Sueños de Libertad Capítulo 24 de Noviem (La carta engaña a Begoña y se casa con Gabriel por error)
La narración se abre en un punto de quiebre emocional absoluto. Andrés, devastado tras fracasar en su intento de impedir una boda que considera un auténtico desastre, se siente al límite de sus fuerzas, como si el mundo se estuviera desmoronando bajo sus pies. Justo entonces, cuando parece que todo está perdido, suena el teléfono. Al descolgar, la voz profunda del detective le revela algo que cambiará sus planes de inmediato. La noticia es dura, pero también es una posibilidad. Con esa revelación dándole vueltas en la cabeza, Andrés toma una decisión definitiva: abandonar Toledo. Para entender por qué llega a esa determinación, es necesario retroceder y repasar todo lo sucedido desde el lunes.
En la empresa, el ambiente estaba cargado, como si el aire pudiera estallar en cualquier momento. Marta, que llevaba días acumulando frustración, caminó por el pasillo con paso firme. No se molestó en llamar a la puerta del despacho de Chloe; la abrió de golpe y entró como una tormenta. Chloe levantó la cabeza con esa calma artificial que tanto irritaba a Marta. “Buenos días. ¿A qué debo tu visita?”, preguntó con un tono dulzón que sonaba más provocador que amable. Marta se plantó frente a ella y fue directa: volvía a hablar de los uniformes.
Chloe intentó zanjar el tema rápidamente, recordándole que ya se había resuelto la semana anterior. Marta no se dejó intimidar. Le señaló los diseños sobre la mesa, criticando lo ajustados y llamativos que eran. Explicó que las dependientas necesitaban comodidad, no parecer muñecas de escaparate. Chloe defendió los uniformes apelando a la “imagen moderna” que buscaban proyectar. Para ella, la estética era más importante que las incomodidades que pudieran causar. Marta sintió que su argumento no valía de nada y que las trabajadoras estaban siendo ignoradas. Finalmente, agotada emocionalmente, se rindió. Salió del despacho dejando a Chloe en un silencio incómodo, aunque ella misma se esforzó en mantener la compostura.

En otro rincón de la empresa, la atmósfera era completamente distinta. En el dispensario, Begoña estaba concentrada revisando documentos cuando Luz entró con una expresión llena de emoción. Traía noticias: habían recibido una respuesta sobre la crema que habían creado juntas. Y no era cualquier respuesta. La empresa interesada no solo estaba fascinada con el producto, sino que quería comprar la fórmula completa. Era una oferta económica impresionante, suficiente para cambiarles la vida. Sin embargo, había un punto amargo: si vendían, quedarían fuera del proyecto. Ni reconocimiento, ni continuidad, ni participación. Solo dinero y un adiós.
Begoña leyó la letra pequeña y sintió un nudo en la garganta. La oferta podía significar libertad, pero también significaba renunciar a aquello en lo que habían invertido tantas noches y tanto esfuerzo. Luz intentó ser pragmática, pero Begoña fue tajante: no estaba dispuesta a que su trabajo terminara en manos ajenas sin respeto por su autoría. Al final, Luz aceptó su postura. Buscarían otro camino, aunque fuera más difícil.
En el laboratorio de perfumería, Cristina estaba desbordada de entusiasmo al mostrarle a Luis un primer ensayo de fragancia. Él, sin embargo, la frenó de inmediato, mostrándose crítico y poco receptivo. Tras oler la muestra, la calificó de “vulgar”. Cristina quedó hecha añicos. Justo entonces entró Chloe, que probó la fragancia y vio potencial en ella. Luis, molesto por sentirse desautorizado, estalló y amenazó con dimitir antes de abandonar la sala con un portazo. Chloe reconfortó a Cristina, instándola a no dejar que nadie menospreciara su talento.
A las afueras de la ciudad, Joaquín mostró a Gema y Teo una nave industrial vieja y abandonada, que pretendía convertir en el espacio para su nuevo negocio familiar. Aunque el lugar no parecía especialmente prometedor, él lo veía lleno de oportunidades. Gema, sin embargo, temía arriesgarse. Joaquín la animó asegurando que, incluso si las cosas salían mal, al menos lo habrían intentado juntos. Más tarde, Digna llegó con el dinero obtenido por la venta de unas tierras y se lo dio a Joaquín para que pudiera comenzar su nueva vida lejos de los errores del pasado.
En la casa grande, María luchaba una batalla diferente. Decidida a volver a caminar, pidió su andador, dispuesta a intentarlo a pesar del miedo. Damián y Manuela observaban angustiados. María dio varios pasos, pero el esfuerzo fue demasiado y terminó cayendo al suelo. Damián intentó levantarla, pero sus fuerzas no respondieron. Fue un momento devastador para él, más doloroso que cualquier contratiempo empresarial.

El punto máximo del día llegó con la conversación entre Andrés y Begoña. Él, dolido y desesperado, intentó abrirle los ojos sobre Gabriel, contándole todo lo que sabía y recordaba, convencido de que ese hombre estaba destruyéndola poco a poco. Mencionó la carta de Enriqueta, que María tenía en su poder, e instó a Begoña a leerla. Ella, desconfiada pero movida por la duda, fue a pedirle la carta a María y la leyó sola. Esperaba encontrar pruebas de la maldad de Gabriel, pero el contenido era totalmente diferente: hablaba de la generosidad del hombre, de cómo ayudó a una muchacha en Tenerife. La carta lo presentaba como un héroe inesperado. Conmovida y sintiendo sus propios sentimientos hervir a flor de piel, Begoña corrió a ver a Gabriel. Le dijo que lo había leído todo y que Andrés estaba equivocado. Gabriel respiró aliviado. Ella, sin pensarlo más, lo abrazó y le expresó su deseo de casarse cuanto antes.
Se casaron en secreto en la ermita, sin testigos salvo los necesarios. Cuando Andrés llegó, ya era demasiado tarde. La boda había sido consumada. Roto, volvió a casa y se derrumbó frente a Marta, admitiendo que él mismo había empujado a Begoña hacia Gabriel con su insistencia.
Pero entonces sonó el teléfono. Era el detective: había encontrado algo en Tenerife. Algo grave. Las pruebas podían cambiarlo todo. Andrés comprendió que era su última oportunidad. “Voy enseguida”, respondió antes de colgar. Con una determinación renovada, se marchó con la promesa íntima de volver para desenmascarar a Gabriel, pasara lo que pasara.
Mientras él se alejaba de Toledo, María finalmente confesaba a Manuela lo que llevaba tiempo sintiendo: Andrés se había ido por amor, por un amor que no era hacia ella. Y el miedo más profundo de su corazón salió a la luz: quedarse sola. Manuela le apretó la mano, ofreciéndole apoyo en una casa llena de silencios y heridas abiertas.