La Promesa – Avance del capítulo 724: Curro contra Lorenzo: la venganza que cambia todo
Curro no había logrado pegar ojo en toda la noche. Cada vez que intentaba cerrar los párpados, las imágenes regresaban con una precisión dolorosa: el rostro de Jana, ya no el de la joven luminosa y valiente que siempre defendía a quien lo necesitaba, sino el de una mujer sin vida, pálida, con un mechón de cabello húmedo pegado a la sien. Luego aparecían las manos temblorosas de su madre, Eugenia, atrapada en un bucle de locura, repitiendo las mismas palabras como si su mente hubiera quedado encerrada en un laberinto sin salida. Y detrás de ambas, surgía Ángela, humillada, rota, con los ojos llenos de vergüenza y miedo mientras Lorenzo la sujetaba por el mentón con la misma mano que tantas veces empuñó un arma.
Aquellos tres rostros se superponían como capas de un mismo tormento, empujando a Curro hacia el borde de su paciencia y de su alma. Era esa rabia viscosa, la que no había dejado de crecer con los años, la que lo sostenía ahora, en el aire denso y húmedo de la sala oculta de La Promesa.
La habitación donde mantenía a Lorenzo alguna vez había sido un simple trastero: un rincón lleno de sillas viejas, cajas con manteles amarillentos, muebles cojos y olvidados. Pero esa noche se había transformado en algo distinto: un tribunal oscuro, un lugar de ajuste de cuentas, un espacio donde por fin alguien sería obligado a decir la verdad. No en los salones brillantes donde Cruz imponía su autoridad, sino allí, donde el eco de los pecados no podía esconderse.
Lorenzo, con las muñecas esposadas, estaba sentado en el centro del cuarto. Cada movimiento hacía sonar los eslabones metálicos, recordándole quién tenía el control. Su camisa, por lo general impecable, se le pegaba a la espalda. No sudaba visiblemente —el orgullo le impedía mostrar el miedo—, pero un tic nervioso en la comisura de sus labios lo traicionaba. Curro permanecía frente a él, sosteniendo una pistola con tal fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos.
—Empecemos —gruñó el joven, con la voz cansada tras horas de tensión.
Lorenzo alzó la mirada, tan helada y calculadora como siempre.
—Si quieres montar un juicio, al menos podrías preparar la escenografía adecuada. Falta el juez y la audiencia.
Curro soltó una sonrisa vacía.
—La audiencia lleva años observándote. Todo el palacio sabe lo que has hecho, pero nadie ha tenido el valor de ponerte cadenas. Hasta hoy.
Avanzó un paso, levantando ligeramente la pistola.
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—Vamos a empezar por Jana —dijo, cada sílaba cargada de emoción contenida—. Quiero que confieses cómo la mataste.
El nombre quedó suspendido en el aire, como una herida abierta.
Lorenzo arqueó una ceja.
—Deberías agradecer que esa muchacha se cruzara en tu vida —replicó con veneno—. Sin ella seguirías siendo solo el hijo de una mujer desequilibrada.
Las palabras lo golpearon con la fuerza de un puñetazo. Curro contuvo el impulso de apretar el gatillo.
—No vuelvas a nombrarlas —escupió—. Ni a mi madre, ni a Jana, ni a Ángela.
Pero Lorenzo rió brevemente.
—Siempre tan ingenuo. ¿Crees que un arma y una noche de furia repararán todo lo que cargamos encima?
Una avalancha de recuerdos lo sacudió: su infancia temblorosa, la sombra de Lorenzo paseando con paso autoritario, la impotencia de no poder proteger a quienes amaba.
—No busco reparar nada —respondió Curro, acercando el arma—. Solo quiero la verdad.
A partir de ese instante, el interrogatorio se convirtió en un duelo de almas desgarradas. Lorenzo contraatacaba con insinuaciones, tentando sus puntos débiles, retorciendo el pasado para confundirlo. Había momentos en que Curro sentía el suelo moverse bajo sus pies, especialmente cuando el capitán mencionó a Leocadia, insinuando que la silenciosa institutriz sabía más de lo que nadie imaginaba.
—No pretendo absolverme —comentó Lorenzo, arrastrando las palabras—. Solo digo que la culpa rara vez pertenece a una sola persona.
Curro no mordió el anzuelo; sin embargo, las dudas se arremolinaban dentro de él. ¿Podía confiar en que Lorenzo solo intentaba manipularlo, o había verdades ocultas que aún desconocía?
Finalmente, acorralado por la presión, Lorenzo comenzó a hablar. Su confesión no fue un estallido, sino un goteo de palabras frías y calculadas:
—Sí. Ordené que dejaran de entrometerse a Jana. Sí, vi en su muerte una solución. Y sí… tu madre fue un daño colateral conveniente. Su locura era útil para muchos.
Las frases se clavaron en Curro como cuchillas. Había deseado escuchar la verdad durante años, pero ahora que la tenía, el peso lo entumecía.
—¿Y Ángela? —preguntó, apenas respirando.
—También la usé —admitió Lorenzo sin parpadear—. Sabía que su vergüenza te destrozaría.
El silencio que siguió fue tan pesado que parecía absorber el aire.
Curro retrocedió un par de pasos, el arma bajó lentamente. Durante un instante, el mundo se volvió un zumbido lejano. Sentía ganas de derrumbarse, pero algo dentro de él —quizá la memoria de Jana— lo sostuvo.
—Gracias —susurró—. Ya sé lo que necesitaba saber.
Lorenzo sonrió con burla.
—¿Y ahora qué? ¿Me ejecutarás?
Curro negó despacio.
—Matarte sería un regalo. Te daría una muerte limpia, rápida. No mereces eso. Lo que mereces es vivir y escuchar cómo tu nombre se convierte en sinónimo de vergüenza.
Lorenzo trató de asustarlo, insinuando que nadie creería la palabra de un sirviente sobre la de un capitán. Pero Curro ya no era aquel muchacho temeroso.
—Tengo testigos —le recordó—. Y tengo tu propia confesión.
Guardó la pistola, aunque no liberó las esposas.
—Seguirás aquí un tiempo. Hasta que decida cómo sacar todo esto a la luz.
Cuando se dirigió hacia la puerta, Lorenzo lanzó una advertencia final:
—El palacio siempre busca un culpable. Y puede que no sea yo… sino Leocadia. O incluso tú.
Curro se detuvo, pero no miró atrás.
—Esta vez no permitiré que conviertas a otros en tus escudos.
Y salió, cerrando la puerta con llave. El sonido del cerrojo resonó en el pasillo como el inicio de un nuevo destino.

En la penumbra del corredor, Curro se dejó caer contra la pared fría. Le temblaban las manos; aún sentía el eco de la tensión en sus huesos. Había logrado lo impensable: arrancar la verdad de Lorenzo. Sin embargo, la satisfacción no llegaba.
En lugar de alivio, una inquietud creciente se instalaba en su pecho: ¿qué vendría después?
La imagen de Jana regresó a su mente, pero esta vez luminosa, viva, con ese gesto testarudo que siempre la caracterizaba.
“Termina lo que empezaste, Curro. No permitas que entierren la verdad.”
El joven apretó los puños.
—Te doy mi palabra —susurró—. Nadie volverá a esconder lo que pasó. Esta vez, ellos serán los que tiemblen.
Con una determinación renovada, avanzó por el pasillo. Sabía que lo peor estaba por venir: enfrentarse al palacio, a sus mentiras, a quienes preferirían destruirlo antes que permitir que la verdad saliera a la luz.
Pero ya no caminaba con miedo.
El juego que Lorenzo había mencionado no había terminado.
Acababa de comenzar.