LA LUCHA INTERNA DE DAMIÁN LO DEJA AL BORDE DE UN COLAPSO TOTAL EN SUEÑOS DE LIBERTAD
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En esta entrega, nos adentramos en la compleja situación de Damián, un hombre que enfrenta uno de los momentos más difíciles de su existencia. Los recientes acontecimientos lo han debilitado profundamente, dejándolo al borde del agotamiento emocional. A pesar de los esfuerzos de quienes lo quieren, que intentan tenderle una mano, él se resiste a aceptar ayuda, refugiándose en su dolor y en los pensamientos más oscuros que lo atormentan día tras día. La pregunta que ronda la mente de todos es inevitable: ¿permitirá Damián que la serie de infortunios que lo rodea destruya por completo su voluntad y su vida?
El capítulo inicia en la residencia de la familia Reina. Damián está de pie frente a la ventana, mirando hacia el exterior con una expresión ausente, casi perdida. Sus ojos reflejan preocupación y desasosiego, como si cada pensamiento fuera una piedra que lo hunde más en la desesperación. En ese instante, llega Digna, quien, al percibir el abatimiento de Damián, se acerca con cautela, intentando no alarmarlo, pero consciente de que algo grave lo aqueja. Con voz suave y llena de preocupación, le pregunta: “Damián, ¿cómo estás? Manuela me dijo que hablaste con Andrés. ¿Qué te comentó?”
Damián, sin apartar del todo la mirada de la ventana, responde con un tono que mezcla desánimo y resignación: “Nada… solo que está bien y que no nos preocupemos por él.” Su voz refleja la lucha interna entre el alivio de saber que Andrés está bien y la angustia que lo invade por todo lo demás. Digna, intrigada y ansiosa, insiste: “¿Pero a dónde ha ido?” Él contesta lentamente: “No lo sé… solo sé que está con un viejo amigo del ejército. Saber que está bien me tranquiliza un poco.” Tras pronunciar estas palabras, Damián se deja caer en una silla, abatido, como si el peso de todos los problemas acumulados lo obligara a ceder ante la gravedad del momento.

Digna, intentando reconfortarlo, le recuerda que es normal querer tener a su hijo cerca y que Andrés siempre ha sido la fuente de alegría para sus hijos, para Julia y para todos los que lo quieren. Sin embargo, Damián niega con la cabeza y, con una resignación dolorosa, dice: “Eso ya no está en mis manos.” Se siente superado, agotado por la vida, incapaz de luchar contra la corriente que lo arrastra. Digna le ruega que no se castigue más y que se concentre en la felicidad de su hijo, pero él responde con las manos entrelazadas: “No puedo, Digna. No puedo dejar de pensar en todo lo que pasa… y en cómo Brosart se ha infiltrado en nuestra empresa. No hay manera de echarlos. Vamos a tener que soportar que hagan y deshagan a su antojo para siempre.” La impotencia se percibe claramente en cada palabra.
Intentando abrirle una nueva perspectiva, Digna le pregunta: “¿Y si empezaras de nuevo? ¿No te lo has planteado?” Damián gira la cabeza, sorprendido: “¿Estás insinuando que venda mi parte? No les voy a entregar a esos franceses el fruto de toda una vida.” Digna aclara rápidamente: “No, no me refiero a eso… hablo de explorar algo diferente, de buscar otro camino.” Ella le recuerda los primeros tiempos en la perfumería, trabajando junto a su hermana y a la familia Reina, enfrentando contratiempos, noches interminables y sacrificios, pero también celebrando cada logro y cada avance que lograban juntos.
Damián asiente, reconociendo la verdad en sus palabras. “Sí… hicimos muchos sacrificios, pero nos levantábamos cada día con ganas de luchar con uñas y dientes.” Digna sonríe al ver que revive esos recuerdos positivos: “Exactamente. Trabajabas con todo tu empeño y nosotras también. No podemos olvidar eso. Has sufrido golpes más duros que este, pero siempre has salido adelante. ¿Por qué te niegas ahora?”
Con un suspiro profundo, Damián confiesa su culpa: “Porque siento que soy el responsable de todo lo que ha pasado.” Digna niega con firmeza: “No, los culpables son aquellos que han estado acechándonos, esperando el momento perfecto para meterse en la empresa. Han jugado sucio, aprovechando nuestra vulnerabilidad.”
Pero la confesión de Damián no termina ahí. Revela que, además de los problemas con la empresa, su tormento incluye pesadillas en las que pierde a Andrés, a Marta y a todos los que ama. “A veces pienso que debería haber muerto en el derrumbe”, admite con voz quebrada. Estas palabras golpean a Digna profundamente. Ella intenta reconfortarlo: “No digas eso… Dios perdona si nos arrepentimos de verdad.”

Sin embargo, Damián se hunde aún más en su oscuridad emocional: “¿Será que Dios me abandonó y ahora me ha dejado en manos de Satanás?” Digna, molesta por la intensidad de sus palabras, le pide que deje de decir barbaridades, pero él continúa: “Creía que mi mayor castigo sería perderte a ti… pero cuando murió Jesús, entendí que aún me quedaba mucho por sufrir. Dios me castiga por todo lo que hice… por lo que le hice a Gervasio.”
Digna, tratando de cortar la espiral autodestructiva, le ruega que deje atrás el pasado y se alegre de que su hijo está vivo. Pero Damián responde: “No puedo. El pasado me persigue, siento su aliento detrás de mi oreja.” Digna le reprocha que él mismo insiste en traer el pasado al presente, mientras Damián insiste: “Es justicia. Todo lo que me pasa es por lo que le hice a Gervasio, por ayudar a Jesús a ocultar la muerte de Valentín.”
El dolor en sus palabras también afecta a Digna. Con cansancio y tristeza, le pide: “Basta ya… ¿quieres castigarme a mí también?” Él la mira confundido: “No, tú no tienes por qué seguir sufriendo.” Sin embargo, continúa instándola a dejar atrás el pasado, a olvidarlo todo y a perdonarlo. “¿Me vas a perdonar alguna vez, o solo estarás tranquila cuando me veas muerto? ¿Por qué no me contestas?”
Digna, profundamente herida, guarda silencio unos segundos y finalmente se derrumba emocionalmente: “Ya no puedo más con tanta amargura. He intentado ayudarte… por Dios, lo he intentado, pero no sé cómo hacerlo.” Se levanta y se retira sin mirar atrás, dolida y agotada. En su camino se encuentra con Manuela y, con lágrimas contenidas y voz temblorosa, le dice: “Manuela, ayúdalo… si él se deja. Yo no sé qué más hacer.”
Manuela observa a Digna alejarse y luego dirige la mirada al interior, donde Damián permanece sentado, cabizbajo, completamente hundido en su tormento. El silencio en la habitación es abrumador, un vacío más pesado que cualquier palabra no dicha, dejando claro que Damián está al límite y que quienes lo rodean ya no saben cómo sostenerlo si él mismo no desea ser sostenido.
¿Podrá Damián encontrar la fuerza para superar este oscuro estado emocional? ¿Regresará Andrés a tiempo para influir en la recuperación de su padre? ¿Logrará Digna perdonar por completo los errores del pasado? ¿Se unirá la familia Reina para impedir que Brosart tome control total de la empresa?
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