La Promesa: Curro contra Lorenzo: el disparo por Jana
⚠️ Spoiler: Curro contra Lorenzo: el disparo por Jana
Curro ya no sabía en qué instante había dejado de temblar. Solo notaba la pistola aferrada a su mano, cálida por el contacto, pesada como un destino que no quería soltar. Estaba apuntando directamente al torso de Lorenzo, atrapado en aquella habitación oculta donde el aire húmedo se pegaba a la piel como una advertencia.
La luz mortecina de la bombilla colgada del techo chisporroteaba, dibujando sombras inquietas sobre la piedra fría. A pesar de estar amarrado a la silla, el capitán mantenía esa expresión arrogante de quien cree que nada ni nadie puede tocarlo de verdad.
—Vas a hablar hoy —gruñó Curro, sorprendido de escuchar su propia voz, más grave y rota de lo habitual—. Vas a sacar toda la verdad. O juro que esta noche no saldrás vivo de La Promesa.
Lorenzo esbozó una mueca cansada, pero sus ojos brillaron con curiosidad maliciosa.
—¿De verdad crees que dispararás? —dijo con ese tono condescendiente que tanto lo irritaba—. ¿De verdad te crees capaz, chico?
Aquella palabra le ardió como hierro candente. Curro tenseó la mandíbula. Ya no era ningún chico, no después de todo lo que el capitán le había arrancado: a su madre, a Jana, a su calma, a su inocencia.
—Ya llegué demasiado lejos —replicó, avanzando un paso—. Te secuestré, te metí aquí abajo, engañé a todos. ¿Y crees que voy a detenerme ahora?
Por primera vez, la mirada de Lorenzo cambió; dejó atrás la burla y apareció un deje de reconocimiento retorcido.
—Sabía que llevabas mi sangre —susurró—. Solo alguien de mi estirpe haría algo así.
Curro sintió que el mundo se ladeaba.
—No tengo nada tuyo —escupió—. Soy hijo de la mujer que destruíste. Soy quien va a terminar contigo.
Elevó el arma un poco, apuntándole entre los ojos. Lorenzo cerró los suyos un instante, como saboreando el miedo, y luego los abrió de nuevo.
—Puedes matarme —aceptó—. Pero si lo haces, te quedarás sin saber la verdad completa. Apenas has visto la mitad.
Curro dudó, como quien se asoma a un precipicio que promete respuestas pero también vértigo.
—¿Qué verdad? —preguntó, con la voz hecha astillas.
Lorenzo sonrió sin burla, sino como quien prepara su última jugada.
—La de Jana. La de tu madre. La de esta casa.
El nombre de Jana flotó entre ellos como un recuerdo vivo. Curro sintió un puñetazo en el alma.
—Tú la mataste —dijo—. Hiciste parecer un accidente lo que era un asesinato. Igual que hiciste con mi madre.
Un destello de impaciencia cruzó el rostro del capitán.
—Conoces fragmentos —admitió—. Pero no todo. También subestimé a Jana. Y ese fue mi error.

Un ruido seco resonó desde fuera. Curro giró la cabeza, alerta, aunque no se oía nada más. La casa seguía respirando sobre ellos, ajena a la guerra que se libraba bajo sus cimientos.
—Habla —ordenó—. ¿Qué sabía Jana?
Lorenzo acercó el rostro cuanto pudo.
—Demasiado. Sobre don Lisandro, sobre los negocios de don Luis, sobre la red que lleva años tejiéndose aquí. Tenía pruebas. Documentos. Y pretendía utilizarlos.
La respiración de Curro se volvió irregular.
—¿La eliminaste tú?
El capitán dudó un segundo.
—No fui yo quien dio la estocada final —admitió—. Pero la puse en el lugar adecuado para que otros lo hicieran. Abrí la puerta. Y eso también es matar.
Curro sintió que un trueno le estallaba en la cabeza.
—¿Quién fue?
Lorenzo tragó saliva. Era miedo lo que se asomaba en sus ojos.
—Si digo el nombre, caerán conmigo personas que están muy por encima de nosotros. Y tú no estás preparado para soportar esa verdad.
—Dime quién —insistió Curro, apoyando la pistola en su pecho.
El capitán lo observó con resignación.
—No fue Lisandro quien dio la orden final —reveló—. Pero estuvo implicado. Los inversores que lo rodean viven de explotar a otros. Jana iba a sacarlo todo a la luz.
Hizo una pausa larga antes de soltar la bomba.
—La mano que empujó a Jana… fue la de alguien que tú respetas. Alguien que se hace llamar protector de La Promesa.
Curro sintió el alma encogerse.
—No… no te atrevas a decir que fue don Alonso.
Lorenzo no necesitó pronunciarlo; la sonrisa agotada lo confirmó. Curro retrocedió como si lo hubieran quemado.
—Mientes —gruñó—. Quieres destruir lo poco que tengo.
—Yo ya no manejo nada —susurró Lorenzo—. Pero si buscas justicia, debes mirar más arriba. Yo soy solo una pieza.
La rabia y la confusión envolvieron a Curro. En ese momento, muy lejos de allí, Ángela corría por los pasillos, con un nudo en el pecho. Algo le decía que Curro estaba por cruzar una línea mortal.
Llegó al despacho de Lorenzo, encontró el pañuelo del muchacho y la tabla que escondía el pasadizo. Lo empujó.
—Ay, Curro… ¿dónde estás? —susurró.
Mientras tanto, en la habitación secreta, Curro seguía debatiéndose consigo mismo cuando Lorenzo, viendo su desconcierto, añadió:
—Si me matas, los verdaderos culpables seguirán libres.
Curro tensó el dedo en el gatillo, dudando por primera vez. Recordó a su madre. Recordó a Jana. Recordó su idea de justicia.
Entonces la puerta oculta se abrió de golpe.
—¡Curro! ¡No lo hagas! —gritó Ángela.
Su voz fue como un fogonazo que lo arrancó del abismo. Giró hacia ella… y Lorenzo aprovechó para tirar de su brazo. Hubo un forcejeo, un grito y un disparo que reventó el silencio.
El humo se expandió. Curro cayó de rodillas, creyendo que estaba herido.
Lorenzo, en cambio, tenía un corte profundo en el hombro y yacía en el suelo junto con la silla.
—No he disparado yo —jadeó Curro—. Ha sido él.
Ángela lo abrazó, temblando.
—Estás vivo… menos mal…
En ese instante llegó Manuel, pálido al ver la escena. Curro confesó haber secuestrado al capitán. Manuel no lo juzgó; se inclinó sobre Lorenzo.
—Di qué le hiciste a Jana —exigió.
Lorenzo, agotado, finalmente cedió:
—En mi escritorio… en el doble fondo. Hay una carpeta negra. Jana la encontró. Por eso la hicieron desaparecer… pero no fui yo quien dio la orden final.
Cuando Manuel corrió a buscarla, el escondite estaba vacío. Alguien ya se le había adelantado.
Los días siguientes fueron un hervidero de rumores. Oficialmente, Lorenzo había sufrido un accidente y sería enviado lejos para enfrentar a la justicia. Nadie habló de habitaciones secretas ni disparos.
Y entonces apareció Enora.
Una tarde gris, entró en la capilla donde Curro se refugiaba. Llevaba en las manos la carpeta negra.
—Jana me la confió —admitió con los ojos húmedos—. Me pidió que te la entregara si algo le ocurría.
Traguó saliva.
—Tuve miedo. Por eso callé. Pero ya no más.
Dentro de la carpeta había cartas, contratos, nombres de personas influyentes. Una red que iba mucho más allá del palacio.
—Con esto puedes destruir… o hacer justicia —dijo Enora—. Decide qué clase de hombre quieres ser.

Curro sintió que por fin tenía una elección.
En los días siguientes, él y Manuel trazaron un plan. No estallarían el escándalo de golpe: harían que cada implicado cayera sin posibilidad de escapar. Lorenzo fue encerrado. No murió, pero dejó de ser el capitán temido. Y Curro dejó de ser un muchacho consumido por la venganza.
La pregunta “¿Curro o Lorenzo?” tuvo otro significado: no murió ninguno… pero sí murieron las sombras que los controlaban.
Una noche, Ángela encontró a Curro en la terraza.
—No será fácil —admitió él—. La Promesa no volverá a ser la misma.
—Quizá eso es lo que hace falta —respondió ella.
Le tomó la mano.
—No estás solo. Y no lo estarás nunca más.
Bajo el cielo estrellado, Curro entendió que la verdadera victoria no era destruir a los culpables… sino elegir vivir, por primera vez, sin que el dolor lo guiara.
Y, con Ángela a su lado, supo que esa elección era el principio de algo nuevo.