‘La Promesa’, avance semanal: ¿El final de Lorenzo?… O de Curro
La semana en La Promesa se tiñe de tensión cuando la misteriosa desaparición de Lorenzo empieza a generar susurros entre pasillos y miradas inquietas. Todo comenzó en un día aparentemente normal, en el patio, mientras señores y criados se cruzaban entre la rutina del almuerzo. Allí, como tantas veces, Curro trataba de pasar inadvertido… hasta que un tropiezo trivial desató la crueldad del capitán.
Lorenzo, incapaz de dejar pasar cualquier oportunidad de humillar, convirtió un simple error en un espectáculo vergonzoso. Ridiculizó el origen de Curro, su torpeza, e incluso evocó con desprecio los nombres de Eugenia y Jana. Aquellas palabras fueron la gota que colmó un vaso que llevaba años rebosando. Algo dentro de Curro se quebró y, por primera vez, le plantó cara: “Basta”.
El patio se congeló. Lorenzo, sorprendido por la rebeldía, trató de recuperar el control con amenazas, pero el joven, ardiendo por dentro, se marchó con pasos firmes, dejando atrás la humillación… y encendiendo la alarma en quienes le conocían bien.
Mientras tanto, en otras alas de la casa, otras tensiones bullían. Manuel interrogaba a Enora acerca de su implicación en los negocios turbios de don Luis y su misterioso enlace con Lisandro. Ella insistía en su inocencia, aunque sus vacíos de memoria y su inquietud no ayudaban a despejar sospechas. A su alrededor, Toño sufría en silencio, atrapado entre la lealtad y la incertidumbre.
En la cocina, Lope, desesperado por la creciente fama del enigmático “Madame Cocotte”, volvía a lamentarse de que sus recetas hubieran sido robadas. Simona y Candela intentaban reconfortarlo, aunque la amenaza del impostor parecía ganar peso día tras día.

En otra parte del palacio, Martina cerraba una maleta que simbolizaba un adiós que nunca acababa de llegar. Pretendía marcharse a Sevilla, pero la fiebre de los bebés la obligó a replanteárselo todo. Adriano, desbordado, agradeció aquella decisión que devolvía un poco de luz a su relación. Jacobo, en cambio, recibió la noticia como una puñalada, creyendo que su esposa buscaba excusas para distanciarse. Las heridas entre ellos parecían necesitar tiempo… o quizá separaciones más profundas.
La noticia del supuesto compromiso entre Lorenzo y Ángela añadió otra capa a la maraña. El capitán celebraba la manipulación que lo situaba como prometido de la joven, mientras ella, pálida y temblorosa, veía desmoronarse cualquier atisbo de libertad. Desde un ventanal, alcanzó a ver a Curro cruzar el patio con una mirada sombría. Intuyó que algo grave había ocurrido.
Y no se equivocaba. Guiado por impulsos que no terminaba de comprender, Curro acabó en el pasillo donde se escondía la habitación secreta del palacio, ese lugar cargado de historias soterradas. Hasta allí lo siguió Lorenzo, decidido a finalizar lo que había empezado. Pero esta vez, Curro lo arrastró dentro y cerró con llave.
La sombra de un arma apareció entonces entre sus manos: una desesperada promesa de justicia.
El capitán, entre arrogancia y alerta, trató de desestabilizarlo, pero Curro, herido por años de abusos y por el recuerdo de Jana, lo enfrentó directamente, exigiendo verdades que nunca habían salido a la luz. Entre ellos se desató un duelo verbal cargado de culpas, insinuaciones y confesiones a medias. Entonces, Lorenzo jugó su carta más venenosa: señaló a Leocadia como la verdadera autora de la caída de Jana.
Ese nombre desgarró el equilibrio emocional de Curro. Las piezas comenzaron a encajar de forma inquietante: las visitas sospechosas a Eugenia, las maniobras silenciosas para callar preguntas, la obsesión por mantener el orden a cualquier precio. Lorenzo, viendo la duda crecer en los ojos del joven, insistió. Y Curro, dividido entre la rabia y el miedo, bajó el arma unos centímetros.
Fue suficiente.
El forcejeo estalló en un segundo. Un disparo tronó en la penumbra. El eco llenó la habitación como si pretendiera avisar al mundo. Luego, un silencio espeso.
Nadie supo, al principio, qué había sucedido. Ni siquiera Curro, que temblaba mirando el arma humeante. Lorenzo, jadeante, lo observaba con una mezcla de pánico y fascinación, consciente de que ambos habían cruzado un límite sin retorno.
El palacio, ajeno aún al disparo, continuaba con sus propias batallas. Samuel debatía con Pía si debía abandonar o no el sacerdocio tras enterarse del embarazo de María. Ella, por su parte, lloraba al decidir que no permitiría que él renunciara a su vocación por un impulso nacido del miedo.
En el hangar, Enora rompía de madrugada los acuerdos con Manuel y Toño al investigar por su cuenta los entresijos de Lisandro, lo que despertaría, al amanecer, la sensación de traición en quienes confiaban en ella.
Entre tanto, la ausencia de Lorenzo empezaba a levantar sospechas. Leocadia, inquieta sin admitirlo, rondaba zonas de la casa sin razón aparente. Teresa, presa de un presentimiento difícil de explicar, se encontró frente a la puerta de la habitación secreta antes de ser reprendida por su señora.
Dentro, en ese espacio cargado de secretos, Curro y Lorenzo se medían como dos hombres atrapados en un destino común pero opuesto. El joven, superado por los acontecimientos, luchaba por sostener la noción de justicia que lo había llevado allí. Lorenzo, siempre hábil, sembraba dudas y advertencias, recordándole que un disparo —hiera o no— ya había marcado sus vidas para siempre.
El eco de aquella detonación sería el origen de la pregunta que, en los días venideros, incendiaría cada rincón del palacio:
¿Qué ocurrió realmente en la habitación secreta?
Las sombras conocían la respuesta, aunque ni siquiera ellas parecían seguras de si la historia estaba acercándose al final del capitán… o al principio del fin del muchacho.