LA PROMESA – AL FIN: Ángela se NIEGA a CASARSE con Lorenzo y Leocadia la ENCIERRA en su HABITACIÓN
Bienvenidos de nuevo, queridos apasionados de la promesa
Hoy no estamos ante un capítulo cualquiera: es el desenlace que todos esperábamos. Las cadenas que aprisionaban a los Figueroa y los Luján están a punto de romperse, y la oscuridad que reinaba en sus pasillos comenzará a disiparse. Prepárense, porque esta noche veremos caer una de las alianzas más tóxicas de esta historia. Ángela de Figueroa finalmente dice “Basta”, y las consecuencias de esa palabra harán temblar los cimientos del palacio.
Faltan menos de 24 horas para la boda de Ángela con el capitán Lorenzo de la Mata, y el Palacio de la Promesa es un hervidero de actividad. Los criados pulen la plata, Simona y Candela apenas logran preparar el banquete, y miles de flores blancas adornan la capilla y el gran salón. Todo parece perfecto, todo huele a celebración… pero en la habitación de Ángela, el aire es pesado, casi fúnebre. El vestido de novia cuelga como un espectro, y Ángela, sentada en el borde de la cama, ha llorado hasta vaciar su corazón.
Entre sus lágrimas encuentra algo inesperado: una determinación fría y firme. Piensa en Curro, en el hijo que crece en su vientre, en la vida que le espera junto a un hombre cruel y manipulador. La certeza reemplaza al miedo: prefiere la muerte antes que esa vida. Se levanta, ajusta su vestido tembloroso pero decidido, y avanza hacia el salón principal. Sus pasos resuenan como tambores de guerra, dirigidos hacia su madre, Leocadia, quien supervisa los preparativos con una arrogancia que la hace sentir intocable.

“Ángela querida, asegúrate de probarte los zapatos otra vez. No quiero que tropieces mañana en el altar”, dice Leocadia con su voz melosa, cargada de veneno. El silencio es denso. Ángela, firme, le responde con la voz temblorosa pero segura: necesita hablar ahora mismo. Leocadia, con teatral impaciencia, accede a escucharla. Ángela pronuncia la frase que cambiará todo: “No me casaré con Lorenzo mañana… ni nunca”.
La reacción de Leocadia es inmediata: furia, incredulidad y un intento de control absoluto. La amenaza de Lorenzo y sus pruebas sobre los crímenes de la familia vuelven la situación aún más intensa. Ángela, entre lágrimas, declara que ya no puede seguir sacrificando su vida ni la de su hijo por los secretos de su madre. La tensión se desborda cuando Leocadia intenta forzarla físicamente, arrastrándola y golpeándola mientras la joven grita pidiendo ayuda.
María Fernández, la criada, interviene valientemente, protegiendo a Ángela, aunque bajo la amenaza de Leocadia que la amedrenta con destruirla si habla. Aprovechando un momento de distracción, Ángela logra mantenerse firme mientras Leocadia la arrastra escaleras arriba. La habitación de Ángela se convierte en una prisión de lujo: cerrada con llave, sin comida ni agua, lista para quebrarla antes de la boda.
Mientras tanto, Curro, alertado por María, se prepara para intervenir. La tensión sube: no puede romper la puerta sin provocar un escándalo que perjudique a Ángela, así que Pía, el ama de llaves, sugiere un plan más estratégico. Ella posee la llave maestra de todas las puertas de servicio del palacio. Con sigilo, logran preparar la escapatoria de Ángela: salir por una puerta secundaria conectada con el pasillo de criados y llegar a un carruaje preparado por Manuel, que los llevará a la casa de los marqueses de Villafranca, parientes lejanos de la familia y enemigos de Leocadia.

La operación se ejecuta en silencio bajo la noche fría. Ángela, agotada pero decidida, es rescatada por Curro. Se abrazan, sellando la promesa de su libertad y la protección de su hijo. Manuel y Pía ayudan a asegurar que todo quede bajo control, simulando que Ángela sigue en su habitación. Al amanecer, Leocadia descubre con horror que su hija ha escapado, pero la verdad la deja indefensa: no hay nada que pueda hacer para recuperar el control.
Llegan los invitados y Lorenzo, esperando la boda, encuentra solo caos y un vacío absoluto: la novia se ha ido. Leocadia, derrotada, sabe que su reputación y poder han terminado. Lorenzo, furioso, decide cancelar públicamente la ceremonia, enviando incluso a la Guardia Civil para asegurarse de que el escándalo sea legalmente controlado. La boda que prometía unir familias se convierte en humillación para Leocadia y demostración de valentía para Ángela.
A kilómetros de distancia, Ángela llega a Villafranca, donde es recibida por la marquesa, su refugio seguro. Por primera vez en años, respira aire limpio: no huele a miedo, huele a libertad. La caída de Leocadia se consolida rápidamente. La Guardia Civil llega al Palacio de la Promesa, arrestando a la tirana en medio de gritos y maldiciones. Curro, Manuel y Pía observan desde la distancia, con una mezcla de alivio y justicia consumada.
Un mes después, la vida de Ángela y Curro comienza a reconstruirse. La joven, ahora madre y dueña de su destino, disfruta de la tranquilidad del jardín bajo un roble, mientras Curro llega a su lado. La promesa de un futuro feliz se cumple finalmente: sin bodas forzadas, sin chantajes, sin miedo. Solo ellos, su amor y el hijo que crece, en libertad y armonía. La justicia ha llegado, y Leocadia paga por todos sus crímenes y manipulaciones.
Este capítulo demuestra el poder del valor individual y la determinación frente a la tiranía. Ángela no solo salva su vida, sino también la de su hijo, enfrentándose a la violencia, al chantaje y a la intimidación familiar. La victoria final no es solo de los héroes, sino de la justicia y la libertad, recordándonos que incluso en los momentos más oscuros, la valentía puede romper cadenas y cambiar destinos.