La Promesa: La conversación más sincera entre María y Samuel La Promesa 725 | RTVE Series

Spoiler: Pues Teresa y Vera no estaban hablando de mí…

!Pues resulta que Teresa y Vera no se referían a mí ni por asomo, y sin embargo tuve la sensación de que cada una de sus palabras iba dirigida exactamente a lo que me pasa. Era como si estuvieran describiendo mi vida sin saberlo.

—¿Y por qué te afectó tanto? ¿Qué fue lo que dijeron?

La verdad es que hablaron de muchas cosas, Samuel, pero hubo una frase que se me quedó grabada como si me la hubieran dicho directamente al oído: que hay quienes, por miedo, se quedan atrapados sin atreverse a tomar decisiones. Y supongo que esa en concreto me golpeó porque siento que eso es justo lo que estoy haciendo… o quizá lo que estamos haciendo los dos.

—Yo creo que tú lo ves todo con demasiada complicación —me dijiste.

Pero tú lo llamaste “simple”, y para mí, lo simple es lo último que puede ser esto. No te lo reprocho, solo que no comparto esa visión. Ojalá fuese tan fácil como lo planteas, ojalá pudiera verlo con esa claridad, pero hay algo que me persigue, algo que me tiene intranquila desde hace semanas y que necesito decirte.

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—Dímelo, María. Todavía llegas a tiempo —insististe.

Vale, pues ahí va, aunque sé que puede doler: antes de que yo me quedara embarazada, tú ya habías pensado en lo mismo que estás pensando ahora. No es algo nuevo.

—No sé a qué te refieres.

Pero sí lo sabes, Samuel. Porque incluso antes de mi embarazo tú ya habías contemplado abandonar los hábitos por mí.

—Claro que lo pensé —reconociste—. Incluso lo intenté, tú lo sabes.

Y es verdad, lo intentaste… pero finalmente no lo hiciste. Dijiste que era por las presiones, que todo te empujaba a seguir el otro camino, y yo no dudo de que eso influyera. Pero también creo que, en el fondo, tu corazón te estaba diciendo que tu sitio seguía siendo la Iglesia. Y que quizá esa llamada interior pesa aún más de lo que quieres admitir.

—Eso es injusto —protestaste—. Parece que estás respondiendo por mí sin que yo diga nada.

Pero es que hay hechos, Samuel. Te ibas a marchar de misiones, estabas pendiente de que te llegara la notificación del destino. Incluso hoy, esa carta podría llegar en cualquier momento. Y lo que veo, lo que no puedo evitar ver, es que cada vez que has dudado entre la vida conmigo o la vida sacerdotal, siempre, absolutamente siempre, has terminado eligiendo tu vocación.

Y no estoy segura de que lo hayas hecho solo por no decepcionar a tu familia. Puede que eso cuente, pero en mi interior siento que no es la razón principal.

—No dudes de mi amor por ti, María.

Y yo no estoy dudando de ese amor. Lo que me pregunto es cómo se mide. ¿Cómo se mide tu amor por mí si aceptar tu propuesta significa que la Iglesia te cerrará las puertas, que tu familia te dará la espalda, que prácticamente todo el mundo te juzgará? Conozco tu corazón, sé que quieres protegerme y ayudarme ante cualquier cosa, pero no estoy segura de que hayas pensado a fondo en el precio que pagarías.

Y respecto a mí… tú dices que ves claro lo que no quiero hacer. Pero ¿y lo que sí quiero?

Yo lo tengo claro: quiero tenerte cerca, Samuel. Te necesito ahora más que nunca. Pero eso no significa que podamos ignorar lo que está pasando ni las consecuencias que vienen detrás de cada decisión.

—¿Y qué significa eso? —preguntaste, inquieto.

Significa que tú tienes tu camino marcado desde hace años, uno que tú mismo abrazaste, uno que te ha dado sentido, estructura y propósito. Y yo, por mi parte, tengo que asumir lo que hice, cargar con ello y hacerme responsable de la vida que llevo dentro.

—Y ya lo estás haciendo, María.

Pero no del todo, Samuel. Y lo sabes.

—Yo creo que sí —me aseguraste.

Ojalá tuvieras razón, pero yo siento que todavía me falta enfrentar la parte más difícil: hablar con el padre de mi hijo. Decirle la verdad. Asumir lo que eso conllevará.

Y lo sé, lo sé perfectamente: no es algo que me vaya a resultar fácil. Me aterra. Me quita el sueño. Me hace cuestionarme todo lo que estoy viviendo y lo que viene, y por eso cada palabra que escuché de Teresa y Vera me golpeó tanto. Porque hablaban del miedo que inmoviliza, del miedo que nos encierra, de ese miedo que parece pequeño pero que crece hasta invadirlo todo.

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Quizá por eso sentí que hablaban de mí. Porque llevo semanas atrapada entre lo que quiero y lo que temo, entre lo que deseo y lo que me corresponde, entre lo que daría por ti y lo que debo darle a mi hijo.

Y tú, Samuel… tú estás en una encrucijada que te exige elegir entre la vida que juraste y la vida que yo podría ofrecerte. No quiero ser la que destruya todo lo que has construido. No quiero que un día mires atrás y pienses que renunciaste a tu vocación por un impulso o por un momento de miedo mío.

Pero tampoco quiero que huyas de esto por evitar el dolor de decidir.

Por eso tengo que hablar con el padre de mi hijo. Porque ese es mi primer deber, y porque solo enfrentando eso sabré qué camino puedo construir después.

Y quizá entonces, Samuel, solo entonces, ambos podremos mirarnos sin miedo y decidir lo que queremos de verdad, no lo que nos dicta la culpa, la presión o el deber.

Por ahora, lo único seguro es que ese paso lo tengo que dar yo. Y que no puedo demorarlo más.

Tengo que hablar con él. Y decirle todo.

Y después… ya veremos qué queda para nosotros. !