La Promesa: Curro y Alonso: la caída de Leocadia
> Curro y Alonso: la caída de Leocadia
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En La Promesa, el silencio que siempre había protegido los secretos de la casa se quiebra de golpe. Leocadia, la mujer que durante años manejó voluntades y silencios, abre la puerta de su habitación para descubrir que su tiempo se ha agotado.
Frente a ella, dos soldados permanecen firmes, y detrás, dos rostros devastados: Curro, consumido por el dolor, y Alonso, marcado por la culpa. No vienen a hablar. Vienen a detenerla.
Lorenzo ha confesado, el marqués lo ha escuchado todo, y la casa entera está a punto de presenciar el derrumbe de quienes envenenaron sus pasillos.
En el gran salón —convertido en tribunal improvisado— señores y criados escuchan sin pestañear los nombres que durante tanto tiempo nadie se atrevió a pronunciar en voz alta: Jana, Dolores, Eugenia. Leocadia, acorralada, intenta defenderse con las mismas artes que tanto le sirvieron: veneno, medias verdades y un orgullo que ya no tiene fuerza.
Curro le planta cara con una determinación nueva; Alonso reconoce públicamente su ceguera; Pía rompe su silencio para hablar en nombre de Jana. Y mientras las palabras caen como martillazos, la Guardia Civil atraviesa las puertas para llevarse a Lorenzo y a Leocadia en una misma mañana.
Pero entre la caída y el juicio moral, ocurre algo inesperado: Alonso le ofrece a Curro el lugar que nunca tuvo, el derecho a existir en esa casa sin esconderse, sin ser un simple criado, sin tener que buscar justicia en la oscuridad de pasadizos secretos.
Curro, antes de aceptar o rechazar esa promesa, baja una última vez al escondite donde guardó su rabia durante días, como quien cierra una herida abierta.

¿Será este el final definitivo de Lorenzo y Leocadia? ¿Encontrará Curro un nuevo camino sin el peso del rencor? ¿Cumplirá Alonso su palabra de que en La Promesa ya no habrá sombras?
Horas antes, todo había comenzado con unos golpes secos en la puerta de Leocadia.
Esta vez no hay escapatoria, ni ventana, ni cómplice. Por primera vez desde su llegada al palacio, entiende el significado real de la palabra “atrapada”.
—¡Señora Leocadia! ¡Por orden del marqués Alonso de Luján, abra de inmediato!
El nombre del marqués cae en ella como una sentencia. Por un instante piensa —ilusamente— que todavía puede manipular las cosas a su favor, como siempre lo hizo. Pero bajo esa esperanza envejecida surge un miedo nuevo, frío y punzante: Lorenzo ha sido arrestado, Lorenzo ha hablado… y Alonso no es ya el hombre que solía mirar hacia otro lado.
Con torpeza disimulada, Leocadia esconde una maleta bajo la cama. No del todo; una esquina traicionera queda asomando. Luego, recomponiendo su máscara, abre la puerta.
Los soldados permanecen rígidos. Detrás de ellos, Alonso parece envejecido de golpe. Y a su lado, algo más atrás, Curro la observa con una mezcla de odio agotado y un dolor que parece haber devorado todos sus años.
Nadie habla al principio. Es Alonso quien quiebra el silencio:
—Señora Leocadia… debe acompañarnos.
Ella intenta una sonrisa que ya no convence a nadie.
Alonso no admite sus excusas. Hay acusaciones graves. Jana, Dolores, Eugenia… nombres que la atraviesan como cuchillas.
Cuando Curro interviene, su voz es una tempestad contenida:
—Has destruido esta casa. Por ti Jana está muerta. Por ti mi madre perdió la razón. Por ti yo…
Y Alonso confirma lo inevitable: Lorenzo ha confesado cada crimen, y también los suyos.
Leocadia intenta negociar, busca una conversación a solas, un resquicio de la complicidad que antes existió. Pero Alonso ya no se deja envenenar.
—No habrá más conversaciones como siempre —sentencia—. Lo que tenga que decir, lo hará delante de todos.
Cuando los soldados anuncian su detención, ella ríe como quien se aferra a la última grieta de poder que le queda. Pero la risa se apaga cuando entiende que nadie —ni siquiera Cruz— saldrá en su defensa.
El salón la recibe como una acusada ante un tribunal sin jueces.
Cruz exige explicaciones; Catalina tiembla; los criados observan con una mezcla de miedo y alivio.
Alonso declara que ha llegado el momento de revelar verdades enterradas durante años. Habla de Jana, de Dolores, de Eugenia, de su propia negligencia. Y luego le cede la palabra a Curro, como a un igual.
Curro, con la voz temblorosa pero firme, cuenta la confesión de Lorenzo y la implicación de Leocadia.
Ella intenta desacreditarlo, pero Alonso lo respalda.
Cuando Pía se atreve a intervenir, su voz tiembla pero no se quiebra:
—Jana era mejor que todos nosotros. Y usted la odiaba porque no podía corromperla.
Las palabras golpean a Leocadia como una lluvia de piedras.
Curro la acusa directamente de haber disparado a Jana, de haber manipulado a su madre, de haber destruido toda su vida.
Entonces Leocadia pronuncia la palabra que retumba en el salón: “hijo”.

Pero ya es tarde.
Curro responde con una frialdad dolorosa:
—No soy tu hijo. Y no quiero serlo.
La Guardia Civil entra en ese momento. Los cargos se formalizan. Leocadia amenaza con arrastrar a todos, pero Alonso no retrocede.
Esposada, rodeada de miradas que antes la temían, cruza el salón con la cabeza alta pero los ojos llenos de furia impotente. Sus últimas palabras hacia Curro son un veneno final:
—La justicia no te devolverá nada. Solo deja huecos.
Y Curro responde:
—Hoy empiezas a pagar. Con eso me basta.
Cuando la sacan, el salón respira de nuevo, pero el aire es extraño: pesado, esperanzador, incierto.
Después, Alonso se acerca a Curro.
Le confiesa su culpa, su ceguera, su deuda con Jana, con la madre de Curro, con él mismo.
Y le ofrece, sin exigencias, sin títulos, sin condiciones, un lugar en la casa.
Curro no puede aceptarlo aún, pero le pide algo:
—Si quiere empezar de nuevo, hágalo con Jana.
Pía le entrega al marqués un pequeño colgante de la joven. Alonso lo cierra en su puño, y por primera vez deja que las lágrimas caigan sin esconderlas.
—Lo haré —promete.
Esa noche, Curro desciende una vez más al cuarto oculto. No para castigar, sino para despedirse.
Habla en voz baja, como si Jana pudiera oírlo, y deja allí, en esas piedras frías, la sombra de la venganza que lo sostuvo durante tanto tiempo.
Cuando sale al pasillo, el aire de La Promesa le parece distinto.
Arriba, Alonso honra por fin a Jana.
Cruz lidia con su propio derrumbe.
Los criados murmuran historias que ya no están prohibidas.
Y por los pasillos, el nombre de Jana suena no como un fantasma, sino como una luz.
La caída de Lorenzo y Leocadia no fue un estallido, sino un desmoronamiento inevitable.
Pero en ese derrumbe, Curro encuentra algo que jamás creyó posible:
el derecho a empezar de nuevo.