‘SUEÑOS DE LIBERTAD’: GABRIEL RECHAZA EL PODER Y ABANDONA LA JUNTA
El amanecer en la colonia
El día comienza en la colonia con una quietud casi opresiva, como si el tiempo mismo se hubiera detenido tras el colapso de Damián. La noticia de su desmayo se ha propagado por la mansión y el taller, dejando un aire de fragilidad que pocos se atreven a nombrar. Desde la ventana, Marta observa con angustia mientras Pelayo intenta persuadirla de trasladar a su padre al hospital, aunque ambos saben que lo que realmente está enfermo no es su cuerpo, sino su espíritu. Damián permanece recostado en el sillón de su despacho, las manos temblorosas sobre el bastón, con la mirada perdida. Cada respiración parece un esfuerzo contra el peso del remordimiento; siente que la vida le ha arrebatado el control de todo: la familia, la fábrica y la confianza de los suyos.
Marta se acerca y toma su mano con ternura, pero Damián apenas reacciona. Su pena lo ha convertido en un hombre ausente, uno que respira por costumbre más que por esperanza. Pelayo, junto a la puerta, observa la escena sin saber si intervenir o guardar silencio. Marta, consciente de que su esposo no comprende el vínculo que la une a su padre, susurra con rabia contenida: “No está enfermo. Está muriéndose de tristeza.” El silencio que sigue pesa más que las palabras, reflejo de una familia que ha confundido la supervivencia con la resignación.
Más tarde, tras la visita del médico, Damián pide ver a Begoña. Nadie comprende su decisión, pero Marta obedece. La joven entra con cautela, consciente de que ese encuentro podría ser decisivo. Damián, por un instante, recupera el brillo de otro tiempo en la mirada y, con voz débil, le pide adoptar a Julia: “Hazlo antes de que sea demasiado tarde.” La petición es un gesto de amor que libera y desarma al mismo tiempo. Begoña permanece inmóvil, atrapada entre el alivio y la culpa, entendiendo que este permiso es también una despedida.
Afueras, la luz del sol entra con un resplandor dorado, mientras Julia corre con inocencia, ignorando las luchas adultas. Al recibir la noticia de que podrá quedarse con su madre, su alegría llena la casa. Begoña la abraza, consciente de que la felicidad de los suyos siempre viene acompañada de un precio. En la cocina, Digna y Marta discuten en voz baja; Digna desaprueba la adopción, advirtiendo sobre posibles conflictos con María, pero Marta defiende a su padre, reconociendo que, por fin, hizo algo por amor.

Mientras tanto, Pelayo intenta distraerse entre los jardines, pero siente la tensión de los últimos días y la impotencia de estar al margen de las decisiones familiares. La noticia llega a María, quien reacciona con rabia e impotencia: se siente desplazada y decide encerrarse, rompiendo una fotografía de Julia. Su envidia y resentimiento crecen, alimentando un deseo oscuro de no permitir que nadie más ocupe lo que ella considera suyo.
En otro lugar, Joaquín regresa a casa agotado y anuncia su dimisión a Gema. La conversación se llena de resignación y miedo ante la incertidumbre económica. En la tienda, el nuevo sistema impuesto por Chloe genera conflictos entre Gema y Claudia, mientras Carmen intenta mantener la calma. Chloe observa, calculadora y fría, imponiendo disciplina y mostrando que el control de la fábrica ya no pertenece a los de la reina, sino a quienes manejan la autoridad con mano firme.
Luz recibe noticias desde París sobre la reestructuración de la empresa y se encuentra con Begoña, quien acepta resignada los cambios. Aunque la vida de Begoña parece encaminada hacia una boda y un hijo, el despido deja una sensación de pérdida y vacío. Julia, ajena al dolor adulto, ofrece un respiro con su inocencia. Sin embargo, Begoña sabe que la colonia no permite que lo puro permanezca intacto.
Gabriel rechaza la dirección propuesta por Chloe, consciente de que aceptar significaría traicionar sus principios y destruir lo que otros construyeron con esfuerzo. La decisión provoca un cambio sutil en la colonia: respeto por su integridad, pero también un vacío de autoridad que se hace sentir. María, por su parte, continúa planeando cómo disputar la custodia de Julia, mientras Damián intenta mantener la calma, reconociendo que la libertad y el amor pueden generar decisiones dolorosas.

Begoña, mientras tanto, se despide del dispensario y reflexiona sobre lo que ha perdido: su trabajo, su identidad y parte de su propósito, aunque conserva la fe y el amor por Julia. La vida de la colonia sigue, con los obreros enfrentando nuevos horarios y jefes, y con la fábrica bajo la supervisión estricta de Chloe. Luis y Cristina sienten el golpe de la degradación y la pérdida de reconocimiento por su trabajo, mientras Chloe impone su visión del progreso con frialdad, generando incomodidad incluso en su equipo más cercano.
María visita a Damián exigiendo la custodia de Julia, pero él se mantiene firme: no habrá más guerras. Begoña observa, consciente de que el poder adulto rara vez protege lo que es puro. Esa noche, la mansión se sumerge en el silencio. Damián contempla el fuego, reflexionando sobre las decisiones tomadas, mientras Marta y Pelayo cenan en silencio, conscientes de que su vida se ha reducido a cuidar y sostener a los demás.
El día siguiente trae un ambiente denso en la fábrica: los trabajadores enfrentan cambios y rumores, mientras Luis siente que le arrebatan incluso su dignidad. Begoña observa a Gabriel desde la ventana mientras él se marcha bajo la lluvia, reconociendo que su salida es un acto de lealtad consigo mismo. La colonia sigue su rutina, pero algo ha cambiado: las personas comienzan a aceptar que la vida no siempre recompensa el esfuerzo y que las pérdidas también pueden traer libertad.
Al amanecer, Marta encuentra a Damián contemplando el horizonte. Él admite que el tiempo no devuelve lo perdido, solo enseña a vivir con las grietas, dejando un testamento moral a su hija. En la fábrica, los obreros descubren la renuncia de Gabriel, y la colonia entera parece respirar diferente. Begoña camina con Julia de la mano, recordando que la paz se construye paso a paso.
Finalmente, Damián convoca a su familia por última vez. Reconoce sus errores y encomienda a todos cuidar de Julia, símbolo del futuro y la esperanza. Begoña, por su parte, cierra el dispensario, dejando atrás recuerdos y responsabilidades, pero sintiendo por primera vez algo parecido a la calma. La colonia, bañada por la luz de la luna, parece ofrecer un nuevo comienzo: un aire limpio recorre las calles, recordando que la esperanza y la libertad pueden nacer incluso entre ruinas.