La Promesa: Curro desenmascara a Leocadia y cambia La Promesa

⚠️ Spoiler: Curro desenmascara a Leocadia y cambia La Promesa ⚠️

En La Promesa, lo que parecía un triunfo absoluto para Curro al ser reconocido como nuevo noble pronto se transformó en un torbellino de revelaciones que amenazaban con sacudir cada rincón del palacio. La victoria, que al principio se percibía como el inicio de un nuevo capítulo lleno de justicia y esperanza, se vio empañada por un secreto que cambiaría para siempre la vida de quienes habitaban esas paredes. Mientras Leocadia preparaba su jugada final, dispuesta a expulsar a Curro y destruir su reputación, él descubría un documento oculto que revelaba la verdadera identidad de la mujer que lo había humillado durante toda su vida. Lo que siguió fue una confrontación pública que dejó a todos sin aliento: el marqués sorprendido, Beltrán devastado por la verdad y Leocadia obligada a abandonar el palacio bajo la mirada de todos los presentes.

El hallazgo de Curro no fue casual. Desde la celda donde estaba recluido, Cruz Ezquerdo observaba cómo cada pieza de su plan comenzaba a encajar, consciente de que había desencadenado la mayor revolución que La Promesa había visto en décadas. Con poder legítimo, aliados inesperados y enemigos todavía silenciosos, Curro comprendió que expulsar a Leocadia era apenas el primer paso de una guerra mucho más grande, una que pondría a prueba su inteligencia, su valentía y su corazón.

Tras salir del despacho del marqués, dejando a Leocadia paralizada por la noticia de que él ahora era reconocido como noble, el palacio pareció respirar diferente. Cada eco de sus pasos resonaba distinto: ya no era un sirviente resignado, sino un hombre que había recuperado un lugar que le fue negado desde su nacimiento. Sin embargo, el triunfo externo no mitigaba el tumulto interno. Curro apoyó la espalda contra la pared, cerró los ojos y recordó la firma de Alonso, el sello real, la mirada fría de Leocadia y la reacción pálida de Ángela cuando le reveló su plan con Cruz. Un torbellino de emociones lo atravesaba: la mezcla de culpa, estrategia y justicia lo asfixiaba. Sabía que había utilizado a Cruz, que había manipulado la apariencia de una madre falsa para recuperar un apellido, y lo peor de todo era que aquello había funcionado.

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El papel de la declaración ardía aún en su bolsillo, como si le recordara el precio de su victoria. Fue entonces cuando Ángela apareció, con sus manos entrelazadas y los ojos llenos de preocupación y orgullo. Su presencia lo reconfortó, aunque no pudo borrar la tensión que sentía. Sus palabras le recordaron que el poder recién adquirido no era un capricho, sino un reconocimiento de quienes lo habían protegido y apoyado, y que ahora le otorgaba la posibilidad de hacer justicia. Ángela, con un destello travieso en la mirada, le recordó que usar su título para corregir las injusticias era solo el inicio de un camino que apenas comenzaba.

Mientras tanto, Leocadia se encerraba en su habitación, revisando los documentos que había preparado para destruir la reputación de Curro. Notas, informes y testimonios manipulados estaban extendidos sobre la mesa como armas. Su objetivo era presentar al joven como una amenaza para la armonía del palacio, sin percatarse de que cada paso que daba la acercaba a su propia caída. Beltrán, preocupado, intentó razonar con ella, pero Leocadia se mantenía firme, convencida de que su poder y su astucia la protegerían. Sin embargo, el pulso acelerado de su corazón traicionaba su seguridad aparente.

Esa misma tarde, Alonso convocó a una ceremonia privada en el salón principal. No era un gran evento, pero la noticia de que la casa real reconocía oficialmente a Curro como hijo legítimo del marqués y heredero de la familia se difundió como un rumor electrizante entre criados y familiares. El reconocimiento otorgaba a Curro un puesto honorífico: la supervisión del personal del palacio, velando por la justicia y la lealtad bajo su techo. La emoción se mezclaba con la incredulidad de quienes habían visto al joven invisible convertirse en figura de autoridad. Cada gesto, cada mirada, cada murmullo del servicio reflejaba el impacto de este cambio: Curro ya no era solo un muchacho, sino un agente de justicia dentro de la casa.

Esa noche, mientras la mayoría dormía, Curro regresó a la biblioteca, su refugio y su campo de batalla. Allí encontró un sobre sellado con la letra y el sello de Cruz Ezquerdo. El corazón le dio un vuelco al leer la carta, que revelaba secretos ocultos sobre Leocadia: su verdadero origen, nacido como hija natural de criados y no de nobles, y cómo había construido su falso linaje mediante manipulación y mentiras. El documento mostraba la partida de bautismo de Leocadia, prueba irrefutable de que todo su estatus se había cimentado sobre engaños.

El peso de la verdad y la responsabilidad de decidir qué hacer con ella cayó sobre Curro. Sabía que, si la exponía, Leocadia quedaría destrozada, Beltrán perdería la imagen idealizada de su madre y Alonso tendría que enfrentar la realidad de haber confiado durante años en una impostora. Pero también comprendió que el silencio perpetuaría la injusticia que Leocadia había infligido sobre los más vulnerables. Guardó la carta y el documento, preparándose para actuar con determinación.

Al día siguiente, Alonso convocó a Leocadia, Curro y testigos en el salón principal. La tensión era palpable: Ángela y Jana observaban desde las esquinas, los criados contenían la respiración, y Rómulo había dispuesto todo con solemnidad. Leocadia expuso su caso, enumerando supuestas faltas de Curro y argumentando que su presencia alteraba el orden del palacio. Sus palabras eran afiladas, diseñadas para humillar y desacreditar, pero Curro permaneció sereno, consciente de que la verdad estaba de su lado. Sin necesidad de rebatir punto por punto, presentó la partida de bautismo que demostraba que Leocadia había construido su poder sobre un falso linaje. Sus palabras fueron firmes, implacables y justas, declarando que ella debía asumir las consecuencias de sus acciones.

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El salón quedó en silencio absoluto. Beltrán, devastado, y Alonso, sorprendido, observaron cómo el joven que antes fue despreciado reclamaba justicia y orden. Leocadia, con el orgullo hecho añicos, intentó justificar su conducta, pero la evidencia era irrefutable. Curro, como nuevo responsable de la contratación y administración del palacio, le comunicó que estaba expulsada de La Promesa. Sus ojos reflejaban calma y determinación, mostrando que su intención no era vengarse, sino restaurar el equilibrio y proteger a quienes habían sufrido bajo la tiranía de su máscara de nobleza.

La escena culminó con Leocadia descendiendo las escaleras del palacio, su maleta en mano, sin poder ocultar la mezcla de derrota y dignidad. Beltrán la seguía en silencio, incapaz de intervenir, mientras Ángela y Curro observaban desde una ventana, sintiendo que, aunque la justicia doliera, el aire de La Promesa finalmente podía cambiar. Cruz Ezquerdo, en su celda, sonreía ante la noticia de la caída de Leocadia, consciente de que el tablero había sido alterado y que la partida ahora estaba en manos de Curro.

Con la expulsión de Leocadia, la casa recuperó su verdadera esencia. Curro no solo había logrado reclamar su apellido y su título legítimo, sino que había empezado a usar su recién adquirido poder para proteger a los suyos. La Promesa respiraba distinta, y aunque aún quedaban sombras y enemigos, el joven había demostrado que la justicia y la verdad podían prevalecer. La expulsión de Leocadia no era un final, sino el inicio de un nuevo capítulo, lleno de desafíos, alianzas inesperadas y una autoridad recién ganada, lista para transformar el destino de todos en el palacio.