Avance Sueños de Libertad, capítulo 444: Andrés y Delia: el secreto que puede destruir a Gabriel
Andrés y Delia: el secreto que puede destruir a Gabriel
La repentina desaparición de Andrés mantiene a toda la familia en tensión, pero pocos sospechan que su viaje guarda una verdad capaz de cambiarlo todo. En Tenerife, frente a Delia, la madre biológica de Gabriel, Andrés está a punto de descubrir un secreto que había permanecido oculto durante años y que podría redefinir la historia de su primo.
Mientras tanto, en Toledo, Damián confiesa que su hijo intentó impedir la boda, Luis enfrenta la traición de Brossard, Marta y Cloe preparan una visita clave para la fábrica y María lucha por no rendirse ante su dolor. Sin embargo, nada se compara con la revelación que Andrés está a punto de recibir en la isla: ¿qué misterio guarda Delia? ¿Por qué su aparición amenaza con trastocar el futuro de Gabriel?
El aterrizaje del avión sacude a Andrés como un golpe inesperado. Durante el vuelo, todo había sido una burbuja suspendida entre Toledo y Tenerife, entre su vida y la de Gabriel, entre el pasado conocido y aquel que estaba a punto de descubrir. Al asomarse por la ventanilla y contemplar el azul del mar, las montañas y las casas blancas, sintió que entraba en un terreno ajeno, pero íntimamente ligado a la historia que necesitaba entender.
Cansado y agobiado, Andrés cerró los ojos por un instante y recordó la imagen de la ermita con una claridad dolorosa: Begoña de espaldas, su velo blanco, Gabriel sorprendido, y Damián sujetándolo del brazo. La frase de su padre retumbó en su mente: “No llegas tarde, llegas a destiempo”. Sabía que su huida no había sido solo por la sorpresa de ver a Begoña casarse con Gabriel, sino por un camino de escape que Ángel le había indicado, un nombre escrito en un papel que se clavó en su mente: Delia.

Al descender del avión y tomar un taxi, Andrés sentía la mezcla de urgencia y temor ante el momento que lo esperaba. En Toledo, la casa de los De la Reina despertó con un aire extraño; la ausencia de Andrés se sentía en cada rincón. Begoña, en la cama, contemplaba el anillo que parecía pesar más de lo habitual, consciente de que Andrés no estaba. Gabriel, por su parte, notó su preocupación y, con ternura, le recordó que Andrés estaba herido, pero no perdido.
Damián, por su lado, se encontraba inquieto en su despacho. La silla vacía de Andrés y los mapas extendidos sobre la mesa parecían reprocharle silenciosamente. Cuando Begoña entró para hablar con él, le explicó los conflictos con Andrés y cómo, pese a sus buenas intenciones, había precipitado la boda para avanzar en su vida. Damián confirmó lo que ella temía: Andrés había llegado a la ermita para impedir la boda, pero fue detenido antes de que pudiera actuar. Su partida no era solo por ella, sino por la presión de toda la familia y la historia que los rodeaba.
En Tenerife, el aire cálido y salado del mar recibió a Andrés. Siguiendo la dirección escrita por Ángel, llegó frente a un edificio modesto, con pintura desgastada y balcones llenos de plantas. Al timbrar, una mujer de cabello con mechones grises y mirada cautelosa apareció: era Delia. Al principio dudó, intentando negar la evidencia, pero Andrés insistió, explicando que había venido por su hijo Gabriel.
El encuentro fue tenso. Delia, con desconfianza y cierto orgullo, aceptó finalmente recibirlo. Andrés entró en su hogar humilde, y pronto descubrió que la historia de Gabriel no era tan simple como todos creían. Delia le contó que, al nacer Gabriel, ella no tenía recursos ni familia, y se vio obligada a confiarlo a otra familia para asegurar su supervivencia. Lo había dejado ir con la promesa de seguir viéndolo, pero esa promesa se rompió poco a poco, borrándola de la vida de Gabriel.
Andrés escuchó con atención, sintiendo cómo se reconfiguraba la imagen de su primo. Gabriel, que parecía un hombre autosuficiente y decidido, era en realidad producto de decisiones desesperadas y de un abandono que, aunque doloroso, también fue un acto de amor torcido. Delia reconoció que Gabriel la había confrontado años después, enojado y confundido, pero finalmente aceptó que su madre había actuado con la única intención de salvarlo.
El motivo de la visita de Andrés quedó claro: no solo buscaba comprender la historia de Gabriel, sino protegerlo de posibles amenazas. Delia le entregó un sobre amarillento con la verdad escrita: la carta revelaba quién había financiado el viaje de Gabriel, quién había tendido los primeros puentes entre la isla y Toledo, y quién había visto en él una oportunidad. Todo indicaba que Gabriel no había llegado a la colonia por casualidad, sino que alguien lo había puesto en el camino de los De la Reina con un interés desconocido.

El peso de la revelación aplastó a Andrés. Comprendió que la boda de Begoña, su huida y su viaje a Tenerife formaban parte de un tablero mucho más complejo. Debía decidir cómo usar esa información: si contársela a Gabriel, podría cambiar para siempre la percepción que tenía de sí mismo. Pero también sabía que las mentiras siempre explotan, y prefería enfrentar la verdad antes que dejar que alguien la manipulara para hacer daño.
Mientras Andrés procesaba el impacto en la isla, en Toledo la vida continuaba con tensión. Begoña, preocupada por Andrés, buscaba comprender su ausencia; Gabriel lidiaba con problemas en la fábrica; Luis debatía su decisión de dimitir tras la traición de Brossard, mientras Marta y Cloe organizaban el lanzamiento del nuevo perfume; Tasio y Carmen asumían roles diplomáticos ante los ejecutivos franceses; Beltrán intentaba entender los secretos que rodeaban a Cristina; y María, decidida a no rendirse, empezaba a canalizar su dolor en fuerza para volver a caminar.
En la isla, Andrés sostenía la carta, comprendiendo que había cruzado el mar en busca de un pasado que creía ajeno, pero que en realidad reflejaba la historia de su propia familia y la influencia de los De la Reina sobre los destinos de quienes los rodean. Sabía que su regreso a Toledo no podría ser el mismo de antes: debía llevar consigo la verdad y la valentía de enfrentar sus consecuencias.
Con el corazón latiendo con fuerza, Andrés murmuró para sí mismo: “Volveré”. Y mientras empezaba a caminar de regreso, en la colonia los engranajes de múltiples destinos seguían girando sin imaginar que, en algún lugar del Atlántico, se estaba gestando un relato capaz de alterar para siempre todos sus sueños de libertad.