El amor es diferente en noviembre #11 | Una Nueva Vida
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Desde el comienzo, el ambiente estaba cargado de tensión. Ella preguntó con insistencia qué había hablado él con su abuelo, pero él respondió con calma que no se apresurara, que pronto lo sabría todo. Le pidió que se tranquilizara y añadió que podrían conversar más tarde. En medio de esa atmósfera, Dicle apareció para avisar que las pertenencias de cierta persona estaban listas en la puerta para ser entregadas.
Luego, ella pidió su teléfono; él dudó al principio, y ella tuvo que insistir para que se lo diera. Él se justificó diciendo que al salir se lo había olvidado en la mesa, pero ella lo advirtió de que no debía volver a ocurrir. Apenas pasó un momento, él lanzó una frase contundente: ya no volvería a ver a aquella chica. Quería saber si él tenía algún problema con eso. Él respondió que no, que no había objeciones, pero ella le pidió que dejara de llamarla “mi esposa” de ese modo.
Cuando él parecía más calmado, ella le insistió otra vez sobre la conversación con el abuelo. Sin embargo, Latif interrumpió para avisarle que el señor los esperaba. Él salió, y ella quedó con más dudas que respuestas. Tiempo después, ella lo encontró llorando, aunque él simulaba que no pasaba nada. Ella dijo que solo estaba triste por su abuelo, por todo lo que tenía que sobrellevar a su edad. Él, molesto, le preguntó con sarcasmo de quién era la culpa de que su abuelo estuviera así.

Ella, sin perder la compostura, le devolvió la pregunta: ¿quién lo había llevado a él mismo a tener que contarle todo eso al abuelo? Le pidió a Ferit que reflexionara, que se hiciera responsable, que asumiera las consecuencias y que pensara seriamente en qué podría pasarle después. Él, irritado, le preguntó qué quería decir con eso, insinuando que ella podría llegar a incendiar la mansión si se le ocurría.
Ella replicó que su abuelo había cambiado de prioridades: ya no era Ferit su “número uno”, sino ella. Creía que se lo había ganado. Después comentó que daría un baño y luego dormiría, que mañana sería un nuevo día para todos.
Más tarde, al escuchar ruidos sospechosos, él preguntó qué estaba pasando. Ella lo acusó de hurgar en sus cosas y le advirtió que se lo contaría al abuelo para ver qué hacía él después.
Al amanecer, Latif tocó la puerta para avisar que el abuelo había ordenado que se preparara, que iría a la empresa con él y que incluso asistirían juntos a la oración del amanecer. Él no podía creerlo: ¿de verdad iría a la empresa? ¿Ella también? Dudaban si el abuelo había perdido la cabeza. Aun así, ella le aconsejó que se alistara.
Cuando él preguntó si debía vestirse como su padre y su hermano, ella afirmó que no con traje, pero sí con ropa adecuada y que ella misma le escogería algo. Él no entendía cómo podía ser que la noche anterior hubiera estado celosa y furiosa, y ahora se ofreciera a elegirle la ropa. Ella negó haber actuado por celos.
La conversación siguió con bromas y reproches. Ella había vuelto esa noche a la cama porque “no podía dejarlo solo”, según dijo, pero él creía que estaba enamorada. Ella lo negó tajantemente, aunque él insistió en que ella estaba muy afectada por él.
Mientras elegía la ropa, ella le pedía que se calmara. Cuando él le pidió su teléfono, ella se sorprendió, pero él quería revisarlo. Ella protestó, pero finalmente se lo entregó. Él decidió quitar la contraseña.
Más tarde, ella le preguntó sobre su charla nocturna con Abidin. Él le confesó que habían hablado de ella, de lo que había hecho y de lo que podía hacer. Aseguró que la noche anterior había sido especial, que recordaba cada detalle de lo que pasó en la cena. Ella no había olvidado nada tampoco.
Al contarle que saldría un rato más tarde, él la molestó con que debía avisarle siempre todo. Ella se rió, y después le explicó que iría al salón con su hermana y tenía un asunto personal que resolver. Él preguntó qué clase de asunto, pero ella le dijo que ya había pasado la época en la que él le pedía cuentas; ahora era ella quien empezaba a pedírselas a él.
Él se incomodó cuando se dio cuenta de que ella se había cortado el cabello. Dijo que era común que las mujeres lo hicieran cuando estaban mal. Ella le respondió irónicamente. Él admitió que se veía bien, aunque un poco más tensa.
Luego ella confesó que se había reunido con Pelin. Él se sorprendió mucho, pues ella había expulsado a Pelin de la casa. Ella explicó que le pidió disculpas y que, además, Pelin le había dicho cosas muy similares a lo que habían discutido aquella vez en su casa: que Ferit la trataría igual que a ella. Ella le aseguró que eso jamás pasaría porque no se lo permitiría.
Ferit admitió que había sido muy injusto con Pelin, que la había lastimado, y que se sentía culpable. Ella le dijo que Pelin también había permitido ese trato; por tanto, no era solo culpa de él.
Él se sorprendió de lo mucho que ella había aprendido a defenderse y replicarle. Ella bromeó diciendo que todo era culpa de él, que él la había formado así. Él se enterneció y la llamó “mi esposa”, orgulloso.

Más tarde, mientras se preparaban, ella le dijo que implementaría un sistema de premios y castigos para él, porque era un “niño agresivo” emocionalmente. Él se derretía por cualquier gesto de cariño que ella tuviera con él, incluso cuando le preparó el desayuno.
Cuando él le pidió que le dijera que lo amaba, ella le habló con seriedad: esas palabras eran muy valiosas para ella y él tendría que ganárselas. Él aseguró que ya lo había hecho, que incluso se había puesto frente a su padre para protegerla. Ella insistió en que aún debía esforzarse más.
Aun así, él estaba convencido de que ella lo amaba, aunque no lo dijera.
Más tarde, mientras comían, él buscó un beso como recompensa por haber sido bueno. Ella le dio uno, pero advirtiéndole que no se acostumbrara.
Tras salir él al trabajo, la llamó más tarde para decirle que se quedaría hasta tarde con Sadık Bey. Ella sospechó y pidió hablar con Sadık directamente. Él, sin alternativa, le pasó el teléfono. Sadık confirmó que efectivamente se quedarían trabajando.
Ferit, para sorprenderla, organizó un pequeño plan: con ayuda de Latif, de Abidin y sin que la hermana de ella lo supiera, preparó un gesto especial. Pero ella pensó lo peor y pasó el día angustiada. Cuando él por fin apareció, ella explotó de la tensión acumulada. Él intentó abrazarla y disculparse, explicándole que lo hizo todo para hacerla feliz.
Al final, mientras una canción sentimental llenaba el ambiente, él volvió a preguntarle si ya podía decir que lo amaba. Ella no respondió, pero el silencio quedó cargado de emociones que ninguno de los dos se atrevió a romper.