¿ENORA TRAICIONADA? MANUEL DESCUBRE LA VERDAD Y LA ENFRENTA.. PERO ELLA LO ESCONDE TODO – LA PROMESA
Un aire gélido se deslizaba por los corredores del palacio mientras las luces se apagaban una tras otra, dejando que las sombras se alargaran sobre las viejas paredes de piedra. A simple vista, era una noche tranquila; sin embargo, bajo aquella calma engañosa, un acontecimiento estaba a punto de revelarse y sacudir los cimientos de La Promesa.
En su habitación, Curro permanecía sentado al borde de la cama, con el ceño fruncido y los dedos entrelazados temblándole. La idea de Ángela unida en matrimonio a Lorenzo lo devoraba como un fuego imposible de sofocar. La veía mentalmente vestida de novia junto a ese hombre despiadado, y esa imagen lo atormentaba hasta nublarle la razón. Una sensación de urgencia se apoderó de él, como si cada segundo que pasara fuera un paso más hacia un destino terrible. Esa noche tomó una decisión que cambiaría el rumbo de todos.
No lo permitiría. Ni esa noche, ni jamás.
Con el corazón latiendo como un tambor, tomó aire y se levantó. Cerró los puños, aferrándose a la determinación de proteger a Ángela cueste lo que cueste. Avanzó por los pasillos desiertos, donde solo quedaban algunas lámparas titilando, proyectando reflejos pálidos sobre las puertas entreabiertas.
En la cocina encontró a Teresa, a Loe y a dos criadas más guardando la vajilla del día. Curro intentó aparentar normalidad, forzando una sonrisa que apenas sostenía su voz:
—Voy a la ciudad por algunas provisiones. No tardaré.
Teresa lo miró con evidente sospecha, pero él simplemente se encogió de hombros, tomó el abrigo viejo junto a la puerta y salió sin dejar espacio a más preguntas. Debía evitar cualquier señal que pudiera delatar su verdadera intención.

El camino hacia la ciudad estaba helado, el viento golpeaba el rostro y el cielo parecía más negro que de costumbre. Aun así, cada paso estaba guiado por una determinación feroz. En cuanto llegó, se perdió entre las calles estrechas y sin farolas, aquellas que nadie se atrevía a recorrer durante la noche.
De una de esas sombras emergió una silueta alta, vestida completamente de negro. Sus ojos, brillantes en la penumbra, eran tan fríos como el aire que los rodeaba.
—¿Eres el muchacho que envió el mensaje? —preguntó con un tono grave.
—Sí —respondió Curro, tratando de controlar el temblor de su respiración.
—¿Qué necesitas?
Curro bajó la mirada solo un instante antes de hablar con firmeza:
—Quiero que desaparezcas a un hombre. Llévatelo lejos… hasta que deje de ser un peligro para Ángela.
El desconocido lo observó incrédulo.
—¿Me estás pidiendo un secuestro?
Curro apretó la mandíbula.
—Sí. A Lorenzo de la Mata.
El hombre soltó una sonrisa cortante, como si midiera el valor del joven. Pero Curro no retrocedió. Sacó de su bolsillo el dinero que había ahorrado durante años; monedas reunidas con sudor y sacrificio. No bastaron. Entonces tomó la decisión que le desgarró el alma: entregó el pequeño reloj de oro que había pertenecido a Eugenia, el único recuerdo de alguien que lo había amado sinceramente. El hombre lo examinó con interés y finalmente asintió.
—Es suficiente.
Dos días —añadió—. En dos días volverás a tener noticias, pero él desaparecerá por ahora.
El regreso al palacio fue silencioso. Nadie reparó en su ausencia. Se dejó caer sobre la cama incapaz de dormir. Dos días. Solo dos días para que todo cambiara.
La espera se volvió insoportable. El primer día transcurrió con Lorenzo pavoneándose como siempre, ajeno a la tormenta que se levantaba a sus espaldas. El segundo amaneció con un silencio extraño: Lorenzo no se presentó para el desayuno, ni para la comida ni para la cena. Las criadas cuchicheaban, la inquietud crecía y solo Curro sabía que todo marchaba según lo previsto.
En un cobertizo abandonado, a las afueras de la ciudad, Lorenzo estaba atado, sucio y aterido de frío. Intentaba mantener la mirada desafiante, pero cada hora sin comida ni descanso debilitaba su arrogancia. Dos veces al día, el hombre misterioso entraba y repetía la misma pregunta:
—¿Vas a hablar?
Lorenzo resistió… hasta el cuarto día. Entonces, con la voz quebrada, cedió. Contó todo lo referente a Liadia y a las intrigas que creía ocultas para siempre.
Mientras tanto, en La Promesa, Curro vivía cada minuto con el corazón acelerado, intuyendo que el momento decisivo se acercaba. Y llegó. El hombre misterioso regresó con una propuesta: liberar a Lorenzo a cambio de que confesara públicamente. Eso expondría por completo a Leocadia. Era la oportunidad que Curro esperaba y, al mismo tiempo, el punto de no retorno. Respiró hondo y aceptó.
Liberado, Lorenzo volvió al palacio con el rostro desencajado. Intentó empacar con desesperación, decidido a huir. Pero antes de que lograra escapar, la puerta se abrió de golpe. Leocadia apareció pálida, con los ojos desorbitados. La tensión en el palacio era palpable. Entonces él, derrotado, le dijo la verdad:
—Todo se ha derrumbado, Liadia. Ya han descubierto todo. Estamos acabados.

Ella, presa del pánico, empezó a recoger lo que pudo, consciente de que cada minuto podría ser el último. Estaban a punto de huir cuando pasos apresurados resonaron por el pasillo. El sargento Fuentes entró acompañado de hombres armados. Lorenzo y Leocadia quedaron atrapados como presas acorraladas. Alonso llegó detrás de ellos, observando la escena con desprecio.
Lorenzo, desesperado, tomó un arma escondida y apuntó directamente al marqués. Leocadia suplicaba que no cometiera una locura. Fuentes ordenó con voz helada que bajara la pistola. La tensión era insoportable, cada respiración pesaba como una sentencia.
Mientras tanto, Curro, lejos del caos, pero emocionalmente encadenado a cada consecuencia, entendía que su decisión había puesto en marcha una serie de eventos que ya nadie podía detener.
El futuro de Ángela, Lorenzo, Leocadia y todos en La Promesa pendía de un hilo, listo para romperse.
La noche, cargada de presagios, siguió avanzando. Lorenzo y Leocadia, convertidos en fugitivos dentro del palacio que alguna vez les dio poder, intentaban abrirse paso entre pasillos ahora convertidos en trampas. Cada escalera, cada puerta, podía ser su final.
Cuando estaban a punto de alcanzar la escalera de servicio, Alonso apareció de nuevo, bloqueándoles la ruta. Lorenzo lo sujetó con violencia, dispuesto a todo. Todo el palacio contuvo el aliento.
Y Curro, a la distancia, sabía que nada volvería a ser igual.