AVANCE DE SUEÑOS DE LIBERTAD, MIÉRCOLES 19 DE NOVIEMBRE ANTENA 3, CAPITULO 443, ANDRÉS HUYE DE CASA
Spoiler: La decisión que cambia todo en el capítulo 443 de Sueños de Libertad
Hola amigos, hoy les traigo el avance del capítulo 443 de Sueños de Libertad. En esta entrega, Andrés se encuentra al borde del colapso emocional. La escena comienza con él conduciendo apresuradamente bajo una intensa lluvia, sus manos crispadas sobre el volante y la respiración agitada reflejando la urgencia que lo impulsa. Cada gota que golpea el parabrisas parece marcar los segundos que lo separan de un hecho irreversible: la boda de Begoña y Gabriel. Mientras tanto, en la iglesia, la ceremonia sigue su curso, completamente ajena al drama que se desarrolla afuera. La luz tenue de las velas envuelve el espacio, y los invitados, silenciosos, observan cada paso del rito con atención y solemnidad.
El padre de la iglesia toma la palabra, marcando el inicio formal de la unión. Con voz solemne pregunta a Gabriel: “¿Gabriel de la Reina, aceptas a Begoña Montes como tu esposa y prometes amarla, respetarla y permanecer a su lado en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad?” Gabriel, con una sonrisa ligera y una mirada serena hacia Begoña, responde firme: “Sí, quiero”. Luego, el sacerdote dirige la misma pregunta a Begoña, quien, aunque nerviosa, responde con convicción: “Sí, acepto”. Los votos comienzan entonces, y el momento se vuelve íntimo y profundamente emotivo.
Gabriel toma las manos de Begoña con suavidad y le confiesa: “Begoña, amor mío, soy el hombre más afortunado del mundo. Gracias a ti he aprendido a amar a alguien por encima de mí mismo, y ese alguien eres tú”. Begoña respira hondo, conteniendo las lágrimas, y responde: “Gabriel, llegaste a mi vida en el momento que más lo necesitaba. Me ilusiona formar una familia contigo. Te quiero y quiero que compartamos el resto de nuestras vidas juntos”. Julia, la pequeña, se acerca con los anillos, sosteniéndolos con cuidado, mientras la emoción del instante llena la iglesia.
Pero justo en ese momento, la ceremonia se ve alterada por la aparición inesperada de una mujer en la entrada de la iglesia. Todos los presentes voltean sorprendidos. La tensión se corta como un hilo invisible. La mujer, después de unos segundos cargados de incertidumbre, decide retirarse, dejando un silencio incómodo en el ambiente. El padre retoma la ceremonia sin perder la calma, y Gabriel le entrega a Begoña la alianza: “Recibe esta alianza como símbolo de mi amor y fidelidad hacia ti”. Begoña responde con serenidad: “Recibo esta alianza en señal de mi amor y lealtad hacia ti”. Finalmente, el sacerdote bendice la unión y declara solemnemente: “Ahora ya no sois dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre. Os declaro marido y mujer hasta que la muerte os separe”. Los invitados observan expectantes mientras Gabriel y Begoña se besan para sellar su matrimonio.

Mientras todo esto ocurre, Andrés llega a la iglesia bajo la lluvia. Llega justo a tiempo para ver el beso que lo destruye por completo. Su rostro refleja un dolor profundo: comprende que ya no hay nada que pueda hacer. Empapado y abatido, no puede entrar ni pronunciar palabra, y decide regresar a su casa. Al llegar, Manuela lo observa pasar cabizbajo. Poco después, Marta aparece, preocupada por su estado: “¿Estás empapado? ¿Qué ha pasado?” Andrés, con voz débil, murmura: “Se ha casado”. En ese instante, Damián aparece, sorprendido: “¿Quién se ha casado?” Andrés responde con frialdad y tristeza: “Begoña y Gabriel”.
Damián niega con la cabeza y exclama: “Por el amor de Dios, ¿es que no nos van a dar ni un respiro?”. Marta, intentando comprender, comenta que sabía que tenían cierta prisa, pero no imaginaba que tanta. Andrés, abrumado por la situación, rompe en llanto. Damián, frustrado, añade: “¿Cómo puede ser que no hayan invitado a nadie?” Andrés explica: solo asistieron los testigos, y porque no tenían más remedio. Begoña se lo comunicó únicamente a Luz y a Luis, según él sabe. Marta reflexiona en voz alta: “Entiendo las circunstancias, pero podrían haber avisado a la familia más directa”. Damián, con resignación y frustración, sube las escaleras diciendo: “Avisadme cuando lleguen o no. En esta familia todo es un maldito despropósito”.
Andrés se deja caer en las escaleras y, con desesperación, confiesa: “Ha sido todo por mi culpa”. Marta, sentándose a su lado, pregunta con suavidad: “¿Por qué dices eso?” Con la mirada perdida, Andrés explica que anoche le pidió a Begoña que recapacitara y que no se casara con Gabriel. Marta, sorprendida, insiste: “¿Por qué hiciste algo así?” Andrés, con amargura y dolor, responde: “Porque no podía soportar que sintiera por él lo que nosotros sentíamos. Por eso lo hizo”. Marta, con mezcla de pena y preocupación, comenta: “Ahora entiendo las prisas de Begoña, pero ¿cómo se te ocurre, Andrés?”. Él replica que debía avisarla de lo que estaba haciendo, pues esa boda podría ser un error que ella pagaría muy caro. Marta suspira y le recuerda que su intención era protegerla. Andrés insiste: solo quería evitarle sufrimiento.
Marta lo reprende ligeramente: “¿Y por eso la presionas para que no se case con el padre de su hijo?” Andrés, molesto, pide que no se lo recuerden. Marta continúa con firmeza: “La situación es la que es. Begoña quiere estar con Gabriel. Sé que es duro, pero debes pasar página, igual que ella lo ha hecho”. Andrés admite con dolor: “No puedo, Marta. He intentado superarlo, pero no puedo. ¿Cómo voy a seguir viviendo en esta casa sabiendo que ya están casados?” Marta, compasiva pero impotente, le aconseja centrarse en el trabajo y en la familia. Andrés, amargado, responde que ni siquiera su trabajo tiene sentido ahora. Marta insiste: “Precisamente ahora tiene más sentido que nunca. Debes estar con tu familia para no perder el legado de toda una vida”.

La conversación se ve interrumpida por el teléfono. Andrés contesta y escucha al detective Ángel Ruiz: “Tengo información muy interesante sobre el pasado de tu primo Gabriel”. Impactado, Andrés desciende las escaleras con una maleta en la mano. Manuela le pregunta: “¿Se va de viaje?” Andrés responde con frialdad: “Sí, ya me voy”. María aparece y, preocupada, le pregunta a dónde va. Él responde que no lo sabe. María insiste: “No lo puedes soportar, ¿verdad?” Andrés pierde la paciencia: “No empecemos”. María intenta detenerlo y suplica: “¿Qué le digo a Julia? ¿Qué le digo a tu familia? Por favor, no te vayas”. Andrés, firme, solo responde: “Diles que me voy y que los quiero”, y se marcha, dejando a María llorando desconsolada.
Horas más tarde, Begoña, Gabriel y Julia regresan a la casa. Marta sonríe y Julia anuncia emocionada: “Tía, abuelo, sorpresa, se han casado”. Damián, serio, responde: “Sí, ya nos enteramos”. Marta abraza a Begoña y dice: “Enhorabuena. Me alegro por vosotros”. Damián, curioso, pregunta por la prisa de la boda. Begoña admite que fue su decisión impulsiva y se disculpa. Marta la apoya, sugiriendo respetar la decisión y evitar habladurías. Damián, resignado, agrega: “Espero que algún día podamos celebrarlo en familia”. Gabriel sonríe: “Estaríamos encantados, ¿verdad, cariño?” Begoña asiente con alegría. Julia interviene emocionada, deseando usar su vestido nuevo.
En ese momento, María aparece devastada. Marta le pregunta si está bien, y ella responde con voz seca: “Enhorabuena por la boda”. Marta insiste, preocupada. Finalmente, María, entre lágrimas, confiesa: “Andrés se ha ido”. Damián pregunta alterado: “¿Cómo que se ha ido? ¿A dónde?” María responde: “No lo sé. Se llevó una maleta y no dijo a dónde ni cuándo volverá, si es que lo hace”. La familia queda desconcertada mientras Gabriel intenta acercarse a María, pero ella lo rechaza, susurrándole: “Todo esto es por tu culpa”. Él, cansado, le responde: “Deja de culparme de todo”. María insiste que la boda se adelantó por su intervención. Gabriel intenta calmarla: “No te preocupes por Andrés. Estás tan enamorado de mi esposa que volverá. Te lo aseguro”.