La Promesa: Curro encadena a Lorenzo: la verdad sobre Jana

Vamos, Enora, no es tan difícil…
En una conversación cargada de tensión, Manuel encara a Enora con visible frustración, intentando obtener respuestas claras sobre un asunto que, para él, resulta incomprensible. Le pregunta de manera directa si sabía o no que el duque de Carvajaliz y Fuentes era el verdadero inversionista detrás de la empresa de don Luis. Enora, desconcertada por la acusación, afirma categóricamente que jamás podría haber imaginado semejante cosa. Explica que nunca tuvo motivos para sospechar, pues en ningún momento se le insinuó que el duque estuviera relacionado con aquel negocio. Añade que su recomendación de don Luis fue puramente profesional: lo consideró la opción más sólida para los trabajos que necesitaban, y nada más.

Manuel insiste, sin embargo, en que ella debería haber tenido alguna pista, sobre todo porque fue quien los puso en contacto con don Luis. Subraya que el hecho de que el empresario insistiera en trabajar con ellos debió levantar alguna duda, algún indicio acerca de quién estaba detrás de la compañía. Pero Enora sostiene su postura: para ella, no había nada extraño. Don Luis jamás mencionó quién era el accionista mayoritario ni vio por qué tendría que hacerlo, dado que ella no ocupaba un cargo empresarial ni político que justificara una confidencia de tal naturaleza. Ella, según explica, no era más que la sobrina de Nazario, una joven que actuaba de intermediaria por mera cortesía.

Manuel, sin quedar satisfecho, recalca que ese tipo de información no es un detalle menor, especialmente considerando que estaban a punto de embarcarse en un negocio conjunto. Enora contesta que, al hablar con don Luis, se centró únicamente en lo que le parecía importante para el proyecto: si sabía fabricar las piezas del motor, si tenía los conocimientos adecuados y si la empresa disponía de los recursos necesarios. Esa fue siempre su prioridad. En su cabeza, desde el primer momento, asumió que la empresa pertenecía íntegramente a don Luis y que él era la autoridad principal en todo lo relacionado con el trabajo.

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Molesto, Manuel le pregunta por qué no corroboró sus suposiciones más adelante, por qué no indagó aunque fuera por prudencia. Ella responde con sinceridad: simplemente no lo hizo. Entonces señala que él tampoco lo hizo cuando tuvo la oportunidad, dejando claro que ambos pecaron por falta de previsión. Tras un momento de silencio tenso, Manuel admite que, efectivamente, él tampoco investigó más a fondo. Y es en ese espacio de vulnerabilidad que Enora aprovecha para recordarle que no puede cargar toda la culpa sobre ella cuando, en el fondo, ambos cometieron el mismo error.

Aun así, Manuel confiesa que espera, casi desesperadamente, que todo lo que ella está diciendo sea verdad. Le expresa, con un tono entre cansado y desconfiado, que han pasado por demasiadas mentiras, demasiadas medias verdades y demasiados malentendidos que han desgastado la relación entre ellos. La sinceridad, ahora, es lo único que queda para restablecer algo de confianza. Enora, con los ojos brillantes por una mezcla de indignación y tristeza, le jura que está siendo completamente honesta. No entiende por qué él se aferra tanto a dudar de todo lo que ella dice, qué lo lleva a desconfiar incluso cuando ella se muestra transparente.

Pero Manuel, con una amargura acumulada por experiencias pasadas, le responde que solo ella puede contestar a esa pregunta. Le recuerda que, una y otra vez, le ha pedido confianza y que él, en repetidas ocasiones, ha cedido. Sin embargo, en todas esas ocasiones, afirma que Enora terminó mintiéndole, ocultándole información o actuando de formas que parecían contradecir sus palabras. Esa repetición de errores ha erosionado su capacidad de creer en ella.

Enora guarda silencio unos instantes, consciente de la carga emocional que llevan aquellas palabras. Finalmente admite que no puede hacer nada más para convencerlo. Dice que ya ha puesto sobre la mesa todo lo que tenía para ofrecer: su verdad, su arrepentimiento, sus explicaciones. Y, con una calma resignada, declara que, a partir de ese momento, queda en manos de Manuel decidir si confía o no en ella. Ya no va a luchar por algo que no depende únicamente de su voluntad.

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Manuel, aunque todavía tenso, parece comprender el peso de lo que Enora acaba de decir. La observa, percibiendo en su rostro una mezcla de cansancio, sinceridad y vulnerabilidad que lo desestabiliza. Pero aún no está listo para bajar completamente la guardia. Hay demasiadas heridas sin cerrar.

Aun así, la conversación cobra un matiz más profundo. Ambos se encuentran en un punto crucial de su relación, un punto donde ya no se trata solo del negocio fallido ni del error compartido, sino de la suma de todas las decepciones, de todas las expectativas rotas y de lo mucho que se han herido sin proponérselo. Las palabras de Enora, cargadas de cansancio y honestidad, parecen marcar un antes y un después: ella ya no quiere seguir justificándose, ya no quiere vivir pendiente de demostrar quién es. Siente que su dignidad merece un lugar, incluso en medio de la desconfianza de Manuel.

Por su parte, Manuel, atrapado entre sus sentimientos y su dolor, se da cuenta de que tampoco puede seguir exigiéndole más. Ha escuchado su explicación; ahora debe decidir qué hacer con ella. El silencio se apodera del ambiente, un silencio espeso, casi sofocante, que revela que lo dicho ya no puede deshacerse. No hay marcha atrás.

Finalmente, sin levantar la voz, Manuel desvía la mirada, quizá porque teme lo que podría revelar en sus ojos. Enora lo observa por última vez antes de dar un paso atrás. Ya ha dicho todo. Ya ha dado todo. Y ahora, el resto está fuera de su alcance.

En esa distancia silenciosa entre ambos, la relación pende de un hilo delicado, frágil. Sin embargo, por primera vez en mucho tiempo, se percibe la posibilidad de que algo cambie, para bien o para mal.
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