BEGOÑA CREE HABER ENCONTRADO LA PAZ, PERO SOLO HALLARÁ MÁS DOLOR, EN SUEÑOS DE LIBERTAD
Hola amigos, bienvenidos a un avance exclusivo de Sueños de Libertad. Hoy nos adentramos en una de las situaciones más tensas, laberínticas y emocionalmente cargadas de la serie. En esta oportunidad, Begoña toma una decisión definitiva tras creerse todas las mentiras tejidas por María. Una pregunta queda en el aire: ¿es esta determinación simplemente una huida desesperada de lo que siente por Andrés? Cada acontecimiento de este episodio parece empujarla hacia un precipicio emocional del cual quizá no pueda volver.
El capítulo se abre en la habitación de María. La cámara recorre lentamente el espacio: cajones abiertos, ropa revuelta, papeles dispersos. En medio de este caos, María busca algo con urgencia. Sus manos se mueven con nerviosismo, apartan documentos, fotografías antiguas y pequeños recuerdos que guardaban un orden íntimo. Su respiración se acelera mientras escarba frenéticamente hasta encontrar la carta que había escondido como si fuera un arma secreta. Sus ojos reflejan una mezcla intensa de miedo, ansiedad y una determinación sombría. Esa carta puede cambiarlo todo, y ella lo sabe.
Justo en ese momento, la puerta se abre de golpe. Gabriel entra con paso firme, la voz cargada de preocupación. “María, soy Gabriel. ¿Estás bien?”. La sobresalta por completo. María gira sobre sus talones, llena de rabia contenida. “¿Cómo se te ocurre entrar sin permiso?”, escupe con un tono tan afilado que incluso Gabriel queda desconcertado. Él intenta justificarse: escuchó un ruido, creyó que algo había caído y quiso asegurarse de que no se hubiera hecho daño. Mientras habla, se agacha a recoger los vidrios rotos de un cuadro que se ha estrellado contra el suelo.
María evita mirar directamente a Gabriel. El aire se vuelve denso, casi asfixiante. Gabriel rompe el silencio. “Estabas muy seria durante la cena. ¿Te pasa algo?”. María, fingiendo una calma que no siente, responde: “Estoy cansada, nada más”. Pero Gabriel no se deja engañar. Se conocen demasiado bien. Él nota el temblor en las manos de ella, la manera en que intenta ocultar algo bajo sus piernas. “Cuando he entrado, estabas escondiendo algo. ¿Qué es?”.

María lo mira con frialdad. “¿A ti qué te importa? Puedes irte. Andrés puede venir en cualquier momento”. Pero Gabriel no retrocede. Da un paso más, y justo al pasar junto a ella ve un papel sobresalir por debajo de su falda. Sin pensarlo, lo toma. El grito de María retumba en la habitación: “¡Dame eso!”. Intenta arrebatárselo pero es inútil.
Gabriel sonríe con ironía. “Vaya, vaya… ¿qué tenemos aquí? Una carta de Francia”. María, desesperada, exige que se la devuelva. Pero él ya la ha desplegado. “Así que esta es la famosa carta que usarías para chantajearme cuando te convenga…”. María lo interrumpe, casi llorando. “Hay que hacerla desaparecer. Andrés me ha estado tanteando. Me preguntó si había encontrado algo entre tus cosas… y estaba claro que hablaba de esta carta. Le dije que no, pero no se quedó convencido”.
Gabriel, intrigado, frunce el ceño. “¿Y qué tiene que ver Begoña en todo esto?”. María continúa, con voz temblorosa: “La escuché preguntarle a Manuela por la carta. Manuela le confirmó que me la había dado a mí. No es casualidad. Andrés está detrás”. Gabriel la mira, intentando unir las piezas. María insiste: “Él sabía exactamente qué buscaba. Me mintió. Está fingiendo”.
Gabriel vuelve a mirar la carta, la lee de principio a fin. Sus ojos se endurecen. Cuando termina, sentencia: “Te voy a decir lo que vamos a hacer”.
Minutos después, la casa está sumida en silencio. Begoña camina por el pasillo, ajena a todo lo que se está tejiendo a su alrededor. Al doblar una esquina, se encuentra con María, que sostiene la carta como si fuera un simple papel sin importancia. “Antes te escuché hablar con Manuela sobre esto”, dice María con calma impostada. “Toma, puedes leerla”. Begoña, sin sospechar la trampa, acepta la carta y ambas entran en su habitación. Desde la penumbra del pasillo, Gabriel las observa sin ser visto.
Sentada en su cama, Begoña comienza a leer. A medida que avanza, su rostro se transforma: primero desconcierto, luego incredulidad, finalmente desconfianza. “¿Esto es todo?”, pregunta. María responde con frialdad: “¿Qué esperabas?”. Begoña insiste: “Entonces ¿por qué le dijiste a Andrés que no sabías nada de esta carta?”. María mueve los hilos con precisión. “Eso te ha dicho. En cuanto me la pidió, la encontré en su cajón de pañuelos. Si te contó otra cosa es porque no está bien. Tiene lagunas, confunde hechos… está lleno de ideas absurdas. Está desesperado”.

Cada palabra hunde más a Begoña en la confusión. María continúa sembrando dudas. “Está intentando encajar cosas que no tienen sentido… que te vas a casar, que esperas un hijo… Mucho me temo que seguirá así”. Begoña, agotada, admite: “Por una vez tengo que darte la razón”. María sonríe con cinismo mientras le devuelve la carta.
“Cuida mucho de Andrés”, dice Begoña con tristeza. En ese instante aparece Gabriel. María se retira rápidamente fingiendo amabilidad. Cuando la puerta se cierra, Gabriel se acerca a Begoña. En su rostro hay satisfacción: sabe que María ha logrado su cometido. Begoña se sienta en la cama, envuelta en un torbellino emocional. Gabriel le toma la mano con suavidad. “¿Qué quería María?”, pregunta. Ella no responde. Algo dentro de ella se quiebra.
De pronto, lo mira fijamente. “Casémonos”, dice con una determinación que lo deja sin aliento. Gabriel sonríe, confundido. “Claro, ya estamos preparando todo…”. Pero ella lo detiene. “No. Casémonos mañana”. Él queda atónito. “¿Hablas en serio?”. “Muy en serio. Quiero ser tu mujer cuanto antes”.
Gabriel intenta razonar. “Begoña, ¿te has vuelto loca? Una boda necesita preparación…”. Pero ella insiste: “Estamos enamorados. Esperamos un hijo. A la vida hay que agarrarla al vuelo”. Su voz tiembla. Sus ojos delatan que lo que realmente busca es huir. Huir de Andrés, de sus sentimientos, de su propia verdad.
Finalmente, Gabriel cede. “Mañana hablaré con el padre Agustín”. Begoña sonríe y lo besa con una ternura desesperada. Pero mientras lo abraza, la cámara la enfoca a contraluz: su expresión revela que su decisión nace del miedo, no del amor.