La Promesa: Curro ha cometido el mayor error de su vida La Promesa 725 | RTVE Series
—Sírveme una copa de brandy —ordenó con un gesto despreocupado, como si lo que estaba a punto de decir no fuera a teñirse de veneno.
Luego, inclinándose hacia adelante, añadió con un tono casi divertido:
—Has cometido el peor error de tu vida.
Se acomodó en el sillón, disfrutando visiblemente del poder del momento.
—Me tenías totalmente indefenso, a tu entera disposición —prosiguió—. Era el instante perfecto para acabar conmigo. No te habría costado absolutamente nada. Es más, en ese agujero donde pensabas dejarme, habrían tardado años en encontrarme, si es que llegaban a hacerlo algún día. ¿No lo ves? Habrías salido limpio, sin sospechas. Y Ángela… bueno, Ángela se habría librado para siempre de la obligación de casarse conmigo.
Lo miró con una sonrisa torcida, una mezcla de desprecio y burla.
—Pero, en fin… parece que tu conciencia, esa conciencia tan “bondadosa” que dices tener, te impidió rematar el trabajo y decidiste dejarme vivir. Mira qué ironía.

Dio un sorbo lento al brandy antes de continuar.
—Ángela, por lo menos, sí tuvo el valor de dispararme —dijo con una carcajada amarga—. Eso demuestra que tiene más agallas que tú. Pero claro, ¿quién no tiene más coraje que tú, Curro?
Se inclinó hacia él con un gesto cómplice y venenoso.
—Te voy a confesar algo: siempre me han atraído las mujeres con carácter. Me fascinan. Tanto como detesto profundamente a los hombres cobardes. Y sabía que tú lo eras. Siempre lo supe. Pero que yo siga vivo ahora… eso solo confirma lo que ya pensaba de ti.
Hizo una pausa teatral y luego añadió:
—Dime una cosa… ¿por qué no me has denunciado? Porque, desde mi punto de vista, tú eres quien lo tiene más fácil para librarse de mí. Bastaría con que fueras a las autoridades y contases lo que pasó. Sería suficiente para quitarme de en medio sin ensuciarte las manos.
Curro no respondió, pero él siguió hablando, disfrutando del silencio.
—Y aun así, no lo haces —dijo, negando con la cabeza—. Difícil de creer, sobre todo viniendo de un hombre como tú. Porque tú nunca has sido compasivo.
Se detuvo y rectificó:
—Y yo tampoco lo soy. No tengo piedad. Nunca la he tenido. Pero supongo que soy lo bastante orgulloso como para no permitir que se sepa que me sorprendió… un medio hombre.
La expresión “medio hombre” la pronunció con un veneno frío, sin levantar la voz, pero cargándola de humillación.
—¿Cómo crees que quedaría yo, un oficial, si se hiciera público que me dejé vencer por alguien como tú? Imagínate la escena: yo, entrando en un club de oficiales, mientras todos murmuran que fui superado por un hombre a medias. Sería vergonzoso.
Alzó el vaso, lo observó a contraluz y añadió, con un tono incluso más cruel:
—Y lo peor es eso: que tuviste la oportunidad de matarme. Pudiste hacerlo. Me viste caer, viste cómo sangraba, viste la debilidad. Y aun así… no lo hiciste. Y ahora, que yo siga vivo no es mérito mío. Es prueba de que tú… sí, tú… te acobardaste. Te acobardaste cuando más fácil lo tenías.
Se sirvió más brandy con un gesto arrogante.
—Sírveme otro poco —ordenó casi sin mirarlo—.
Luego dejó el vaso sobre la mesa y añadió:
—Además, ¿de qué me servirías tú encerrado en una cárcel? Allí no tendría nada que hacer contigo, no tendría forma de sacar provecho de tu existencia inútil. Me resulta mucho más conveniente tenerte aquí, cerca… sujeto por una promesa tácita.
Curro frunció el ceño, pero él continuó:
—No te hagas el tonto, sabes perfectamente por qué te quiero aquí. Quiero verte sufrir. Quiero ver cómo te consumes poco a poco. Y no solo a ti… quiero veros sufrir a los dos.
Se recostó, disfrutando del impacto de sus propias palabras.
—Voy a confesarte algo más, Curro —dijo con un tono diferente, casi perversamente reflexivo—. Antes, lo de casarme con Ángela era solo una manera de destrozarte a ti. Me divertía pensar en tu cara cuando te enteraras. Pero ahora… ahora lo veo de otra forma.

Acarició el borde del vaso.
—Ahora quiero hacer que Ángela sufra. Quiero que sufra tanto que llegue a lamentar hasta el día de su nacimiento. Y tú tendrás que presenciarlo. Porque eso, Curro… eso es lo que realmente te va a destruir.
Se puso de pie lentamente, como quien ya ha dicho todo lo que necesitaba decir.
—Te he mandado llamar porque pensé que merecías saberlo. No por compasión, claro, sino porque el dolor duele más cuando sabes lo que viene.
Le dedicó una última mirada fría, desprovista de cualquier rastro de humanidad.
—Ya puedes retirarte —ordenó con desdén.
Curro no dijo nada. No era necesario. Él ya había conseguido lo que quería: infundir miedo, dejar clara su victoria temporal, demostrar que el poder, por ahora, estaba completamente de su lado.
Mientras Curro se alejaba, él volvió a llenar su copa y murmuró, satisfecho:
—Y pensar que pudiste librarte de mí… pero te faltaron agallas.
La tormenta que se avecinaba no era física, sino emocional. Y él, complacido, se preparaba para disfrutarla desde la primera fila, seguro de que su crueldad apenas acababa de empezar.