La Promesa – Avance del capítulo 725: Curro, Lorenzo y la verdad prohibida

En La Promesa, todo parecía transcurrir con la serenidad acostumbrada: las voces suaves de las criadas, las órdenes precisas de los señores, el ritmo constante de un palacio que había aprendido a disimular secretos tras sus paredes. Y sin embargo, aquella mañana algo era distinto. El aire estaba cargado, pesado, como si contuviera un presagio que nadie había sido capaz de descifrar aún. Los habitantes de la casa seguían con sus rutinas, ignorantes de que, en una estancia oculta bajo sus pies, dos hombres se enfrentaban a un momento límite capaz de cambiarlo todo.

Allí, en la habitación secreta, el tiempo parecía haberse suspendido. Curro permanecía junto a la pared, respirando con dificultad mientras intentaba mantener la compostura. Frente a él, encadenado a una silla, Lorenzo mostraba una imagen radicalmente distinta de su acostumbrada arrogancia: despeinado, sudoroso, con la camisa manchada por el suelo y por gotas secas de sangre. Aun así, no había perdido su capacidad para herir con palabras.

—¿Es esto lo que querías, muchacho? —se burló, la voz ronca pero desafiante—. ¿Verme así? ¿Crees que con esto arreglas algo?

Curro apretó los puños, clavándose las uñas en la piel para aferrarse a un control que amenazaba con romperse. Cada sílaba que Lorenzo pronunciaba era una provocación calculada, un veneno que buscaba colarse por cualquier grieta emocional.

—No hables —escupió él, con un hilo de voz tensa—. No digas mi nombre. No te lo mereces.

El capitán soltó una carcajada áspera.

Avance semanal de 'La promesa': Curro, enloquecido, hace desaparecer a  Lorenzo - La promesa

—Tú tampoco te lo mereces, Curro… o como te llames ahora. Hijo de una mentira, un bastardo criado en la oscuridad. Yo solo dejé las cartas sobre la mesa.

La palabra “bastardo” cayó como un golpe, pero Curro no retrocedió. Había pasado demasiadas noches preparándose para este momento, prometiéndose que no permitiría que ese hombre volviera a quebrarlo.

—Tú pusiste sangre sobre la mesa —respondió con frialdad—. La de mi madre. La de todos los que se interponían en tu camino. Tú convertiste La Promesa en un campo de guerra.

Avanzó un paso, y el sonido de sus botas contra la piedra pareció llenar la sala.

—Y ahora, por primera vez, vas a escuchar lo que es sentir miedo. Lo que es estar a merced de otro. Lo que yo sentía cada vez que tú entrabas en una habitación.

Lorenzo, aun lastimado, trató de sostenerle la mirada, buscando fisuras.

—No tienes lo que hace falta —murmuró—. Puedo oírlo en tu respiración. No eres un asesino. Por más que quieras fingirlo.

Curro sintió un nudo en el pecho. No porque lo dudara de sí mismo, sino porque deseaba desesperadamente creer que Lorenzo tenía razón. Pero en aquella habitación sin ventanas, la frontera moral parecía tan tenue como el humo que a veces escapaba de los candelabros antiguos.

Miró el revólver que sostenía. Aquella arma, fría y pesada, representaba todo lo que había intentado evitar durante años. La había tomado convencido de que solo un cierre drástico podría liberarlo de la sombra de Lorenzo. Sin embargo, ahora le parecía un juez silencioso, aguardando su veredicto.

Lorenzo vio el arma y sonrió, por primera vez con un brillo de miedo en los ojos.

—Vamos —susurró—. Hazlo. Demuéstrales a todos que yo tenía razón acerca de ti.

El silencio se volvió sofocante. Curro sintió su corazón martilleando en los oídos y el dedo tensarse sobre el gatillo. Pero entonces, como una ráfaga, aparecieron los rostros de Jana, de María Fernández, de Ramona… de todos los que le habían dicho alguna vez que él no era Lorenzo, que tenía derecho a ser distinto, a romper el ciclo de violencia.

—No —susurró—. No voy a convertirme en ti.

Bajó el arma. Por un instante fugaz, en el gesto de Lorenzo se mezclaron alivio y desprecio. Pero antes de que pudiera hablar, el capitán se lanzó hacia adelante con una fuerza salvaje. Las cadenas tensaron los eslabones, la silla se desequilibró y Curro cayó un paso atrás. El revólver se le escapó de las manos, golpeó el suelo y un disparo estalló en el aire.

El eco se prolongó, vibrante, atrapado en la piedra. Ambos hombres quedaron inmóviles, respirando agitadamente, tratando de averiguar quién había sido alcanzado. Curro se palmeó el torso, sin encontrar sangre. Luego miró a Lorenzo, que apretaba los dientes mientras un hilo rojo descendía por su brazo.

Curro recuperó el arma, tembloroso.

—Esto se acabó —dijo, con voz quebrada—. Para mí, ya se acabó.

Salió de la habitación, ignorando las amenazas de Lorenzo, que prometía vengarse en cuanto recuperara la libertad. Solo cuando subió las escaleras, lejos del olor a pólvora, sus piernas casi cedieron bajo él.

Arriba, la vida continuaba. En el hangar, Enora y Manuel analizaban las sospechosas conexiones entre don Luis y don Lisandro: empresarios, contratos turbios y un flujo de dinero que nadie lograba justificar. Toño, siempre atento a los movimientos en el aeródromo, se unió al esfuerzo. Si existía una verdad oculta tras aquellos acuerdos, ellos serían quienes la destaparan.

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Mientras tanto, en una habitación iluminada por la luz cálida de la tarde, Martina y Adriano luchaban por calmar a los bebés. El cansancio los estrechaba más que cualquier confidencia y, sin embargo, en esa intimidad forzada se escondía una verdad que ambos trataban de ignorar. Cuando Jacobo entró más tarde, el ambiente se volvió tenso; las palabras de Martina, cargadas de sinceridad dolorosa, abrieron una brecha entre ellos. Era evidente que el amor, cuando se complica, puede ser más desgarrador que cualquier conflicto externo.

En las cocinas, la tensión tenía otro aroma: mantequilla, especias y nervios. Lope intentaba ocultar su cuaderno secreto —su recetario bajo el nombre de Madame Cocotte— mientras Pía exigía perfección absoluta para impresionar a los señores. Vera, divertida, observaba cada gesto del cocinero, sospechando la verdad y disfrutando del misterio.

Pero quizá la verdad más difícil de pronunciar era la de María Fernández. Con la mano sobre el vientre y el corazón en un puño, se decidió finalmente a revelar quién era el padre de su hijo. En el patio trasero, con el sol descendiendo y el silencio envolviéndolos, reunió el valor para decirlo:

—Estoy embarazada —confesó—. Y tú eres el padre.

En ese mismo instante, tras una pared oculta, dos sombras permanecían en silencio. Dos hombres marcados por un disparo que aún resonaba en la profundidad de La Promesa. Cada uno cargaba una culpa distinta, una verdad que aún no estaban preparados para asumir.

Y así, mientras la casa seguía su curso habitual, un nuevo capítulo estaba a punto de abrirse. Uno que implicaba secretos, revelaciones y decisiones capaces de cambiar para siempre el destino de todos los que vivían bajo aquel techo.

El misterio de la habitación secreta apenas comenzaba.