La Promesa: Ángela y Jana: El regreso que lo cambia todo

🔻 SPOILER – Ángela y Jana: El regreso que lo cambia todo

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La celebración del cumpleaños del duque Lisandro se presentaba como una jornada espléndida en La Promesa, pero pronto quedó claro que bajo el brillo de los candelabros se gestaba un terremoto capaz de sacudir los cimientos del palacio.

Desde primera hora, los sirvientes recorrían pasillos y patios colocando adornos, flores y bandejas resplandecientes, mientras el ambiente se llenaba de un nerviosismo extraño. La casa entera parecía sostener la respiración, como si presintiera que algo estaba a punto de romper el orden cuidadosamente construido.

Lejos del bullicio del salón principal, Curro intentaba refugiarse en el trabajo para acallar un nombre que le retumbaba en el pecho: Ángela. Apilaba cajas sin descanso, agradeciendo el dolor físico que lo mantenía lejos de lo que realmente lo desgarraba. Pero la serenidad forzada se quebró cuando escuchó unos pasos delicados a su espalda.

Ángela apareció bajo la luz de la puerta, conteniendo un temblor apenas visible. Quería hablar con él, enfrentarlo, obligarlo a dejar de huir desde que su boda había sido aplazada. Curro intentó mantener la distancia, aferrándose al trato formal, pero la insistencia de ella fue más fuerte que cualquier muro.

Avance semanal de 'La Promesa': una triste ruptura, el regreso de Ángela y  el asesino de Jana

Al fin, él confesó aquello que tanto se esforzaba en negar: que la echaba de menos cada día, que vivir sin mirarla era como llevar una herida abierta que no cicatrizaba. Y Ángela, con la misma franqueza, admitió que tampoco podía olvidarlo. Durante unos segundos, pareció que lo inevitable iba a suceder, que por fin se permitirían aquello que ambos deseaban.

Pero Curro se retiró a tiempo, temiendo condenarla a una vida manchada por su amor imposible. Le rogó que no diera un paso más, porque si lo hacía él sería incapaz de contener lo que sentía. Ella quedó clavada en el sitio, con el corazón en la garganta; él escapó como quien huye del fuego.

Mientras ese amor prohibido se tensaba al límite, en otra parte del palacio se urdía una conspiración mucho más oscura. Lorenzo y Leocadia se reunían en secreto para ultimar un plan que llevaba tiempo gestándose: acabar con la vida del marqués Alonso. Él había conseguido unas hierbas letales en el pueblo; ella debía mezclarlas en el plato que el marqués recibiría durante la cena de honor al duque Lisandro.

Esa noche, el cansancio ganó por fin a Curro, que cayó dormido solo para encontrarse con el rostro más inesperado y añorado: Jana. En medio de una niebla blanca, ella le advirtió que Alonso corría grave peligro y le suplicó mantenerse alerta. Antes de que él pudiera pedir explicaciones, la visión se desvaneció como humo.

A la mañana siguiente, las cocinas hervían de movimiento preparando la gran celebración. Siguiendo el eco inquietante del sueño, Curro no apartó la mirada de Leocadia. Y fue testigo de lo impensable: vio cómo la mujer vertía las hierbas envenenadas en el plato destinado al marqués.

En un acto impulsivo pero firme, Curro intercambió el plato de Alonso con el que correspondía a Lorenzo. No tuvo tiempo de pensar en lo que implicaba; solo escuchó la voz de Jana en su mente, recordándole que hiciera lo correcto.

Cuando llegó la cena, todo parecía transcurrir con normalidad hasta que Lorenzo llevó la primera cucharada a su boca. El efecto fue inmediato: cayó desplomado sobre la mesa, provocando un caos general. Copas quebradas, gritos, invitados en shock. Pero nada fue tan revelador como el terror absoluto que cruzó los ojos de Leocadia al comprender que el veneno había regresado a su origen.

Y justo cuando el tumulto alcanzaba su punto máximo, se oyó un golpe inesperado en la puerta principal. Un criado anunció un nombre que congeló a todos: Jana.

Alonso se quedó sin aliento, Manuel sintió que el mundo se le deshacía bajo los pies y Curro casi creyó estar soñando. Pero no era un espectro lo que apareció en el umbral del salón, sino una mujer viva, firme, con las huellas de haber sobrevivido a lo inimaginable.

A su lado, un niño de rizos claros y ojos tan azules como los de Manuel la miraba todo con inocencia. Su mera presencia bastó para arrancar susurros incrédulos.

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Jana avanzó hasta el centro del salón y declaró con serenidad que no había regresado para implorar nada, sino para exigir justicia. Reveló que las cartas que Alonso escribió durante su ausencia habían sido interceptadas; que ella descubrió demasiado tarde una conspiración para destruirlo; que huyó para escapar de quienes querían silenciarla.

Luego miró directamente a Manuel y, sin rodeos, lo derribó con una verdad imposible de ignorar: el niño que llevaba de la mano era su hijo, Diego, fruto del amor que compartieron antes de su desaparición.

El salón entero quedó mudo. Manuel, incapaz de articular palabra, dio un paso hacia ella con el corazón desbordado. Alonso, profundamente afectado, trató de ordenar la avalancha de revelaciones que caían una tras otra.

Leocadia intentó desacreditarla, pero Jana no vaciló. Tenía pruebas, testigos y la determinación de quien no piensa volver a callar. De pronto, la red de mentiras que había sostenido a los conspiradores se deshilachó a ojos de todos.

En medio del revuelo, Diego se soltó de la mano de su madre y corrió hacia Curro, reconociéndolo de forma instintiva. Él, con el alma en un puño, solo pudo abrir los brazos.

Y mientras el palacio entero intentaba comprender el alcance de todo lo ocurrido, Ángela, desde un rincón, observó a Curro con una claridad que antes no tenía. Si Jana había encontrado la fuerza para regresar del silencio y enfrentarse al poder, quizá ella también podía desafiar un destino que siempre le dijeron que era inamovible.

La Promesa, esa noche, dejó de ser el mismo lugar. Con un veneno que cambió de víctima, una madre que volvió de entre las sombras y un niño que reveló verdades imposibles de ocultar, se abrió una página completamente nueva en la historia del palacio.

Y nadie —absolutamente nadie— saldría indemne.