Sueños de Libertad Capítulo 439 (Begoña entre el amor, la culpa y la adopción)
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En la perfumería de la reina, la atmósfera estaba cargada, con una tensión apenas disimulada por sonrisas forzadas y un trato excesivamente cordial. Desde que llegaron las nuevas cajas de Broter, la prestigiosa marca francesa recién fusionada con la compañía local, el aire parecía más denso y pesado. La supervisora, una mujer de movimientos medidos y voz impecable, se dirigió al equipo con una calma que rayaba en la irritación: “Buenos días a todas. Han llegado los nuevos envíos”, dijo señalando las cajas, una con perfumes y otra con cosméticos. Su tono era cortés, pero sin margen para debate: los productos debían exhibirse y venderse en la tienda de inmediato.
Una empleada joven, con evidente sorpresa, preguntó con incredulidad si realmente venderían Broter allí, como si la decisión profanara una tradición sagrada. La supervisora no titubeó: la empresa estaba ahora bajo el mismo conglomerado y la fábrica española estaba temporalmente cerrada, así que mover el inventario era indispensable. “La señora Marta de la Reina está informada y ha dado su aprobación”, añadió, dejando claro que la decisión venía de las altas esferas y que cualquier resistencia era inútil.
Sin pausa, la supervisora pasó a dar instrucciones: reorganizar la tienda, despejar estanterías y ubicar los productos Broter en las vitrinas centrales, mientras los productos históricos de la perfumería se relegaban a los laterales. La orden generó un malestar evidente. Una empleada veterana protestó con dignidad: los productos locales, parte de la identidad de la tienda, no debían ser relegados. La supervisora, con frialdad diplomática, reconoció la queja pero argumentó que había que ser estratégicos: los productos nuevos necesitaban visibilidad para atraer clientas, mientras que las habituales ya conocían los perfumes de la casa.

Al terminar la reunión, dejó unos catálogos sobre el mostrador y deseó “buenas ventas”, aunque la frase sonaba más a mandato que a cordialidad. Apenas se retiró, las empleadas comenzaron a murmurar: se sentían humilladas y relegadas, sus esfuerzos menospreciados por la nueva dirección francesa. Claudia, indignada, quiso protestar, pero Carmen, con experiencia y autoridad, la detuvo: no podían arriesgarse a perder sus puestos. La impotencia era tangible, y un frasco de perfume que se cayó y se rompió sobre el suelo pareció simbolizar la ruptura de la moral, la lealtad y la ilusión en la tienda.
Mientras tanto, fuera del bullicio comercial, Begoña buscaba a Matilde, la abuela de Julia, para una conversación cargada de tensión. Begoña quería disculparse por no haber contado antes sus planes de adopción de la niña, asegurando que su intención era protegerla y ofrecerle seguridad. Matilde la escuchó con calma, aunque con tristeza: Begoña había cometido un error al actuar sin consultarla, y la anciana merecía haber sido informada de manera directa. Aun así, aceptó la situación por el bien de su nieta, a pesar de su desacuerdo con la forma en que se manejaron las cosas.
Begoña, abrumada por la culpa, intentó asegurarle que Gabriel sería un buen padre para Julia y que podían confiar en él. Matilde, prudente y práctica, cuestionó qué pasaría si la pareja tuviera que mudarse a París por motivos profesionales, recordando la vulnerabilidad de la niña. Begoña intentó minimizar la posibilidad, pero la abuela insistió en considerar todas las eventualidades. Al final, Matilde aceptó la decisión por el bienestar de Julia, aunque con un sentimiento de resignación y cierta preocupación sobre el futuro. Antes de despedirse, Begoña prometió que Gabriel demostraría su confiabilidad, y Matilde respondió con un afecto cauteloso: “Espero sinceramente que no te equivoques”.
Poco después, la tranquilidad de Begoña se vio interrumpida por la aparición inesperada de Beltrán, alguien del pasado con quien la relación había terminado de manera tensa. Traía flores y buscaba reconciliarse, al menos como amigos, lo que sorprendió a Begoña. La conversación fue cordial pero marcada por la distancia: ella no creía posible mantener una amistad sin incomodidades, especialmente por la presencia de Loreto, la nueva pareja de Beltrán. Él aceptó la realidad y explicó cómo su relación actual surgió después del fin con Begoña, llegando a comprometerse con Loreto.
Begoña reaccionó con elegancia y sinceridad: deseó felicidad a la pareja, aunque con un dejo de nostalgia por el pasado. Beltrán también le deseó lo mismo a ella, y Begoña afirmó sentirse plena, centrada en su trabajo y en sus responsabilidades empresariales. La conversación reveló un detalle inesperado: Beltrán conocía que Begoña había adquirido acciones de la empresa con el dinero de una herencia, lo que evidenciaba su nuevo papel como mujer de negocios.
Cuando Beltrán estaba por marcharse, Begoña se mostró impulsiva y decidió ayudarle a elegir un regalo para el cumpleaños de Loreto, un gesto que mezclaba amabilidad y un residuo de la conexión compartida en el pasado. La interacción cerró con un aire agridulce: la relación había cambiado, cada uno seguía su camino, pero quedó un eco de afecto y respeto mutuo, junto con la evidencia de que la vida los había transformado de manera definitiva.

En la perfumería y en la vida de Begoña, los cambios recientes—ya fueran los productos franceses que desplazaban a los locales, las tensiones laborales, la adopción de Julia o el reencuentro con un viejo amor—resaltaban un tema común: la adaptación a nuevas realidades, el manejo de la lealtad y la toma de decisiones difíciles en un entorno donde la autoridad y la estrategia determinan la dinámica. Cada frasco roto, cada palabra cuidadosamente medida, cada gesto de prudencia o impulso reflejaba la fragilidad de las relaciones humanas y la necesidad de equilibrio entre la emoción y la razón.
En la tienda, la reorganización no solo alteraba la distribución de productos, sino que simbolizaba la transición de lo familiar a lo nuevo, la tensión entre la tradición y la modernidad. En la vida de Begoña, las conversaciones con Matilde y el encuentro con Beltrán mostraban la complejidad de equilibrar responsabilidades, afectos y decisiones éticas. Todo esto, en conjunto, revelaba que incluso los ambientes más cotidianos, como una perfumería, o las rutinas familiares, como la crianza de una niña, pueden convertirse en escenarios de confrontación, aprendizaje y cambio. La historia planteaba preguntas sobre lealtad, confianza, orgullo y resiliencia, mientras los personajes enfrentaban sus emociones, obligaciones y expectativas externas.
Así, entre cajas de perfumes y cosméticos, conversaciones delicadas y reencuentros inesperados, la narrativa desarrollaba un entramado de relaciones humanas donde cada acción y decisión tenía consecuencias, mostrando la tensión entre lo que se quiere, lo que se debe y lo que la vida impone. La perfumería de la reina y los vínculos personales de Begoña se entrelazaban en un relato de adaptación, desafíos y pequeñas victorias emocionales que, aunque contenidas en gestos y palabras, revelaban la profundidad de la experiencia humana en sus matices más sutiles y conmovedores.