La Promesa: Samuel: “Estoy dispuesto a colgar los hábitos por ti” La Promesa 720 | RTVE Series

María permaneció en silencio durante unos instantes, consciente de que la mirada fija que Samuel le dirigía significaba que deseaba saber más de lo que ella estaba dispuesta a confesar de inmediato. Él, con la voz suave pero insistente, le dijo que aquella forma de observarla solo tenía un motivo: quería entender cómo se encontraba realmente. María, tras respirar hondo, terminó admitiendo que sus emociones seguían siendo un torbellino difícil de ordenar. Explicó que, aunque por fuera pareciera tranquila, por dentro continuaba atenazada por el miedo. Aun así, algo dentro de ella se había sosegado desde que tomó su decisión, por contradictorio que pudiera parecer.

Samuel percibió la complejidad de sus sentimientos y se lo hizo notar. Le preguntó directamente si aquello significaba que aún deseaba seguir adelante con el embarazo. María, clavando la vista en el suelo, respondió que sí: que sus dudas no habían desaparecido del todo, pero ahora se sentía con la fortaleza suficiente para seguir adelante. Reconoció que el camino que tenía por delante sería duro, quizá incluso lleno de obstáculos que todavía no podía imaginar, pero por primera vez sentía que podría enfrentarse a ellos sin derrumbarse. Cuando Samuel quiso saber qué había provocado ese cambio, ella lo miró con franqueza y afirmó que no se trataba de un qué, sino de un quién. Estaba convencida de que Jana, desde el cielo, velaría por ella y por el pequeño que llevaba en su vientre.

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Samuel escuchó en silencio, pero cuando habló, sus palabras estuvieron cargadas de intención. Le dijo que, además de esa protección espiritual en la que ella confiaba, él también podía hacer que su vida fuera más llevadera, si tan solo María se permitía ser ayudada más de lo que hasta ahora había aceptado. María asintió tímidamente, sin entender adónde quería llegar. Él, consciente de que debía ser claro, la invitó a acercarse. Cuando estuvieron lo bastante próximos, confesó que había pasado toda su existencia siguiendo planes rígidos, un camino marcado desde hace años, convencido de que desviarse de él supondría traicionarse a sí mismo. Sin embargo, había un proverbio que siempre le había resonado: “Muchas son las intenciones en el corazón, pero es el consejo del Señor el que permanece.”

María, un tanto desconcertada, le pidió que se lo explicara. Samuel entonces compartió su reflexión: uno puede elaborar cientos de planes, edificar un futuro previsto al milímetro, pero es Dios quien, en última instancia, muestra el verdadero sendero. Y en su caso, ese camino había cambiado por completo desde que María apareció en su vida.

La joven lo miró con asombro cuando él, sin rodeos, confesó estar dispuesto a colgar los hábitos por ella. Afirmó que no se dejaba llevar por impulsos ni mucho menos por ilusiones pasajeras; sabía con exactitud el peso que acarreaba una decisión así. Si aceptaba caminar a su lado, tendrían que enfrentarse al rechazo de mucha gente, posiblemente abandonar La Promesa e incluso marcharse de Luján. Su mundo entero cambiaría. Las consecuencias serían imprevisibles, pero él estaba dispuesto a asumirlas una por una.

La Promesa Capitulo 721 - Capitulo 721 La Promesa

Con una serenidad que contrastaba con la intensidad de sus palabras, añadió que, si María lo permitía, él asumiría la paternidad del niño. Lo diría sin titubeos: ese bebé sería suyo. Y, una vez dada esa declaración, se casaría con ella para construir juntos una familia. Le prometió que pondría todo su empeño en ser un esposo digno y un padre responsable, alguien en quien ella pudiera apoyarse sin temores ni dudas. Sus ojos buscaban los de ella con una mezcla de esperanza, ternura y determinación.

María sintió que el tiempo se detenía. Nunca imaginó que Samuel pudiera plantearle algo tan profundo, tan decisivo, casi imposible de asimilar de golpe. Su mente y su corazón parecían chocar entre sí mientras escuchaba aquella proposición que podía cambiarlo todo. El silencio se volvió pesado, casi suspendido en el aire, mientras él esperaba su respuesta con el alma abierta. Ella sabía que no solo estaba decidiendo su futuro, sino el del pequeño que llevaba dentro y hasta el del hombre que la miraba con tanta entrega.

—¿Qué me dices, María Fernández? —preguntó Samuel finalmente, con la voz cargada de emoción contenida—. Si me aceptas, te doy mi palabra de que seré el mejor marido que pueda ser, y un padre que jamás faltará a su hijo. Solo necesito saber si tú quieres este camino conmigo.

María tragó saliva, incapaz de articular palabra al instante. Sus emociones se entrelazaban sin orden: gratitud, desconcierto, cariño, responsabilidad, miedo, un atisbo de esperanza… Todo se mezclaba mientras observaba a Samuel, que seguía allí, inmóvil, aguardando su sentencia.

Aquella pregunta, tan simple en apariencia y tan inmensa en realidad, quedó flotando entre ambos, marcando un antes y un después. Lo que María dijera a continuación no solo decidiría su destino, sino el rumbo de tres vidas que, quizá, acababan de unirse para siempre.