orgullo y pena entrelazados, como dos hilos que no pueden separarse.

La vida, caprichosa como es, te coloca escenas duras al lado de escenas hermosas. Aún recuerdo cuando descubrimos aquel vestido. Un vestido de novia. Lo sostuve entre mis manos, y no pude evitar quedarme mirando su diseño tan particular. Me pareció una auténtica maravilla, delicado y lleno de detalles. Pero tú fuiste la primera en señalarme algo evidente: no era blanco. Y sin embargo, había en él una belleza especial, distinta, casi rebelde. Como si quisiera contar su propia historia.

Mientras tanto, en la fábrica seguían llegando cambios. Uno tras otro. Sin descanso. Aprovechando que estabas presente, te comunicaron una decisión que te cayó como un jarro de agua fría: que la dirección ya no podía mantener dos puestos de adjuntos y que, a partir del día siguiente, te devolverían a tu antiguo cargo de encargado jefe de la fábrica. Una degradación disfrazada de reestructuración. Una forma elegante de decir que ya no te quieren tan cerca de la toma de decisiones.

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Tú te quedaste en silencio unos segundos, intentando digerirlo. Y aunque te indignaba —porque lo hacía, aunque no lo dijeras en voz alta— intentaste mantener la compostura. No era algo personal, te aseguraron. Solo órdenes directas de Monsieur Antoan. Órdenes que siempre bajan desde arriba sin tener en cuenta el impacto que tienen sobre los que realmente sostienen la empresa.

Y mientras todo esto ocurría afuera, también había movimientos dentro de nuestra casa. Te di las gracias por algo que necesitaba sacar del pecho: por ser tan honesta conmigo y por cuidar tan bien de tu hija… de nuestra hija. Porque pese a todo lo que está pasando a nuestro alrededor, a nivel familiar seguimos construyendo algo fuerte, algo que se sostiene incluso cuando todo lo demás se tambalea.

La música de fondo acompañó estos momentos como si fuera un eco de nuestras emociones, y los aplausos —tal vez reales, tal vez solo imaginados— parecían marcar el final de un acto y el comienzo de otro.

Pero lo que está claro es que estamos en una etapa de cambios profundos. Algunas piezas se mueven por necesidad, otras por presión externa, otras por errores, y algunas por pura supervivencia. Lo que antes parecía estable ahora se tambalea. Lo que parecía seguro está en duda. Y en medio del torbellino, cada uno intenta encontrar su lugar, sostener lo que puede, y no perderse en el proceso.

Y aunque las decisiones duelan, aunque los cambios asusten, aunque la incertidumbre parezca un enemigo constante, también es cierto que seguimos adelante. Porque no nos queda otra. Porque la vida nos obliga. Y porque, aun entre despedidas, pérdidas y transformaciones, siempre queda un espacio para la esperanza.

Para reconstruir.

Para volver a empezar.