Andrés intenta desenmascarar a Gabriel frente a Begoña – Sueños de Libertad
🔻 SPOILER – “No sabía si vendrías” 🔻
La escena se abre con una tensión que puede sentirse incluso antes de que alguno de los dos hable. Andrés espera inquieto, sin estar seguro de si ella realmente acudirá a la cita. Cuando finalmente aparece, la atmósfera se llena de un silencio espeso, cargado de emociones mezcladas. Ella admite, sin rodeos, que tampoco tenía claro si debía ir; su voz tiembla apenas, revelando que el conflicto interno que ha traído consigo no es pequeño. Aun así, está allí, aunque advierte que dispone de poco tiempo.
Andrés va directo al punto: le recuerda que ha empezado a recuperar recuerdos, algo que esta mañana ya había mencionado. Ella reconoce que se alegra profundamente por ello, pero deja claro desde el inicio que no está dispuesta a escuchar ataques contra Gabriel. El tono cambia de inmediato. Andrés, intentando controlar la ansiedad, insiste en que una de sus sospechas ha sido finalmente confirmada: María le mintió. Explica que fingió no poder moverse, simuló dependencia para mantenerlo cerca, pero un recuerdo nítido ha regresado a su mente. La vio levantarse de la silla el mismo día de la explosión. Esa imagen, que durante tanto tiempo le parecía confusa, ahora vuelve con una claridad casi dolorosa.
Ella queda paralizada al escucharlo. Ese recuerdo cambia todo el panorama. Y aunque intenta contener su reacción, Andrés continúa sin darle espacio a negarlo o suavizarlo. Sostiene que María actuó así porque sabía perfectamente lo que iba a ocurrir. Y entonces, como si estuviera soltando una verdad que pesa demasiado, deja caer lo que para él es la pieza clave: María conocía las intenciones de Gabriel. Su voz se quiebra por la mezcla de miedo, convicción y urgencia.

Ella lo mira horrorizada. No comprende hacia dónde Andrés quiere dirigir esa conversación ni cómo puede insinuar algo semejante. Pero él insiste: está convencido de que Gabriel manipuló deliberadamente la caldera y que todos han sido engañados desde el principio. La respuesta de ella es inmediata, visceral, casi desesperada. Le pregunta si ha perdido el juicio, si realmente escucha lo que está diciendo. No reconoce al hombre que tiene frente a ella. Siente que se le ha ido de las manos, que la persona en la que alguna vez confió se ha transformado por completo.
Andrés intenta calmarla, se acerca un poco más y le suplica que le dé tiempo. Un mes, dice, lo que queda para su boda con Gabriel. Ese tiempo le basta —o así asegura— para reunir pruebas, para demostrarle que nada de lo que ella cree de Gabriel es real. Está completamente convencido de que al final, tanto ella como su padre entenderán la verdad. Incluso va más allá: afirma que cuando todo salga a la luz, pedirán la custodia de Julia y por fin podrán abandonar esa casa, cumpliendo ese viejo sueño que compartieron alguna vez.
Ella se detiene al escucharlo, pero no por convicción, sino por incredulidad. Le duele profundamente que Andrés siga aferrado a lo que ella considera delirios. Con la voz temblorosa le pregunta si tan difícil es para él aceptarla feliz al lado de otro hombre. Afirma, con firmeza, que su vida está junto a Gabriel y que él, Gabriel, no es el monstruo que Andrés intenta pintar. Asegura que no ha habido engaño, que no ha habido traición, que todo lo que Andrés plantea carece de sentido.
Pero Andrés continúa. No cede ni un milímetro. Repite que Gabriel es un farsante, que ha manipulado a todos desde el inicio y que su única explicación es que busca vengarse de su familia. Ella niega incluso antes de que termine la frase. Le dice que no va a escuchar una sola mentira más, que no está dispuesta a tolerar que Andrés destruya su tranquilidad con teorías sin fundamentos.

Sin embargo, Andrés no se detiene. Está convencido de su verdad y asegura que la demostrará. Le pide que piense en cómo Gabriel ha progresado rápidamente dentro de Brosar, cómo ha ascendido hasta convertirse en director en un tiempo sospechosamente breve. Insinúa que todo encaja demasiado bien, que hay una intención oculta detrás de ese ascenso meteórico. Ella intenta detenerlo, le ruega que pare, pero él continúa.
Es entonces cuando Andrés, desesperado por que le crea, revela su último argumento: confiesa que Gabriel admitió haber manipulado la caldera el día del accidente. Lo dice como si estuviera lanzando la última carta que le queda. Ella, incapaz de procesarlo, estalla. Le grita que basta, que no va a permitir que manche así a la persona que arriesgó su vida para salvarlo en aquel momento crítico. Y le recuerda que fue él mismo quien en su día dudó de Gabriel.
Andrés intenta corregirla, pero ella no le deja espacio. Asegura con una firmeza absoluta que jamás ha dudado de Gabriel. Jamás. Y justo cuando parece que nada más puede romper el frágil puente entre ellos, Andrés menciona algo más: la carta que implica a Gabriel en el caso de Remedios. Le cuenta que la hija de esa mujer le escribió revelándole que su madre fue obligada a asumir la culpa del robo.
Ella, ahora sí, exige una explicación concreta: si esa carta es tan importante, ¿dónde está? Andrés responde que la tiene María, porque Manuela —en medio de la confusión del hospital— la tomó del bolsillo de su chaqueta el día de la explosión. Pero cuando intentó recuperarla, María se puso nerviosa y aseguró no saber nada al respecto. Todo esto, según Andrés, demuestra que María y Gabriel están tramando algo juntos, que ambos participan de una conspiración que apenas ahora empieza a comprender.
Él insiste una última vez: si no quiere creerle a él, al menos que hable con Manuela, porque ella no le mentiría. La tensión en la escena es casi insoportable. Ella se queda en silencio, con el corazón dividido entre el amor, la duda y el miedo. La música sube lentamente mientras la conversación se deshace en un silencio cargado de heridas abiertas y preguntas sin respuesta.