Damián sufre un desmayo al ver reemplazado el cartel de su empresa – Sueños de Libertad

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Gabriel apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando la alarma se desató. “Eh, tío, lo siento mucho”, murmuró con la voz cargada de preocupación, mientras trataba de entender la magnitud de lo que acababa de suceder. El ambiente estaba tenso, casi irrespirable, y su corazón latía con fuerza, anticipando lo que podría significar aquel inesperado incidente. “¿Qué narices es esto?”, exclamó de repente, incapaz de contener su frustración y confusión. Sus ojos recorrían la escena con incredulidad: todo parecía fuera de lugar, caótico, como si alguien hubiera decidido alterar el orden natural de las cosas sin previo aviso.

“No entiendo quién ha dado permiso para esta aberración”, continuó, la voz subiendo por momentos, mezclando desconcierto y enojo. La sensación de impotencia lo consumía, y sentía que debía actuar de inmediato, que no podía quedarse de brazos cruzados mientras el caos se apoderaba de lo que tanto esfuerzo había costado construir.

Alguien a su lado intentó calmarlo: “Cálmese, tío”. Pero Gabriel no podía aceptar consejos en ese instante. “¿Cómo que me calme?”, replicó, con los nervios a flor de piel. “Voy a hablar con esa francesita. No tengo ni idea de con quién se están coordinando ni qué se espera de nosotros ahora. Esto no puede quedar así”. Cada palabra salía cargada de tensión y de la determinación de quien siente que algo importante está en juego, algo que debe protegerse a toda costa.

En medio de la confusión, se escuchó la voz de su padre, débil y confundida. “Padre, ¿qué ha pasado?”, preguntó Gabriel con un hilo de voz, intentando contener la ansiedad que lo consumía. La escena frente a él era delicada: su padre se había desmayado, víctima de un colapso inesperado que puso a todos en alerta inmediata. La doctora presente intervino rápidamente, explicando con voz calmada que, afortunadamente, Gabriel había estado allí y había podido sujetar a su padre antes de que ocurriera un accidente mayor.

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“Yo acabo de entrar a la oficina y un minuto antes…”, comenzó a decir Gabriel, tratando de reconstruir los eventos que llevaron al colapso. Sus palabras quedaron suspendidas en el aire, porque lo importante, al menos por ahora, era que su padre no había sufrido daños graves. La doctora continuó: “En principio no parece nada grave. Creo que es una baja de tensión puntual, pero no estaría de más que fuera al hospital”.

Gabriel frunció el ceño, preocupado. Su padre, a pesar del incidente, insistía en no acudir al hospital. “No está seguro… no quiere ir al hospital”, dijo, intentando explicar la resistencia de su padre. La doctora asintió, entendiendo la delicadeza de la situación. “Vamos a hacer una cosa”, propuso, con calma y precisión profesional. “Le tomaré algunas mediciones para ver si su tensión está controlada, pero sería recomendable realizar algunas pruebas adicionales. Así podremos asegurarnos de que todo está bajo control y prevenir cualquier complicación”.

Mientras tanto, Gabriel trataba de mantener la calma, respirando hondo y recordándose que debía actuar con serenidad. “Sí, mientras esté consciente, estoy tranquila”, murmuró, más para sí mismo que para los demás. “Ahora no hable, Gabriel”, le advirtió la doctora, percibiendo que la ansiedad podía empeorar la situación si no se contenía.

Poco a poco, la historia comenzó a clarificarse. Su tío había llegado a la fábrica justo cuando se estaban realizando trabajos de remodelación en el mosaico de Perfumerías de la Reina, situado en el paso de carruajes de la empresa. Era un lugar simbólico, una parte fundamental de la historia y la identidad de la compañía, y el hecho de que estuviera siendo modificado en ese preciso instante generó un conflicto emocional intenso en todos los presentes.

Gabriel podía imaginar perfectamente lo que su tío sentía: toda una vida dedicada a la empresa, sacrificios acumulados durante décadas, esfuerzos destinados a construir un legado que pudiera transmitirse de generación en generación, y ahora, ver alterado ese símbolo de historia y tradición, resultaba doloroso y desestabilizador. Era comprensible que el colapso físico hubiera sido el reflejo de un golpe emocional tan profundo como inesperado.

La tensión se respiraba en el aire, pero Gabriel intentaba mantenerse firme. Sabía que debía actuar con rapidez y prudencia. Sacó un cuaderno y comenzó a redactar un informe detallado de lo sucedido, para documentar cada paso y cada decisión tomada durante el incidente. Pensaba que este registro podría ser útil, tanto para la gestión de la empresa como para cualquier decisión médica futura: prevenir complicaciones, asegurar la transparencia y garantizar que se respetara la salud y la seguridad de su padre.

“Si quieres ir al hospital, podemos organizarlo”, dijo Gabriel, consciente de que la insistencia podía ser necesaria para proteger a su padre. Pero también comprendía la voluntad del anciano: su orgullo y su sentido del deber eran tan fuertes que rechazaría cualquier sugerencia que implicara ceder control o dejar de supervisar lo que consideraba su responsabilidad.

El tiempo pasaba con lentitud. Cada instante era crucial, y cada movimiento debía calcularse con precisión. Gabriel se mantenía a su lado, observando su respiración, controlando su pulso y verificando que su conciencia permaneciera clara. “Intenta estar tranquilo, tío”, le dijo suavemente, aunque sabía que la tranquilidad era difícil de alcanzar en medio de la situación.

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Mientras tanto, la fábrica continuaba su actividad, aunque con un silencio tenso que contrastaba con el habitual bullicio del lugar. Los operarios miraban con respeto y cierta inquietud, conscientes de la importancia del incidente y de la figura de quien ahora se encontraba delicado, el patriarca que había construido no solo una empresa, sino también un legado familiar y profesional.

Gabriel reflexionaba sobre la magnitud de lo ocurrido. Era un recordatorio doloroso de que, aunque uno pueda luchar toda la vida por construir algo duradero y sólido, la fragilidad humana nunca debe subestimarse. Cada esfuerzo, cada sacrificio, cada decisión tomada con convicción puede verse interrumpida por un instante de debilidad física, un colapso inesperado que recuerda que nadie es invulnerable.

Y sin embargo, también era un recordatorio de la fortaleza. Porque a pesar del desmayo y la tensión, la compañía continuaba funcionando, los trabajadores seguían cumpliendo con sus tareas y Gabriel, actuando con firmeza y calma, demostraba que el legado familiar y profesional podía ser sostenido incluso en los momentos más críticos.

Finalmente, tras revisar la situación, tomar medidas y asegurarse de que su padre estaba estable, Gabriel respiró profundamente. Había aprendido una vez más que la combinación de vigilancia, acción rápida y cuidado cercano podía marcar la diferencia entre un incidente menor y una tragedia. Aun con el miedo y la incertidumbre presentes, la situación se había contenido, y la familia podía respirar un poco más tranquila.

Mientras se retiraba lentamente de la oficina, Gabriel no podía evitar sentir el peso de la responsabilidad sobre sus hombros. Pero también percibía un rayo de esperanza: la certeza de que, aun en los momentos más difíciles, la acción consciente, la dedicación y la solidaridad familiar podían mantener el equilibrio y asegurar que el legado de Perfumerías de la Reina permaneciera intacto, listo para ser protegido por las manos que tanto habían trabajado para construirlo y sostenerlo.