LA PROMESA | CAPÍTULO 722: La verdadera identidad de Samuel SE REVELA con SECRETO IMPACTANTE Avance
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En los siguientes episodios de La promesa, una revelación demoledora sacudirá los cimientos del palacio de los Luján: la verdadera identidad del llamado padre Samuel saldrá a la luz frente a todos, desatando un escándalo que nadie vio venir. Lo que inicia como un rumor inocente terminará convirtiéndose en un torbellino que arrastrará a toda la servidumbre, a la familia y, sobre todo, a María.
Todo empezará cuando, después de días de murmuraciones, la noticia del supuesto compromiso entre Samuel y María corra de boca en boca. Un simple comentario en voz baja de Teresa, afirmando haber visto un pequeño paquete que parecía contener un anillo, será suficiente para encender la pólvora. En cuestión de minutos el palacio entero estará revolucionado: las doncellas cuchichearán en los pasillos, la cocina interrumpirá su rutina entre ollas y verduras para debatir el tema, e incluso los lacayos, siempre discretos, se atreverán a lanzar opiniones.
La pregunta se repetirá sin descanso: ¿Samuel y María… se van a casar? ¿Y siendo él un cura?
El rumor será tan fuerte que ni María ni Samuel podrán ignorar las miradas, los gestos, las medias sonrisas. Pero ambos desconocerán que esto no será más que el preludio de una tormenta mucho mayor.
Ese mismo día, Samuel tomará una decisión valiente y peligrosa: enfrentarse al marqués Alonso. Con el corazón latiéndole con fuerza, acudirá al despacho del marqués para comunicarle lo que ya era un secreto a medias: que piensa casarse con María y hacerse responsable del bebé que espera. La noticia caerá como un rayo en el despacho. Alonso, incrédulo y severo, lo acusará de haber perdido el juicio. Para el marqués, la decisión del joven no es solo imprudente, sino un escándalo que podría perjudicar tanto la reputación del palacio como la de la Iglesia.
Pero Samuel, pese a los nervios, mantendrá su postura: afirma que nunca quiso ser sacerdote, que su vocación fue impuesta por su familia, y que por primera vez en su vida siente que está eligiendo su propio camino. El marqués, sin embargo, no cederá. Con voz firme, dictará una especie de sentencia: mientras él gobierne la casa Luján, ese matrimonio no tendrá aprobación.
Samuel saldrá destrozado. Y los pasillos, atentos como siempre, multiplicarán el drama con sus propios relatos.
María, al enterarse de la reacción del marqués, lo perseguirá angustiada. Cuando Samuel, con los ojos cargados de dolor, confiese lo sucedido, ella lo abrazará asegurando que estará con él pase lo que pase. Pero las presiones, el miedo y la tensión comenzarán a hacer mella en la joven, especialmente por su embarazo. En los días siguientes, Teresa y Pía notarán cómo María pierde apetito, se muestra pálida y camina con dificultad. El palacio entero, dividido en bandos, no hará más que empeorar su angustia.
Tres días después, Samuel descubrirá a María sentada en el patio interior, respirando con dificultad y sujetándose el vientre. Alarmado por su estado, tomará una decisión desesperada: proponerle huir del palacio. Le promete que, lejos de Alonso y de los chismes, podrán construir una vida sencilla, pero libre. Tras un instante de duda, María aceptará. Y por primera vez en mucho tiempo, ambos sentirán esperanza.
Sin embargo, alguien que nunca debió escuchar los planes lo hará: Leocadia. Oculta entre los arcos de piedra, la mujer sonreirá con una frialdad que eriza la piel. No piensa permitir la fuga. A ojos de ella, Samuel es un elemento perturbador que amenaza la estabilidad del palacio, y está dispuesta a destruirlo sin piedad. Lo que hará después lo confirmará.
Leocadia acudirá a su habitación y sacará un sobre antiguo que guardaba como un arma para el momento oportuno. Dentro, cartas que Samuel había escrito años atrás, en las que confesaba sus dudas espirituales, su conflicto con la vocación y, sobre todo, sus sentimientos hacia María. Eran cartas íntimas, jamás enviadas, pero poderosas para hundirlo. Con ellas en mano, se dirigirá al sargento Fuentes.
A la mañana siguiente, cuando todavía flotaba el tenue alivio de la futura fuga, dos hombres uniformados irrumpirán en el palacio. El sargento Fuentes anunciará, frente a todos, que Samuel será detenido por graves violaciones a las normas eclesiásticas y por conducta impropia. Levantará el sobre con las cartas como prueba irrefutable.
Samuel quedará paralizado al reconocerlas. Traicionado, confundido y aterrorizado, apenas podrá balbucear que él ya había sido expulsado de la Iglesia, que esto no tenía sentido. Pero las cartas hablarán más fuerte que él.
Entonces aparecerá Leocadia, triunfante, revelando que fue ella quien entregó las pruebas “por el bien del palacio”. María, al escucharla, explotará por primera vez contra la mujer, llamándola mentirosa y cruel. Pero ya será tarde: los guardias sujetarán a Samuel por los brazos mientras él grita que es inocente, que jamás quiso hacer daño, que ama a María. Ella intentará aferrarse a él, desesperada, pero la separarán entre lágrimas y gritos.
El palacio entero quedará paralizado: sirvientas llorando, Pía helada por la rabia, Teresa sujetando a María para que no se desplome. Y en medio de ese caos, el marqués Alonso aparecerá sin comprender del todo lo que sucede, enfrentándose a la escena más devastadora que jamás imaginó.
Finalmente, Samuel será arrastrado fuera del palacio esposado, ante los ojos de todos. María gritará su nombre hasta quedarse sin voz, mientras él clama una última vez que la ama y que es inocente. El silencio posterior será tan denso que se sentirá como un presagio trágico.