La Promesa – Avance del capítulo 723: Curro secuestra a Lorenzo en La Promesa
En el episodio 723, un silencio inquietante se apodera de los muros de La Promesa: Curro ha raptado a Lorenzo y lo ha encerrado en la enigmática habitación oculta del palacio. Mientras el capitán desaparece sin dejar pista alguna, el muchacho inicia un camino de represalias tan arriesgado como inevitable. Martina aplaza su partida a Sevilla, Manuel continúa presionando a Enora para desentrañar lo que esconde Don Lisandro, y la relación entre María Fernández y Samuel comienza a fracturarse de manera dolorosamente visible. En las cocinas, la fama casi sobrenatural de Madame Cocotte sigue creciendo, desconcertando a todo el servicio. Pero nada eclipsa la pregunta principal: ¿hasta dónde está dispuesto a llegar Curro para proteger a Ángela y ajustar cuentas con Lorenzo? El palacio entero murmura… sin sospechar cuán cerca está la verdad de estallar.
Curro había dejado de mirar el reloj hacía horas, pero percibía el paso del tiempo en la garganta reseca y en el latido acelerado que le golpeaba las sienes. Las paredes frías de la habitación secreta devolvían un eco apagado a cada una de sus respiraciones. Aquel refugio olvidado, envuelto en historias de guerra y silencios antiguos, se había convertido en el lugar donde decidió encerrar a Lorenzo. El capitán, amarrado a una silla con cuerdas ásperas que le marcaban las muñecas, respiraba con dificultad pero conservaba en la mirada la soberbia que lo había caracterizado siempre.
—No sabes con quién te has metido, chiquillo —gruñó Lorenzo, ladeando la cabeza con desdén—. Esto te va a costar caro.
Curro no respondió de inmediato. Sentía la rabia tensarle los puños hasta volverlos blancos. Observó al hombre que había destrozado la vida de Ángela, ahora reducido a la impotencia dentro de esas paredes húmedas.

—Esto empezó a acabar mal para mí hace mucho —dijo por fin, con voz ronca—. Desde el día en que te atreviste a tocar a Ángela, dejé de ser el mismo. Lo que pase ahora… es solo la consecuencia.
Lorenzo sonrió con un gesto que todavía destilaba veneno.
—¿Protegiendo a tu dama? —ironizó—. No eres más que un mocoso sin idea del mundo. Los problemas se resuelven con dinero, con acuerdos… no con estas tonterías.
Curro dio un paso hacia él, y por un instante el capitán creyó que lo golpearía. Pero el joven se contuvo. No podía perder el control. No aún. Lo necesitaba consciente… y dispuesto a hablar.
—Te quedarás aquí hasta que decida qué hacer contigo —sentenció, lanzando una mirada a la lámpara de aceite que proyectaba sombras inquietas en las paredes—. Por primera vez, serás tú quien obedezca.
Arriba, el palacio contenía el aliento. La ausencia de Lorenzo se extendía como una sombra en los pasillos. Los criados se lanzaban miradas inquietas, algunos incluso aliviados, pero los señores no ocultaban la tensión. En un salón, Martina permanecía junto a su maleta abierta, debatiéndose entre la huida y la responsabilidad. Sevilla era su refugio prometido, pero los niños enfermos y el peso emocional de la casa la retenían.
Catalina entró sin hacer ruido.
—Si sigues empacando y desempacando, al final no sabrás qué llevas —comentó con suavidad.
Martina suspiró. Sentía que el palacio la estaba atrapando como un fantasma más, igual que Lorenzo, cuya desaparición ya inquietaba a muchos.
—Lo tuyo no es desaparecer como él —respondió Catalina con firmeza—. Y lo de Lorenzo… empieza a oler a algo serio.
En otra parte, Manuel revisaba documentos turbios relacionados con Don Luis y presionaba a Enora para que hablara. Ella, atrapada entre secretos ajenos y su propio miedo, intentaba mantenerse en silencio, aunque cada pregunta del joven la hacía temblar por dentro.
En las cocinas, las cartas y recortes sobre Madame Cocotte se acumulaban. Simona, Candela, Lope y Vera comentaban entre susurros la creciente fama de la misteriosa cocinera. Cada día llegaban más pedidos y más artículos alabándola. Y aunque nadie lo decía en voz alta, la sospecha de que la verdadera Madame Cocotte pudiera estar más cerca de lo que creían se colaba en el ambiente. Lope, nervioso y sudoroso, evitaba las miradas, como si guardara un secreto propio.
Mientras tanto, María Fernández buscó a Pía para pedir consejo sobre Samuel. Sentía que él veía la vida como un deber constante, sin espacio para ilusiones compartidas. Pía, desde su experiencia, le advirtió que no debía conformarse con ser un peso más en la lista de responsabilidades de nadie. Cuando María salió del despacho, comprendió que su relación con Samuel pasaba por su momento más frágil.

En la habitación secreta, Lorenzo comenzaba a sentir las ataduras como un peso insoportable. Curro, de pie junto a la pared, se debatía entre la culpa y la necesidad de mantenerlo ahí. Cuando bajaba a la planta noble y veía las miradas inquietas de todos preguntando por el capitán, una punzada helada le recorría la espalda. Mentir a Ángela era lo que más le dolía. Ella, con el temor asomando en los ojos, le pidió que no hiciera nada de lo que pudiera arrepentirse. Curro solo pudo prometerle que esta vez el peligro no recaería sobre ella.
Samuel y María, por su parte, tuvieron la conversación que ambos temían. Ella necesitaba más que deberes; él, acostumbrado a cargar con obligaciones, no sabía cómo ofrecer lo que ella pedía. El silencio que los envolvió después fue la señal de un distanciamiento inevitable.
En la penumbra de la habitación oculta, Lorenzo continuaba usando su lengua afilada como arma. Sabía que no podía escapar, pero sí podía desestabilizar a Curro.
—No podrás ocultarme para siempre —advirtió—. Y cuando me encuentren, no caeré solo. Arrastraré a todos contigo.
Insinuó incluso conocer un secreto sobre los orígenes de Curro, algo capaz de hacerlo tambalear. El joven sintió el golpe, pero se sostuvo recordando el terror de Ángela aquel día en el que Lorenzo le arrebató la paz.
—Puedes decir lo que quieras —respondió con firmeza—, pero antes tendrás que salir de aquí. Y eso ya no lo decides tú.
La noche cayó, espesa y silenciosa. El palacio entero buscaba respuestas, mientras en la cámara escondida Curro cruzaba definitivamente una línea peligrosa. Aún nadie lo sabía, pero la venganza ya había comenzado su oscuro recorrido en La Promesa.