CATALINA scopre che Padre SAMUEL è un impostore e lo caccia via dal palazzo | La Promessa
En los próximos episodios de la serie La Promesa, Catalina hará un descubrimiento que cambiará para siempre la percepción de todos en la hacienda. Tras varios días de observación y creciente suspicacia, descubrirá que el sacerdote Samuel no es en absoluto un hombre de fe, sino un impostor y ladrón, responsable del robo de un valioso vaso perteneciente a la familia Luyan. Con la ayuda de María y otros miembros del servicio, Catalina llevará la verdad a Alonso, quien se verá obligado a tomar una decisión definitiva sobre el destino del falso sacerdote.
Al principio, la presencia de Samuel en la hacienda no llamó especialmente la atención. Su comportamiento era amable, humilde, paciente y siempre dispuesto a ayudar, lo que lo hacía parecer un nuevo rostro confiable dentro de la gran propiedad de los Luyan. Sin embargo, para la perspicaz Catalina, bastaron pequeñas inconsistencias, apenas fisuras en la fachada impecable del hombre de Dios, para intuir que algo no cuadraba. Todo comenzó una mañana cuando, pasando cerca del depósito principal, Catalina vio a Samuel salir apresuradamente de esa zona, un lugar destinado a objetos valiosos y documentos importantes, totalmente ajeno a sus labores religiosas. Cuando le preguntó por qué estaba allí, él respondió con una excusa torpe y un gesto nervioso, que a Catalina le sonó como una nota desafinada en una melodía perfecta.
Pocos días después, María confirmó los sospechas de Catalina al contarle que había visto a Samuel merodeando furtivamente cerca del archivo de objetos antiguos durante la noche. Aunque no había pruebas concretas, la joven sentía una certeza creciente: aquel hombre ocultaba algo de gran importancia. Catalina comenzó a vigilarlo con discreción, anotando mentalmente sus movimientos, las habitaciones en las que se detenía más tiempo y los encuentros sospechosos con desconocidos cerca del perímetro de la propiedad. Cada detalle contribuía a construir un cuadro cada vez más inquietante.

Una tarde, mientras revisaba algunas habitaciones desocupadas cerca de la biblioteca, Catalina escuchó un ruido proveniente de un antiguo almacén. Se escondió en las sombras y vio a Samuel registrando nerviosamente un armario polvoriento. Cerró el mueble con un candado nuevo y se marchó con expresión tensa, casi temerosa. Catalina intentó abrirlo inmediatamente, pero el candado era irrompible: la evidencia de que Samuel no era un simple sacerdote se confirmaba. Sin embargo, consciente de que un movimiento precipitado podía arruinar su investigación, Catalina esperó el momento adecuado para actuar, planeando con María una vigilancia constante y metódica, esperando la oportunidad de registrar la habitación de Samuel cuando él estuviera fuera de la hacienda.
Durante los días siguientes, Catalina observó a Samuel trasladando bolsas pesadas, que desaparecían misteriosamente del depósito antes de que alguien pudiera investigarlas. Además, evitaba cuidadosamente la interacción con la familia Luyan, prefiriendo pasar su tiempo con la servidumbre, especialmente aquellos con acceso a zonas poco frecuentadas, como bodegas y archivos. Cada acción, cada gesto, cada palabra incongruente fortalecía la certeza de Catalina: Samuel no estaba allí para servir a Dios, sino a su propio beneficio.
La oportunidad para descubrir la verdad llegó durante una noche de intensa lluvia, cuando Samuel abandonó la hacienda temprano, justificándose con una excusa poco convincente sobre un fiel en peligro de muerte. Catalina y María aprovecharon ese momento para ingresar a su alojamiento. La habitación, aunque sencilla, mostraba un desorden incompatible con la vida de un religioso. Catalina comenzó a registrar los baúles y muebles, mientras María abría los cajones de la escritorio. Durante los primeros minutos no encontraron nada comprometedor, hasta que Catalina abrió un gran saco de tela y, al desplegarlo, descubrió el vaso antiguo y valiosísimo que había desaparecido de la sala de exposiciones de los Luyan apenas tres días antes. La evidencia era irrefutable: el hombre que se hacía llamar padre Samuel había robado un tesoro familiar.
La sorpresa no terminó allí. Continuando la búsqueda, encontraron objetos extraños, llaves especiales, anotaciones detalladas sobre la disposición de las habitaciones y una lista minuciosa de los bienes más valiosos de la hacienda. Todo apuntaba a una planificación meticulosa y premeditada de los robos por parte de Samuel, indicando que no actuaba solo. Lo más impactante fue descubrir, detrás de un cuadro, un documento de identidad con otro nombre: Samuel Roldán, un criminal ya buscado por delitos de robo de arte antiguo. Catalina y María comprendieron que no estaban ante un simple ladrón, sino ante un impostor extremadamente peligroso.
Cuando Samuel regresó antes de lo esperado, su sospecha y nerviosismo eran evidentes. Catalina ocultó el vaso y María cerró apresuradamente los muebles. Las dos mujeres se escondieron, conteniendo la respiración mientras el impostor inspeccionaba la habitación sin descubrir nada. Con el corazón acelerado, ambas regresaron a la hacienda llevando consigo la prueba definitiva. El peligro era inminente, pero la determinación de Catalina y María era mayor que el miedo: la verdad debía salir a la luz.

Llegaron al taller aeronáutico de Manuel para evitar ojos indiscretos. Allí revelaron el contenido del saco: el vaso antiguo, las llaves, las anotaciones y el documento que probaba la verdadera identidad de Samuel. Manuel quedó impactado, mezclando incredulidad con ira; comprendió que habían permitido que un criminal accediera a la hacienda y pusiera en riesgo a todos. Catalina detalló cada hallazgo: los movimientos nocturnos de Samuel, su habitación secreta, las listas de objetos de valor, y su identidad como Samuel Roldán, un ladrón profesional. Curro, al escuchar la narración, golpeó la mesa con fuerza, evidenciando su indignación. Cada segundo que pasaba sin intervenir, Samuel podría escapar con más tesoros de la hacienda.
Decidieron actuar de inmediato y dirigirse al estudio de Alonso. La tensión se sentía en cada paso, como si la casa misma anticipara la inminente tormenta de verdades. Catalina sostenía firmemente las pruebas mientras se dirigían al salón privado. Al entrar, Alonso percibió la gravedad de la situación de inmediato. Catalina presentó el vaso, las llaves falsas, las listas de objetos y el documento de identidad de Samuel. María explicó que todo había sido descubierto en la habitación secreta del impostor. Manuel corroboró que Samuel había estudiado la casa durante años para engañarlos y robar impunemente. Alonso, consternado, dio la orden de traer a Samuel inmediatamente.
Pocos minutos después, el impostor entró en la sala, intentando mantener su habitual compostura. Sin embargo, al enfrentar las miradas de la familia Luyan, su seguridad se desmoronó. Alonso, con voz fría y firme, lo acusó de traicionar la confianza de todos. Samuel intentó justificar sus acciones, pero Manuel y Curro lo interceptaron, impidiéndole escapar. Alonso sentenció que sería expulsado de la hacienda y entregado a las autoridades al amanecer. Samuel, consciente de su derrota, gritó furioso, pero la gran puerta de la hacienda se cerró tras él, marcando el fin de un engaño que había puesto en peligro la confianza y la seguridad de la familia Luyan.
Catalina, nuevamente, demostraba su valentía y determinación, enfrentando al impostor y protegiendo la integridad de la hacienda. La verdad había salido a la luz, pero quedaba claro que esta revelación podría ser solo el inicio de nuevas tensiones y secretos por descubrir en La Promesa.