La Promesa: Martina debe de tomar una decisión La Promesa 726 | RTVE Series
Martina, sinceramente, creí que estabas todavía cuidando de los pequeños.
—Pues sí, he pasado casi todo el día con ellos —respondió ella con naturalidad—, pero al final decidí salir un rato a caminar. Necesitaba despejar la cabeza y oxigenarme un poquito.
—Ya veo… ¿Y cómo van los niños?
—Estupendamente, de verdad —dijo con alivio—. Incluso Rafaela, que era la que estaba más delicada, ha recuperado ese espíritu tan vivo que suele tener. No te imaginas las carcajadas que suelta ahora; si la oyeras, entenderías lo feliz que está.
—Me alegro muchísimo. De corazón.
—Sí, han mejorado un montón desde que les estamos aplicando el aceite de oliva.
—¿Aceite de oliva? —preguntó sorprendido.
—Así es. Hay que ponérselo en la zona del pañal porque, al parecer, cuando empiezan a brotarles los dientes, la piel del culete se les irrita bastante.
—Bueno… quizá sea mejor ahorrarnos ciertos detalles —dijo intentando mantener la compostura.
—El caso es que a Rafaela ya le ha salido su primer diente —continuó Martina, completamente entusiasmada.

—Ah, qué bien, qué bien.
—Sí, imagínate: estaba a punto de darle la merienda y, justo cuando le acerqué la cucharita a la boca, escuché un pequeño sonido. Entonces me incliné para mirar mejor y, de pronto, vi una finísima línea blanca sobresaliendo de la encía. Fue un momento emocionante, de esos que te alegran el día.
—Me alegro muchísimo, de verdad. Me hace feliz saber que los niños están mejor.
—Sí, sí. Están otra vez animados, sonríen sin parar, comen con gusto y ya no tienen fiebre.
—Entonces todo está en orden.
—Exactamente, parece que la mala racha finalmente quedó atrás.
Hizo una breve pausa y luego añadió:
—Y bueno, cambiando de asunto… Martina, tú y yo dejamos una conversación pendiente, ¿recuerdas?
—Sí, claro que lo recuerdo.
—Dijimos que la retomaríamos cuando todo se calmara un poco, cuando las aguas volvieran a su cauce. Y parece que ya estamos en ese punto, ¿no? Espero que no te estropee la alegría que te ha dado lo del primer diente de Rafaela, pero creo que es necesario que hablemos.
—Sí, sí, tienes razón. Lo es. Creo que debemos enfrentarlo de una vez, en lugar de seguir retrasando algo que tarde o temprano tendremos que afrontar.
Él respiró hondo y, con cierta preocupación, preguntó:
—Entonces, Martina, ¿piensas seguir adelante con tu plan de viajar a Sevilla con tu amiga Sara?
Ella bajó la mirada un instante antes de responder:
—Eso es lo que había pensado, sí.
Hubo un silencio breve, denso, que ambos parecieron sentir con el mismo peso.
—Y lo más importante… —continuó él, con la voz algo temblorosa— ¿quieres seguir siendo mi prometida o no?
Martina parpadeó, sorprendida por la forma tan frontal con la que él lo planteaba.
—Jacobo… creo que este no es el mejor momento para tomar una decisión así.
—No, Martina. No es el momento —repitió él, pero con un tono diferente—. No es el momento de fingir que nada pasa, ni de decidir a la ligera si tú y yo seguimos queriéndonos como antes. No ahora.
Ella respiró profundamente, como si necesitara ordenar sus ideas antes de hablar.
—Sé que lo que dices es importante —contestó con suavidad—. Y sé que no podemos ignorarlo. No podemos pretender que la situación se va a resolver sola. Hemos intentado evitar esta conversación varias veces, porque cada día surgía algo nuevo: la fiebre de los niños, las noches sin dormir, las preocupaciones cotidianas… Y ahora que, por fin, las cosas se han calmado un poco, es inevitable que volvamos a esto.
Martina se sentó, entrelazando las manos, como quien se prepara para una conversación que puede cambiarlo todo.
—Lo de Sevilla no es solo un viaje con Sara —admitió casi en un susurro—. Es también una forma de tomar distancia, de pensar en mí, en lo que quiero, en lo que necesito. Siento que últimamente todo se ha convertido en una nube de dudas. Y no quiero arrastrarte conmigo en esa confusión.
Jacobo permaneció en silencio unos segundos, escuchando con atención.
—Pero también es cierto —añadió ella— que lo nuestro ha significado mucho para mí. Y me da miedo tomar una decisión precipitada. Me da miedo lastimarnos, o peor aún, equivocarme.
Jacobo apretó los labios, como si las palabras que quería decir le costaran un esfuerzo enorme.
—No quiero presionarte, Martina. No quiero que tomes una decisión solo porque yo la exijo. Pero tampoco quiero seguir viviendo en una especie de espera indefinida. Quiero saber si aún estamos en el mismo camino o si, sin darnos cuenta, hemos empezado a caminar hacia lugares distintos.
Ella levantó la mirada y lo observó con una mezcla de cariño y tristeza.
—Lo sé. Y tienes razón en pedir claridad. Te la mereces. Pero también merecemos hacerlo bien, sin prisa, sin caer en una decisión que dentro de unos meses lamentemos. Todo lo que ha pasado últimamente nos ha puesto a prueba, a los dos. El cansancio, la preocupación por los niños, las discusiones pequeñas que se fueron acumulando… Todo eso nos ha distanciado más de lo que habíamos notado.

Martina se recostó ligeramente hacia atrás, pensativa.
—Cuando me planteé lo de Sevilla, no lo hice pensando en romper nada. Solo quería… pensar. Respirar. Encontrarme conmigo misma. Saber si el cariño que siento por ti sigue creciendo o si se ha quedado estancado. Y me duele admitirlo, pero llevo tiempo con esa duda.
Jacobo cerró los ojos un instante, como si esas palabras fueran un golpe suave pero inevitable.
—Aun así —continuó Martina— no quiero que interpretes esto como una despedida. No quiero perderte, Jacobo. Pero tampoco quiero prometerte algo que ahora mismo no sé si puedo cumplir.
Él asintió despacio.
—Entonces, lo que necesitamos es hablarlo con calma —dijo finalmente—. Mirarnos sin miedo y decirnos la verdad, aunque duela.
—Sí —respondió ella, con un hilo de voz—. Porque, si no lo hacemos, vamos a seguir posponiendo lo inevitable. Y yo tampoco quiero vivir así.
Hubo un silencio largo, pero no hostil. Era un silencio lleno de reflexión, de sentimientos que buscaban ordenarse.
Jacobo respiró hondo y concluyó:
—No sé qué va a pasar, Martina. Pero sí sé que quiero que lo resolvamos juntos, con sinceridad y con respeto.
Ella asintió, lentamente.
—Y yo también.
La conversación no terminó allí, pero por primera vez en mucho tiempo, ambos sintieron que estaban comenzando a decirse lo que de verdad importaba.