Andrés intenta poner en alerta a Damián sobre su primo Gabriel – Sueños de Libertad
¿Para qué sirve ya todo esto?
¿Para qué hace falta seguir insistiendo?
La carpeta cae sobre la mesa con un golpe apagado, y el sonido retumba en la estancia como si fuese la confirmación de algo que ninguno quiere decir en voz alta.
La música suena a lo lejos, suave, casi irónica.
“¿Para qué hace?”
“Limpieza”, responde él con un hilo de voz. “Una limpieza total. Este plan de negocio que tanto empeño pusimos en elaborar para reflotar la fábrica… ya no vale para nada. Es papel mojado. Nada más que eso. Un montón de páginas sin utilidad, vacías, inútiles.”
Lo mira fijamente.
“¿Se encuentra bien?”
Hay un silencio pesado. El padre apenas parpadea. Lleva días sin dormir, o al menos eso parece.
“Sé que todo esto es difícil para usted, padre, pero tiene que mirar hacia adelante.”
El hombre respira hondo, cansado, con una mezcla de rabia y resignación.
“No me hables del futuro. Ese monstruo… ese futuro que devora todo. Yo ya no formo parte de él. Ya no tengo sitio ahí.”
Aun así, aunque le cueste admitirlo, hay algo que le da cierta tranquilidad.
“El hecho de que hayan nombrado a Gabriel director… me alivia un poco.”

“Mmm.”
“Seguro”, añade el hijo, intentando sonar convincente. “Sé que usted habría preferido ver a Marta en ese puesto. Yo también lo habría entendido. Pero fíjese: gracias a su intervención se lograron salvar bastantes empleos. Y estoy convencido de que sabrá defender los intereses de la familia. Puede que no sea la opción obvia, pero es una opción posible.”
Sin embargo, la duda persiste, casi como un rumor que ninguno consigue ignorar.
“Padre, ¿no le resulta extraño que lo hayan elegido a él antes que a Marta o a Joaquín? Algo no encaja.”
“¿Y eso qué importa?” responde él con brusquedad. “Sigue siendo un De la Reina, ¿no? Lleva nuestro apellido, lleva nuestra historia. Además, su enlace con Begoña ha reforzado mucho los lazos familiares. Aunque comprendo que ese matrimonio te duela, que te genere sentimientos amargos, te pediría que lo apoyes. Ahora más que nunca necesita que estemos detrás de él. Que lo sostengamos.”
Suspira profundamente.
“Yo creo que él sí está capacitado para sacar la fábrica adelante en este momento. Tiene la cabeza fría, tiene estrategia…”
El hijo lo interrumpe.
“¿Y tienes pruebas de lo que estás diciendo? Porque yo no veo pruebas de nada. Ni estrategia, ni determinación, ni transparencia.”
El padre lo mira con cansancio, como si estuviera agotado de repetir lo mismo.
“No he hecho nada para perjudicar a esta familia.”
“Entonces explícame, por favor, qué pretendías acusando públicamente a tu primo. ¿Qué buscabas con eso?”
“Que confesara lo que hizo.”
“¿Confesar qué, por el amor de Dios? ¿Un supuesto sabotaje? ¿Un acto del que no tienes pruebas? Lo único que has conseguido es dejarnos en evidencia. Exponernos ante todos como una familia dividida, llena de rencores internos.”
Pero él no retrocede. No puede.
“Padre, Gabriel miente. Y sé quién es responsable. Mi primo Gabriel De la Reina.”
El padre aprieta los labios.
“Esa es una acusación gravísima.”
“No lo digo a la ligera. Él mismo me lo insinuó justo antes de que estallara la caldera. Lo vi nervioso, alterado, como si temiera que yo siguiera tirando del hilo. Y sabe perfectamente que si lo señalo otra vez, nadie me va a creer. Especialmente porque ya lo acusé antes de sabotear la fábrica. Y aún así, supo escabullirse, supo mover sus influencias para salir indemne. Hizo que la responsabilidad cayera sobre alguien inocente, alguien que sufrió sin tener culpa alguna.”
El padre guarda silencio. Quizá porque no tiene respuesta. Quizá porque teme que tanto dolor esconda algo de verdad.
“Y por todo eso”, continúa él, “espero que algún día pueda reconocer lo que estoy intentando hacer. Porque pese a todo, sigo pensando en la familia.”
El padre se pasa una mano por la cara, exhausto.
“Bien… creo que voy a salir al jardín un rato. Necesito aire fresco. Necesito despejar la cabeza. Demasiada tensión ha caído sobre nosotros en tan poco tiempo.”

“De acuerdo”, responde el hijo suavemente. “Vaya. Yo me quedo aquí ordenando estos papeles. Si necesita algo, me llama.”
El padre asiente, casi sin fuerzas, y se dirige hacia la salida.
La música continúa, como un recordatorio de que la conversación no ha resuelto nada, de que el conflicto sigue vivo y creciendo, como una sombra que amenaza por igual a todos los miembros de la familia.
En la mesa queda el plan de negocio arrugado, con algunas hojas abiertas, otras dobladas, otras tiradas sin orden. Páginas que hace apenas unas semanas representaban esperanza, un futuro posible, un intento real de rescatar la fábrica. Ahora solo parecen restos de un naufragio. Un símbolo de algo que se desmorona mientras nadie se pone de acuerdo en cómo salvarlo.
El hijo recoge una de las hojas y la observa detenidamente.
Recuerda cada reunión, cada noche sin dormir, cada cálculo revisado una y otra vez.
Recuerda el deseo de demostrar su valía, de aportar algo concreto a la familia.
Recuerda el esfuerzo colectivo por rescatar la fábrica, por mantenerla en pie, por evitar que la historia de los De la Reina se perdiera en medio de la crisis.
Y a la vez recuerda la explosión, el caos, las primeras sospechas, la tensión creciente, las miradas acusatorias.
Recuerda todo lo que se quebró aquel día.
Quizá por eso su voz suena tan firme cuando murmura, casi en un susurro:
“La verdad saldrá a la luz.”
Aunque nadie le crea.
Aunque todo parezca estar en su contra.
Aunque el apellido pese más que la justicia.
La música continúa.
Y él sigue de pie entre los restos de un plan que ya no sirve…
pero que aún podría ser la clave para comprender lo que verdaderamente ocurrió.