La Promesa: Lorenzo exige a Leocadia algo inesperado La Promesa 720 | RTVE Series
⚠️ Un momento, por favor — SPOILER ⚠️
Un instante, solo un instante.
La música se atenúa y todas las miradas se vuelven, casi de manera automática, hacia el hombre que reclama silencio con una sonrisa calculada. La solemnidad con la que pide atención hace presagiar que sus palabras no serán insignificantes. Nadie en la sala imagina, sin embargo, que lo que está a punto de anunciar cambiará la velada —y la vida de varios presentes— para siempre.
El capitán Lorenzo de la Mata, erguido con falsa elegancia, revela una noticia que él mismo califica como digna de celebración. A su juicio —y solo al suyo— merece incluso un brindis. Su tono petulante, cargado de autosatisfacción, logra que un escalofrío recorra a quienes conocen la verdadera naturaleza del hombre que tienen frente a ellos.
Anuncia, con toda la teatralidad de la que es capaz, que va a contraer matrimonio. Pero no con cualquiera: la afortunada, según él, es Ángela, hija de Leocadia de Figueroa, a quien presenta como una entrañable amiga. El público, ignorante de los hilos ocultos que se mueven tras bastidores, rompe en aplausos, levantando las copas mientras el duque refuerza la idea de que Ángela, al casarse con un conde, disfrutará de todos los privilegios de la nobleza.
Las sonrisas se multiplican, los brindis inundan la estancia… pero hay dos rostros que se desmoronan por dentro: Leocadia y Ángela, obligadas a fingir una alegría que no sienten.

La música continúa, pero la tensión se hace palpable en cada rincón. Leocadia, tratando de mantener la compostura, recibe comentarios sobre lo afortunada que será su hija en Andalucía, tan diferente de la fría Suiza donde ha pasado tiempo. El halago es una puñalada envenenada: sabe que nada de lo prometido será real si Lorenzo forma parte de la ecuación. Ese futuro “regalado” no es más que una prisión disfrazada de lujo.
El capitán, observando a Leocadia desde la distancia, decide acercarse con esa sonrisa torcida que anuncia tormenta. Se sitúa frente a ella como un depredador que ha descubierto a su presa acorralada. Y entonces, sin filtros, sin pudor, sin humanidad, deja salir las palabras que ha estado conteniendo para este momento exacto.
—¿En qué momento pensaste que yo era estúpido, Leocadia?
Cada sílaba es un golpe. Le reprocha haber intentado maniobrar a sus espaldas, haber querido entregar a Ángela a alguien “menos peligroso”, un hombre que él define como un pelele. Pero Lorenzo la ha adelantado: ha hecho público su compromiso justo delante del duque, y lo ha hecho de manera tan pública que deshacerlo sería un escándalo mayúsculo, no solo para Ángela, sino para toda la familia Figueroa.
Con una seguridad escalofriante, afirma que lo anunciado equivale prácticamente a declararlos marido y mujer, solo que sin los formalismos de una boda eclesiástica. Su burla es tan hiriente como su mirada, que lanza dardos invisibles revestidos de amenaza.
Leocadia intenta replicar, pero él la silencia con un gesto. Le advierte que una escena, cualquier exabrupto, podría cerrarle para siempre las puertas de la corte. La recuerda —con venenosa delicadeza— cuál es su lugar: una plebeya con ciertas conexiones, pero incapaz de soportar el peso de un escándalo público.
Y entonces su voz se endurece.
—Vas a pagar muy cara esta traición. A menos, claro está, que hagas exactamente lo que voy a decirte.
El tono no deja lugar a dudas.
No está negociando.
Está imponiendo.
Mientras la obliga a mantener la sonrisa —porque alguien las observa— le detalla el primer paso del castigo: expulsar inmediatamente a Beltrán de la finca. No quiere competencia, no quiere obstáculos. Beltrán, el hombre con quien Ángela tenía planeado escapar, debe desaparecer del mapa.
Leocadia, que siente cómo su mundo se derrumba, apenas consigue formular una pregunta: qué más quiere de ella.
Lorenzo, entonces, revela su siguiente exigencia:
—Tú y yo vamos a organizar la boda más ostentosa que se haya visto en Andalucía. En un mes.
El capitán clava su mirada en ella para asegurarse de que entiende la magnitud del ultimátum. No hay plazo más largo, no hay lugar para dudas, no hay margen para el error. Se trata de una orden. Una sentencia. Un mecanismo de dominación que convierte a Leocadia en su cómplice involuntaria.
Antes de alejarse, remata con una frase que hiela la sangre:
—No pierdas la sonrisa.
A partir de ahí, la fiesta se convierte en un desfile de máscaras. Los invitados celebran, ríen, comentan la noticia con entusiasmo superficial, sin comprender la tragedia que se esconde bajo esa apariencia luminosa. Ángela, pálida como el mármol, lucha por no romper a llorar. Leocadia, con el rostro tensado por el miedo, se obliga a levantar la copa una vez más para disimular la tempestad interna.
Lorenzo, satisfecho con su obra, se pasea por la estancia como un rey que acaba de conquistar un territorio. Para él, todo es un juego de poder, un tablero donde cada pieza está destinada a obedecer su voluntad.
El duque, encantado con la idea del enlace, conversa animadamente con los invitados, ajeno al chantaje y a la manipulación que han desencadenado ese anuncio. Para muchos, el matrimonio representa una unión conveniente; para otros, un evento social del que presumir. Pero nadie imagina la realidad: Ángela no ha aceptado nada. Leocadia tampoco. Todo es una farsa impuesta por un hombre que se siente invencible.
El ambiente festivo es ahora una prisión perfumada. Las copas tintinean, pero detrás de cada sonrisa se esconde un temor creciente. La música sigue sonando, pero ya no hay alegría en ella.
Leocadia sabe que, si desobedece, Lorenzo no solo destruirá a su hija, sino también a ella. La amenaza del escándalo, amplificada por la presencia del duque, es un arma afilada que el capitán maneja con maestría. Y así, sin opción de réplica, sin posibilidad de escape, la mujer se ve obligada a aceptar cada una de sus demandas.
Mientras tanto, Ángela, ajena aún al alcance completo del chantaje, siente cómo su vida se deshace entre sus dedos. El sueño que había construido con Beltrán se desvanece, y su futuro con Lorenzo se perfila como una condena.