Sueños de libertad Cap 445 (tengas razón, Y esté bien dar que hablar un poco

Quizá tenga razón y esté bien dar que hablar un poco…

La escena se abre con un ambiente íntimo entre dos mujeres que intentan llegar a un acuerdo sobre el diseño de una prenda. Aunque al principio cada una defiende su postura, ambas reconocen que están logrando avanzar juntas. Una comenta lo complicado que es visualizar propuestas sin poder verlas puestas en un maniquí o en alguna de las chicas de la tienda. La otra propone probarse ella misma la blusa para hacerse una idea más clara, pero su compañera se escandaliza ante la posibilidad y prefiere llamar a alguna dependienta. Sin embargo, la insistencia de la primera termina imponiéndose. Con humor y algo de descaro, se prueba la prenda, asegurando que le queda perfecta.

Aun así, reconoce que será necesario hacer modificaciones para adaptarla a las costumbres españolas y evitar conflictos. Cuando su interlocutora le pregunta qué cambios sugiere, ella indica que lo primero es subir el escote. Su compañera, tras observar con detalle, dice que ese arreglo dañaría la estructura de la chaqueta. Propone una alternativa más elegante: transformar el escote en uno tipo barco, que resultaría más discreto y no obligaría a alterar el resto del conjunto. La idea es bien recibida; ambas celebran seguir avanzando.

Pasan luego a revisar la falda. Una de ellas sostiene que debe bajarse unos centímetros; la otra insiste en que llegue solo hasta cubrir las rodillas. Pero su compañera, con firmeza, recuerda que las nuevas tendencias de los años 60 exigen formas más cortas y modernas. La marca Brosard —dice— debe mantenerse fiel a su estilo. Al final, la falda se queda como ella propone. Tras un breve cruce divertido, las dos vuelven a coincidir: lo importante es que están logrando encontrar un punto medio entre tradición y modernidad.

Sueños de libertad - Temporada 2 - Capítulo 445 (26-11-25)

Mientras tanto, en otro lugar, el sacerdote pronuncia las palabras de la carta de San Pablo a los Efesios, recordando el amor incondicional que los esposos deben profesarse, cuidándose como si fueran un solo cuerpo. Tras la lectura, invita a los novios a expresar su consentimiento. Gabriel de la Reina acepta unir su vida a la de Begoña Montes, comprometiéndose a permanecer a su lado en toda circunstancia, buena o mala. Begoña, con voz emocionada, responde de igual forma. La ceremonia avanza entre música, solemnidad y emoción contenida.

El sacerdote les pide entonces que intercambien sus votos personales. Gabriel toma la palabra, confesando que gracias a Begoña ha descubierto un amor que jamás había imaginado, un sentimiento capaz de desplazar su ego y de transformarlo profundamente. Begoña, con lágrimas contenidas, expresa que él llegó justo cuando más lo necesitaba, devolviéndole esperanza y futuro. Ambos declaran su deseo de formar una familia.

Los anillos llegan —no sin un pequeño malentendido que provoca sonrisas nerviosas— y cada uno coloca la alianza en la mano del otro como símbolo de amor y fidelidad. Con la bendición final, el sacerdote declara que ya no son dos, sino una sola unión destinada a permanecer hasta la muerte. El beso sellando el matrimonio desata aplausos y música, mientras los invitados celebran un vínculo que había nacido lleno de obstáculos pero que consigue, finalmente, imponerse.

En medio de este ambiente emotivo, la historia se traslada a un rincón mucho más cotidiano: el espacio compartido entre Cristina y Claudia. Cristina recibe unos jabones que solía usar en su vida pasada en la colonia, y ese simple gesto la envuelve en nostalgia. Agradece sinceramente los recuerdos que evocan esos aromas. Claudia, siempre diligente, le asegura que se los prepara enseguida. Ambas comentan el mal tiempo, bromeando sobre el aguacero que las ha sorprendido durante el día. Claudia incluso cuenta que terminó empapada y tuvo que cambiarse los zapatos, intentando restarle gravedad con humor.

Pero la conversación cambia de tono cuando Claudia menciona algo inesperado: al entrar a la habitación de Cristina no encontró su ropa ni sus zapatos. Lo dice con delicadeza, sin querer preocuparla, aunque evidente­mente la situación le resulta extraña. Cristina se sorprende, pero intenta mantener la calma. Luego Claudia le pregunta cómo fue la noche con su madre, y Cristina responde que estuvo bien, aunque reconoce haber echado mucho de menos a Claudia, dejando entrever la cercanía que las une.

Cristina se dispone a volver al laboratorio, aunque advierte que no quiere discutir con Luis. Claudia —percibiendo la tensión que ella arrastra— la invita a hablar en el almacén para que pueda desahogarse con tranquilidad. Allí, Cristina explica que Luis se opone rotundamente a la nueva línea de productos económicos que la empresa quiere lanzar. Ha puesto trabas a todas las propuestas recientes, y no solo eso: el día anterior, delante de la señorita Du Boys, llegó a decir que ya no era feliz en la empresa, insinuando incluso que quizá había llegado la hora de marcharse. Cristina confiesa que estas palabras la inquietan profundamente.

Claudia, sorprendida, le pregunta si realmente cree que Luis planea irse. Cristina admite que no le parecería imposible. Lo compara con Joaquín, quien tomó la decisión de abandonar la fábrica por sentirse desplazado. Le duele pensar que Luis pueda seguir el mismo camino, sobre todo ahora que habían logrado trabajar juntos otra vez. Claudia intenta calmarla asegurando que lo ocurrido en el pasado ya quedó atrás. Pero Cristina insiste en que teme que él no pueda adaptarse al nuevo liderazgo.

Capitulo 444

Ambas reflexionan sobre el carácter de Luis: creativo, exigente, con costumbre de trabajar sin supervisión. Ahora, con el nuevo mandato de recortar costes y simplificar procesos, siente que le están arrancando parte de su identidad profesional. Es orgulloso, apasionado, y expresa sin filtro cualquier frustración. Para él, este cambio representa casi una pérdida personal.

Claudia observa la tristeza en el rostro de Cristina y le recuerda que trabajar es importante, pero también lo es cuidar la propia estabilidad emocional. Reconoce el enorme esfuerzo que Cristina ha hecho desde su regreso, intentando demostrar su capacidad, encajar de nuevo y evitar errores pasados. Cristina se muestra tímida ante esta observación, aunque agradecida.

Claudia le sugiere que quizá Luis necesita escuchar de su parte cuánto valora trabajar con él. Cristina sonríe con vergüenza. Nunca se lo ha dicho abiertamente porque teme que suene poco profesional. Pero Claudia insiste: reconocer el valor del otro no es una debilidad, sino un acto de humanidad. Luis —asegura— la respeta más de lo que ella cree, y ese respeto mutuo podría ser clave para superar esta etapa.

Cristina recuerda momentos compartidos, aprendizajes, complicidades silenciosas… y entiende que tiene algo importante que perder si Luis decide marcharse. Claudia concluye que quizá él solo necesita sentirse apoyado y escuchado, no como director ni como maestro, sino como compañero humano en una época de muchos cambios.

Cuando la conversación termina, Cristina respira un poco mejor. Nada está resuelto, pero al menos comprende mejor el problema. Y sobre todo, sabe que no está sola.