La Promesa: Curro hace una confesión inesperada LaPromesa 727 | RTVE Series

🔻 SPOILER: “La confesión que lo cambia todo entre Manuel y Curro” 🔻

La confesión que lo cambia todo entre Manuel y Curro

Te lo dejo por aquí —dijo él, acercándose con gesto servicial—.
—Déjalo, sí, gracias —respondió Manuel mientras apartaba un montón de papeles sobre la mesa.
—No tienes que darme las gracias —contestó el otro con una leve sonrisa—. Al fin y al cabo, es parte de mis obligaciones.
—Puede ser, pero siempre he pensado que es de bien nacidos ser agradecidos —replicó Manuel. Después miró la bandeja y frunció el ceño—. Lo que no acabo de recordar es haber pedido un café…
—Ni falta que hace —lo interrumpió con calma—. Con solo verte la cara se nota que te hace falta uno.

Manuel soltó un suspiro resignado.
—Supongo que llevo el cansancio escrito en la frente.
—En realidad, se te nota más que un poco agotado… —añadió él con tono observador—. ¿Puedo preguntarte a quién estabas escribiendo?

Manuel dudó un instante antes de contestar.
—Estaba respondiendo a una de las compañías que se han interesado en el motor. Me exigen que cierre el trato cuanto antes… parece que están impacientes.
—Eso suena a buenas noticias.
—La mejor noticia que podía recibir —admitió Manuel—. Pero tendrán que esperar, todavía queda trabajo para que el diseño pueda comercializarse.
—Lo que vale la pena siempre exige un poco de paciencia —comentó él.
—Confiemos en que no se demore demasiado —suspiró Manuel.

La Promesa - Curro rompe toda relación con Ángela

Tras un breve silencio, el otro lo observó con más atención.
—Manuel… ¿estás bien?
—¿En qué sentido?
—No sé —respondió él—. Hay algo en tu expresión… una mezcla rara entre agotamiento y preocupación. No estoy seguro de si necesitas más un abrazo o un segundo café.

Manuel lo miró divertido, aunque enseguida notó que su interlocutor estaba serio. Muy serio.
—Está bien —dijo él finalmente—. Necesito pedirte un favor.

Manuel se enderezó.
—Pide lo que necesites.
—No es algo sencillo —advirtió—. Te lo digo desde ya, para que no te hagas ilusiones.
—Por tu actitud me imagino que no será ninguna tontería —respondió Manuel—. Pero sabes que no te pediría explicaciones. Eres mi hermano, Curro. Puedes decirme lo que sea.

Curro tragó saliva, nervioso, casi temblando.
—Necesito… necesito que impidas la boda del capitán de la Mata con Ángela.

Manuel abrió los ojos con sorpresa.
—Bueno, sí que venías con un favor complicado.
—Ya te lo advertí —repitió Curro con voz tensa—. Y créeme que no te lo estaría pidiendo si existiera otra salida.

Manuel negó con la cabeza, intentando mantener la calma.
—Curro, todos hemos hecho lo que hemos podido para frenar esa boda. De una manera u otra, cada uno lo ha intentado… y no ha servido de nada.
—No entiendes —lo interrumpió Curro—. No es que no queramos que se casen. ¡Es que no pueden casarse!
—El capitán no va a renunciar —contestó Manuel, resignado—. Y doña Leocadia ya les ha dado su bendición. Ángela, aunque esté destrozada, no parece dispuesta a oponerse. Este enlace va a celebrarse le guste a quien le guste.
—No puede celebrarse —dijo Curro con desesperación—. Cueste lo que cueste, tienes que evitarlo.

Manuel lo miró fijamente.
—¿Por qué? ¿Qué no me estás diciendo?

El silencio se hizo pesado. Curro respiró hondo, como quien se prepara para saltar al vacío.
—Porque todo esto es culpa mía —susurró.
—¿Cómo que culpa tuya? —preguntó Manuel, confuso.
—Porque estoy enamorado de Ángela.

Manuel se quedó petrificado.
—¿Qué has dicho?
—Que Ángela… Ángela es el amor de mi vida —repitió Curro con una mezcla de vergüenza y valentía—. Y no pienso quedarme de brazos cruzados viendo cómo se casa con ese desgraciado.

Sus manos temblaban. Sus ojos, brillantes. Allí no había rabia, sino una tristeza profunda, casi insoportable. Lo había llevado por dentro durante tanto tiempo que decirlo en voz alta parecía desgarrarlo.

—Curro… —murmuró Manuel, intentando ordenar sus ideas—. Esto… esto es muy serio.
—Lo sé. Pero tenía que decírtelo.
—¿Desde cuándo sientes esto por ella?
—Desde siempre —contestó casi sin voz—. Desde que la conocí.

Curro

Manuel apoyó los codos sobre la mesa, intentando asimilarlo todo. Conocía a su hermano, conocía su forma de callarse las cosas hasta que el dolor le rebosaba por los ojos. Y ahora lo tenía delante, sin máscaras, implorando ayuda.

—Entiendo que estés destrozado —dijo Manuel con sinceridad—. Pero impedir una boda… es mucho decir.
—No estoy pidiendo algo injusto —insistió Curro—. Estoy pidiendo que no la dejes caer en manos de un hombre que la va a destruir. Tú sabes cómo es el capitán, lo sabes mejor que nadie.

Manuel bajó la mirada, consciente de que aquello era cierto.

—Si Ángela se casa con él… —continuó Curro con voz rota—. No solo la perderé yo. Se perderá ella misma.

Manuel lo observó en silencio.

—Necesito tu ayuda —repitió Curro, con desesperación contenida—. No puedo detener esto solo.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire, pesadas, irreversibles. Manuel comprendió entonces que esa conversación no era un simple desahogo: era una súplica. Y también era una verdad que podía cambiar el rumbo de todo lo que estaba por venir.

—Curro —dijo finalmente, con un tono lleno de determinación—. Sea lo que sea lo que haga falta… no te voy a dejar solo en esto.

Y así, aquella confesión inesperada marcó el inicio de una decisión que podía poner a toda la casa patas arriba.