Cloe anuncia a Luz un nuevo cambio en la fábrica: quiere que despida a Begoña – Sueños de Libertad

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Desde que Begoña y yo empezamos a trabajar juntas, la atención a los operarios ha mejorado notablemente. Cada día me doy cuenta de que, sola, no podría cubrir todas las necesidades de la consulta ni realizar las visitas domiciliarias que requieren los trabajadores. El cansancio se acumula, pero la satisfacción de verlos cuidados me impulsa a seguir. Sin embargo, los recursos son limitados, y la empresa se enfrenta a restricciones presupuestarias que hacen difícil mantener a dos personas en el equipo médico.

“Doctora, no podemos destinar dos sueldos para su departamento”, me explicó el representante de la compañía, intentando mostrar empatía pero firme en las decisiones administrativas. En respuesta, no dudé: “Entonces me bajaré el sueldo, así podremos mantenernos las dos y continuar atendiendo a los trabajadores correctamente”. La determinación brillaba en mi voz, pero la burocracia tenía sus propias reglas.

El representante me explicó que, históricamente, el médico que ocupaba mi puesto anterior trabajaba sin la ayuda de una enfermera, y que la empresa debía ceñirse a ese modelo para equilibrar los costos. Me entregó documentos oficiales con información detallada sobre las medidas sanitarias y de seguridad que Bosag había implementado en Francia, asegurándome que nada de lo que allí se requería sería extraño o desconocido para mí. Reconoció también mi labor durante el desafortunado incidente anterior: la detección temprana de problemas, la atención a los enfermos y la coordinación de las acciones de prevención habían sido impecables. Y destacó algo que me llenó de orgullo: nada de esto hubiera sido posible sin Begoña a mi lado.

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“No insista, por favor. Solo intento transmitirle lo que la compañía necesita de su departamento en estos momentos”, me dijo con un tono que mezclaba firmeza y cortesía. Pero no podía ignorar la realidad: en esos momentos, estábamos inmersas en los chequeos anuales de los trabajadores, un proceso exhaustivo que requería precisión, tiempo y dedicación. Sin la ayuda de Begoña, no podría completarlos correctamente.

Después de un breve silencio, el representante asintió, cediendo ante la evidencia de la necesidad: “De acuerdo, puede contar con ella hasta que concluyan los chequeos, pero nada más. Después de eso, su departamento deberá ajustarse a los recursos habituales”. Sus palabras eran justas, pero también dejaban entrever la frialdad de la burocracia frente a situaciones humanas complejas. Antes de marcharse, añadió con una ligera sonrisa de cortesía: “Ahora, si me permite, debo dirigirme a la Dirección General de Seguridad. Ya sabe, trámites interminables, peculiaridades de la burocracia española”.

Su partida dejó un silencio denso en la sala. Me senté unos segundos, contemplando los documentos sobre la mesa. Cada línea, cada instrucción, reflejaba no solo la estructura de la empresa, sino también las dificultades que enfrentábamos para cumplir con nuestra labor médica sin comprometer la calidad de la atención. Sin embargo, había un rayo de esperanza: Begoña estaba a mi lado, comprometida y leal. Su presencia no solo facilitaba el trabajo, sino que me brindaba la fuerza necesaria para seguir adelante pese a las restricciones.

Recordé cómo, durante el desafortunado incidente anterior, nuestra coordinación había sido crucial. Yo detectaba los síntomas y ella aplicaba los cuidados, juntas logramos atender a todos los afectados con eficacia. Sin ese trabajo en equipo, los resultados habrían sido desastrosos. Ahora, frente a las limitaciones económicas y las reglas estrictas de la compañía, comprendía más que nunca el valor de la colaboración y la importancia de mantenernos firmes ante los obstáculos.

Mientras tanto, pensaba en los trabajadores que esperaban sus chequeos. Cada visita domiciliaria, cada revisión médica era un acto de responsabilidad y humanidad. No se trataba solo de cumplir con un procedimiento: se trataba de garantizar la salud y el bienestar de personas que confiaban en nosotras, de asegurar que la atención no se viera comprometida por decisiones administrativas ajenas a la realidad del día a día.

El silencio se rompió con el sonido de la puerta cerrándose, recordándome que, aunque los recursos eran limitados, nuestra voluntad no tenía restricciones. Begoña y yo nos miramos, compartiendo un entendimiento tácito: no importa cuán rígidas sean las normas de la empresa, nuestra prioridad siempre sería el bienestar de quienes dependen de nosotras.

Mientras revisaba los documentos que me había entregado el representante, detecté las medidas de seguridad implementadas en Francia, una referencia útil para mejorar nuestros propios protocolos. Analicé cada punto, evaluando cómo podríamos aplicarlo en nuestra consulta sin sobrepasar los recursos disponibles. Cada recomendación, cada instrucción, se convirtió en un desafío personal y profesional: demostrar que incluso con limitaciones, la calidad de la atención no se sacrifica.

La conversación anterior me dejó varias reflexiones. Primero, la burocracia puede ser fría, pero también tiene sus espacios de flexibilidad si se presentan argumentos sólidos y basados en la evidencia. Segundo, la colaboración no solo facilita el trabajo, sino que puede ser determinante para salvar vidas y mantener la confianza de quienes dependen de nuestros cuidados. Y tercero, la determinación personal y la ética profesional no pueden subordinarse completamente a la economía de la empresa: siempre habrá margen para equilibrar eficiencia y humanidad.

A medida que avanzaba la mañana, continuamos con los chequeos anuales, cada uno de ellos ejecutado con cuidado y precisión. Begoña demostraba su capacidad, no solo técnica, sino también emocional, brindando apoyo y tranquilidad a los trabajadores que acudían a nuestra consulta. Su presencia hizo que incluso los procedimientos más rutinarios se transformaran en experiencias seguras y reconfortantes, y me recordaba, una vez más, por qué era imprescindible mantenerla a mi lado hasta concluir con todos los chequeos.

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El día se prolongó, y con cada visita, la sensación de responsabilidad crecía. Sin embargo, también lo hacía nuestra convicción: aunque la empresa impusiera límites, nosotras encontraríamos la manera de cumplir con nuestra misión. La satisfacción de ver a los trabajadores atendidos correctamente, de garantizar que cada procedimiento se realizara con cuidado, compensaba cualquier incomodidad o esfuerzo extra.

Al finalizar la jornada, nos sentamos juntas a revisar los resultados de los chequeos. Había cansancio en nuestros rostros, pero también orgullo. Habíamos superado las dificultades burocráticas y económicas, y habíamos logrado brindar atención de calidad. Comprendí que, aunque la compañía buscara optimizar recursos y limitar su inversión, la esencia de nuestra labor no podía ser recortada: nuestra dedicación y compromiso eran innegociables.

Afuera, el día avanzaba, y la rutina continuaba. Pero dentro de la consulta, un mensaje claro se había consolidado: con ética, esfuerzo y colaboración, incluso las restricciones más estrictas podían ser superadas. La jornada nos enseñó que no bastaba con cumplir con las órdenes; era necesario entender el valor de nuestra labor y defenderlo con determinación, porque detrás de cada chequeo y de cada visita domiciliaria había vidas que dependían de nosotras.

Y así, a pesar de las advertencias, de los límites presupuestarios y de la burocracia, Begoña y yo seguimos trabajando codo a codo. Nuestra alianza profesional se fortalecía con cada desafío, con cada obstáculo sorteado, recordándonos que en la medicina, como en la vida, la perseverancia y el cuidado mutuo son las herramientas más poderosas para garantizar un futuro mejor.