La Promesa: Ángela ha descubierto el secreto de Curro La Promesa 723 | RTVE Series
—Señorita, ¿le hace falta algo? —preguntó el lacayo con la formalidad habitual.
—Sí —respondió ella, avanzando con paso decidido—. Estoy buscando a Teresa. ¿Podrías avisarle de que la necesito?
—Por supuesto, ahora mismo.
—Gracias… aunque, en realidad, no es a ella a quien vengo buscando. Es a ti.
El joven se quedó desconcertado.
—¿A mí?
Ella asintió con una seriedad que no admitía dudas.
—Quítate los guantes.
Curro frunció el ceño.
—¿Perdón? ¿Para qué los quiere?
—Hazlo, por favor —insistió ella con voz suave pero firme—. No te tomará más que un instante.
El muchacho dudó, nervioso.
—Ángela… estaba puliendo la cristalería. Si me quito los guantes voy a dejar marcadas todas mis huellas.
La joven dio un paso al frente. Sus ojos brillaban con una mezcla de inquietud y determinación.
—Curro… no me obligues a darte una orden directa. Necesito que me enseñes las manos. Por ambos lados.
Suspirando con resignación, él cedió. Se retiró lentamente los guantes, y al quedar al descubierto, la piel enrojecida y los nudillos inflamados revelaron lo que tantas palabras habrían querido ocultar.

Intentó quitarle gravedad al asunto.
—Ya sabe usted que nunca se me dio bien el piano… —bromeó con una sonrisa torpe—. El maestro que iba a casa decía que mis manos eran más propias de un tañedor de laúd que de un pianista.
Ella no sonrió. No estaba para bromas.
—Curro… ¿qué te ha pasado?
El silencio que siguió fue espeso, casi doloroso. Él bajó la mirada, incómodo, como si sus propias manos le delataran más que cualquier palabra.
—Dime la verdad —insistió ella con un tono lleno de preocupación—. ¿Esto que tienes aquí… tiene algo que ver con la desaparición del capitán?
Él reaccionó con brusquedad.
—No. Claro que no. ¿Por qué habría de tenerlo?
—Porque es demasiada coincidencia —respondió Ángela sin perder la calma—. El capitán desaparece de un día para otro… y tú apareces así, con heridas que solo dejan dos opciones: o te peleaste con alguien, o golpeaste algo con mucha fuerza. Y la primera opción parece demasiado obvia.
Curro tragó saliva.
—No me he peleado con el capitán.
—No lo sé… —murmuró ella, examinando los nudillos, la piel abierta, la tensión en su mandíbula—. A mí me parece demasiado extraño. No tiene sentido que él se esfume y tú tengas marcas tan claras de una pelea.
Él cerró los puños como si quisiera ocultarlos.
—Ángela, por favor…
—Te ruego que me digas la verdad —insistió ella, acercándose un poco más—. Necesito saber qué sucedió realmente.
Él agachó la cabeza, vencido.
—Discutimos —confesó al fin—. Sí. Es cierto.
Ella respiró hondo.
—Una vez más, ¿no?
Curro asintió con vergüenza.
—Sí… pero no pasó lo que estás imaginando. No hubo una pelea como tal. Es verdad que tenía ganas… muchas ganas de golpear al capitán. Pero no lo hice.
Alzó la mirada, intentando que creyera cada palabra.
—Salí de su habitación antes de perder el control —continuó—. Y cuando ya no pude contener más la rabia… le pegué a una pared. Eso es todo. Fueron mis manos contra una pared, no contra él.
El gesto de Ángela se suavizó, aunque no del todo.
—Curro… el capitán De la Mata es quien se merecía esos golpes —dijo con sinceridad, sin un ápice de duda—. No tú. Y, sin embargo, aquí estás, con las manos destrozadas, y él… ni siquiera está.
Él soltó una risa amarga.
—¿Y para qué iba a ir al médico? —preguntó con un encogimiento de hombros—. ¿A quién le importa? Soy solo un lacayo que no sabe controlar su rabia.
—No digas eso —intervino ella de inmediato—. Tú no eres “solo” nada.
Pero él continuó, dejándose arrastrar por un sentimiento de culpa que lo perseguía desde hacía horas.
—Todo el mundo espera que mantenga la cabeza fría, que sea discreto, que no arme líos. Y mírame… Mira lo que hice. Ni siquiera puedo contenerme lo suficiente para no destrozarme los nudillos contra una pared.
Ella negó con fuerza.
—No. Lo que hiciste fue contenerte cuando más difícil era. Lo que hiciste fue evitar una pelea que habría terminado mal para todos. Y eso demuestra que eres más sensato de lo que crees.
Curro resopló, todavía indignado consigo mismo.
—Eso no cambia lo que siento. Él se pasó conmigo, contigo, y con medio mundo. Y yo… solo tenía que aguantar. Como siempre.
—No siempre —corrigió ella—. Hay cosas que no tenemos por qué aguantar. Pero tampoco puedes permitir que tu rabia te destruya.

Él levantó la vista. Había en sus ojos una mezcla de frustración, cansancio y una herida más profunda que cualquier golpe.
—Ángela… si algo malo le ha pasado al capitán, te aseguro que yo no soy quien se lo ha hecho. Puedo haber deseado mil cosas… pero no soy un asesino.
Ella sostuvo su mirada sin apartarse.
—Yo sé quién eres, Curro. Te he visto en tus momentos buenos y en los peores. Sé que no le pondrías una mano encima a menos que fuera para defenderte o defender a alguien que quieres.
Él cerró los ojos un instante, dejando escapar un suspiro cargado de emoción.
—Ojalá todos pensaran como tú…
—No importa lo que piensen los demás —respondió ella con firmeza—. Pero sí importa lo que hagas a partir de ahora. Y esto, Curro… tus manos… tu rabia… todo esto significa que estás cargando con demasiado. Tienes que cuidarte.
—¿Cuidarme? —rió él con ironía suave—. ¿Quién va a cuidar de un lacayo con los nudillos rotos?
—Yo —respondió ella sin dudar—. Y más te vale no llevarme la contraria esta vez.
Él la miró sorprendido, pero también aliviado, como si alguien le hubiera quitado una piedra de encima.
Y en ese instante, mientras ella sostenía sus manos heridas entre las suyas, la tensión del momento se transformó en algo distinto: en un entendimiento profundo, en un reconocimiento silencioso de cuánto se necesitaban mutuamente para no perderse en medio del caos que se cernía sobre la Promesa.