La Promesa: Esta decisión arruinaría a Samuel La Promesa 723 | RTVE Series

Así que ya te ha contado todo la señora Darry, ¿verdad? No esperaba menos de ella. En cuanto me vio, entendió perfectamente que algo me rondaba la cabeza, porque llevaba un silencio encima que parecía sacado de un funeral. No se mordió la lengua, desde luego: habló con toda franqueza, sin adornos, sin suavizar nada. Y no puedo negar que sus palabras me removieron por dentro, hicieron que me quedara dándole vueltas a todo lo que me había dicho. Pero escucha, María: que sus comentarios me hayan hecho pensar no significa que yo haya cambiado de opinión ni que esté retrocediendo. Te lo digo con el corazón en la mano: mantengo mi compromiso. De verdad, puedes confiar en mi palabra.

Gracias por confiar tú también, pero… sé perfectamente que doña Pía es una mujer sensata, prudente, de esas que ven un problema antes de que estalle. Por eso sospecho que la duda no se ha instalado en mí, sino en ti. Y tienes ese gesto tan tuyo, ese que pones cuando quieres convencerte de algo que en el fondo te inquieta. Lo entiendo, María: sus argumentos eran tan razonables que cualquiera se habría cuestionado lo que estamos haciendo.

Ella lo dijo con claridad: tú ves en mí a un sacerdote de vocación, alguien que nació para servir a la iglesia, no para formar una familia como cualquier otro hombre… o quizá sí, pero siempre dentro de los límites de mi misión. Y aunque te entiendo, te insisto: yo sé lo que estoy haciendo. No estoy actuando a ciegas ni movido por un impulso pasajero.

Avance de 'La Promesa' del jueves 27 de noviembre

—No, Samuel —me respondes—, lo que pasa es que estás dejando que tu buen corazón decida por encima de tu cabeza. Y tienes razón en algo: mi corazón me está guiando. Pero eso no significa que sea un error. Dices que si realmente abandono el sacerdocio para asumir la paternidad de tu hijo, me voy a meter en un problema enorme. Y quizás tengas razón… pero ese riesgo no me asusta.

Entonces me pides que recapacite, porque siempre has pensado que soy el más sensato de los dos, y ahora temes que esté perdiendo la razón. A mí también me sorprendió lo rápido que acepté tu propuesta cuando me la hiciste; fue la emoción la que habló por mí aquel día, no lo niego. Pero la vida no puede sostenerse solo con emociones, me dices. Hay que ser realistas.

Y yo lo soy. Créeme. Si te preocupa de qué vamos a vivir, quiero que sepas que eso no debería inquietarte. Somos jóvenes, estamos sanos, tenemos fuerzas y capacidades. No vamos a quedarnos de brazos cruzados. Encontraremos la forma de salir adelante.

Cuando me dices: “Dios proveerá”, me quedo pensando, y tú sigues hablando, convencida de que Él nos dará los medios, de que no dejará que nos falte lo necesario siempre y cuando actuemos con rectitud. Pero de pronto te asalta un temor distinto: ¿qué pasa si Dios se enfada porque he decidido ponerte por delante del rebaño que tenía que cuidar?

Te lo aseguro: Dios no castiga así. No funciona desde la venganza. Pero tú confiesas que no estás tan segura, porque mira lo que te ocurrió a ti por una sola noche de locura: “el regalito”, dices con ironía y una mezcla de ternura y resignación, refiriéndote al bebé que llevas dentro.

Te disculpas por tus palabras, pero sé que no estás siendo dura, solo sincera. Y entonces me confías algo que te preocupa profundamente: tienes el presentimiento de que, si seguimos avanzando en esta dirección, las cosas van a torcerse. Algo malo podría pasar. Lo sientes, lo presientes.

Y yo te pregunto: ¿qué te hace pensar que Dios castigaría algo nacido del amor, de un afecto sincero, de una entrega desinteresada? Y tú me respondes con una lucidez que me desarma: porque sabes que mi amor verdadero es mi vocación, mi llamado. Y si renuncio a eso, dices, voy a condenarme a una infelicidad que inevitablemente acabaría afectándote a ti y al niño.

“Ten confianza en mí”, te pido.

Y tú, con una serenidad triste, me dices que no es una cuestión de confiar o no confiar en mí. Es que no quieres cargar con la culpa de haber sido la razón por la cual me aparté de aquello que más me define, de lo que ha marcado toda mi vida. No quieres ser tú quien me arrastre a un destino que quizá no está hecho para mí.

Avance de 'La Promesa' del jueves 27 de noviembre

Entonces la música se eleva, como si el aire mismo quisiera sostener tus palabras, y me dices que una decisión así debería ser exclusivamente mía, no de ambos. Y tienes razón, aunque me duela.

Luego, casi en un susurro, afirmas que esta vez la que debe guiar al pastor de vuelta al redil es la oveja. Que eres tú quien debe mostrarme el camino que he perdido. Y, aun así, reconoces con un brillo tierno en los ojos que también podrías ser una oveja descarriada, una que necesita tanto como yo encontrar claridad.

Y ahí quedamos los dos, atrapados en un cruce de caminos donde el amor, la fe, el deber y el miedo se mezclan hasta confundirlo todo.

Pero si algo queda claro es que ninguno de los dos quiere destruir la vida del otro. Los dos deseamos lo mejor, aunque eso signifique tomar decisiones que duelen, decisiones que exigen un sacrificio que quizá ninguno estaba preparado para hacer.

Las palabras quedan suspendidas, como si el silencio que sigue a la música fuese el verdadero juez de esta conversación. Y ambos sabemos que nada será igual después de este momento, porque has puesto sobre la mesa la verdad que ninguno quería mirar de frente: que el amor, por puro que sea, no siempre basta para sostener un camino que se enfrenta a fuerzas tan grandes como la fe, la vocación y el destino que cada uno debe seguir.