La Promesa: ¡Curro ha secuestrado a Lorenzo! La Promesa 724 | RTVE Series

Spoiler: “Ayuda, ayuda, ¿alguien puede oírme?”

Los gritos se elevan en la oscuridad como un eco desesperado que rebota contra las paredes sin obtener respuesta alguna. “Ayuda… ¿alguien puede oírme?”, repite una voz quebrada, cargada de angustia. El silencio responde con la misma frialdad que un pozo sin fondo, mientras el sonido lejano de pasos y la música amortiguada crean un ambiente opresivo. Cada súplica se pierde en un lugar donde nadie puede escuchar, donde no existe más testigo que el mismo hombre que disfruta del tormento ajeno. De pronto, una voz irrumpe con calma siniestra, animándole a seguir clamando, a no detenerse. Dice que le gusta oír esa desesperación pura, esa fragilidad expuesta, porque eso mismo —asegura— es lo que muchos han sentido a causa de él.

En medio de la penumbra, el cautivo jadea, agotado, mientras la figura que lo observa desde la sombra se alimenta del terror que desprende. “Puedo oler su miedo”, murmura, disfrutando del temblor que recorre el cuerpo del prisionero. El capitán, con evidente angustia, pregunta qué pretende, qué va a hacer con él. Sus manos están atadas, su cuerpo inmóvil, su voluntad al borde del quiebre. Aun así, intenta sonar firme, recordándole a su captor que no puede mantenerlo retenido por mucho tiempo. Pero la respuesta es fría y contundente: “Lo único que sé es que usted debe pagar por todo el daño que ha causado”.

El capitán intenta razonar, apelar a la cordura, acusándolo de decir barbaridades, de transformarse en una especie de defensor improvisado de la justicia. Aunque insiste en que ese no es el camino correcto, que esa no es la manera de hacer justicia, la tensión del ambiente revela que sus palabras no calan. Le ofrece incluso un pacto: si lo libera, promete olvidar todo lo ocurrido en ese lugar. Pero su captor se ríe sin humor. “Olvidar… eso es exactamente lo que usted desea. Pero yo, si pudiera, desearía que usted no existiera.” Para él, el olvido no es una opción; es un atajo, una salida cómoda para quien ha vivido sembrando dolor. Y jura que no va a permitir que ese olvido suceda, porque hay heridas demasiado hondas como para ser silenciadas.

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El cautivo responde con desprecio, llamándolo loco, acusándolo de perder la cabeza. Pero su captor se mantiene firme. Dice que no puede olvidar a Hann, ni a Eugenia, ni tampoco a Ángela. Ha sufrido demasiado, ha perdido demasiado, como para permitir que un hombre —al que considera despreciable— se marche indemne. Quiere que entienda, que comprenda el peso de sus acciones. Pero el capitán responde con desconcierto, asegurando que no sabe a qué se refiere, que sus acusaciones no tienen fundamento.

Entonces, su captor enumera una por una las culpas que le atribuye: la muerte de Hann, volver loca a su madre hasta llevarla al suicidio, manipular a Ángela con el único fin de perjudicarlo. Ante esta lista, el capitán sostiene que solo la última acusación contiene algo de verdad; lo demás lo llama patrañas, desvaríos, exageraciones. Sin embargo, su captor percibe burla en su tono. Afirma que durante años el capitán ha hecho lo que ha querido, sin consecuencias, amparado por su posición y su poder. Pero esta vez —asegura con voz grave— será distinto.

La discusión se vuelve más intensa. El capitán lanza insultos, acusa a su captor de ser un desgraciado que cree que impartir justicia es tarea sencilla. Añade que nada puede ser más difícil que la devastación de la gran guerra. Sus palabras se cargan de desprecio cuando menciona a Manuel, argumentando que él tuvo que ir a esa guerra precisamente para protegerlo y que de aquellos sacrificios surgió toda esta miseria. Cuando su captor le ordena callarse, él se niega rotundamente. Arremete con crueldad: le dice que debió morir en el campo de batalla, que habría sido preferible llorar a un hijo caído en combate que enfrentarse ahora a un criado insolente que pretende tomarse la justicia por su mano.

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Las palabras caen como cuchillas. “Ni una palabra más”, gruñe el joven, conteniendo la furia como puede. Pero el capitán continúa, impasible, afirmando que la justicia no es igual para todos, que siempre ha sido —y será— privilegio de los ricos y poderosos. Se burla de la idea de que él pueda impartir justicia legítima. Esa sentencia es la chispa final que enciende la decisión del joven. Lo mira fijamente, sin apartar los ojos, mientras la rabia, el dolor y la impotencia se entrelazan en un nudo insoportable.

Con voz baja, tensa, casi rota, el joven confiesa lo que realmente quiere. No justicia, no reparación, no equilibrio moral. Lo que desea es algo más crudo, más visceral, más humano en su versión más oscura: venganza. Él no busca absolver a nadie ni imponer un orden justo. No quiere un castigo regulado por normas o leyes. No quiere que el capitán tenga una oportunidad de redención. Lo que quiere es que sienta, aunque sea por un instante, el mismo miedo, la misma angustia y el mismo vacío que él ha cargado durante años.

La música inunda el espacio, intensificando cada palabra, cada respiración, cada vibración de la atmósfera. El capitán, atado, impotente, comprende finalmente que está ante alguien que ya ha cruzado el límite del rencor y ha entrado en el territorio implacable de la venganza personal. No hay salida fácil, no hay pacto posible, no hay promesa que valga. Lo único que queda en ese lugar es un odio profundo, una herida abierta que sangra todavía, y un deseo inquebrantable de hacer pagar a quien considera responsable de todo su sufrimiento.

El silencio que sigue es pesado, casi sólido. Ambos saben que el siguiente movimiento cambiará sus vidas para siempre. Y en esa incertidumbre, en esa mezcla de miedo y furia, se decide el destino que está a punto de sellarse.