LA PROMESA – El PALACIO se REBELA: los criados UNIDOS EXIGEN la SALIDA de Leocadia
Lo que está a punto de desarrollarse marca uno de los episodios más impactantes en la historia de la Promesa. No se trata de un simple roce entre señores y sirvientes; es el instante en que quienes han soportado abusos durante años finalmente dicen “basta”. Es el momento en que el personal del palacio se alza contra la tiranía de una sola mujer: Leocadia de Figueroa, quien está a punto de enfrentarse a una revuelta sin precedentes. Lo que sigue cambiará para siempre el equilibrio de poder dentro de estas paredes.
Todo comienza en una mañana aparentemente rutinaria en el comedor principal. La luz del sol atraviesa los ventanales y se posa sobre la mesa perfectamente dispuesta. María Fernández entra con sumo cuidado cargando la bandeja del café diario, un juego de porcelana fina heredado por generaciones de los Luján, tan valioso que supera el salario mensual de cualquier criado. Cada paso de María refleja años de disciplina y dedicación.
Leocadia, instalada en su sitio habitual, revisa cartas con su gesto habitual de desdén. Ángela, a su lado, desayuna en silencio, intentando ser invisible ante el mal humor constante de su madre. Cuando María se aproxima para servir el café, repitiendo un ritual que ha ejecutado cientos de veces, Leocadia decide cambiar el guion. Con un movimiento calculado, desplaza su brazo y golpea la bandeja con la fuerza suficiente para hacerla caer. María intenta evitar la catástrofe, pero es inútil: las tazas se hacen añicos contra el mármol y el estruendo llena la estancia.
El silencio que sigue es helado. María, temblorosa y horrorizada, apenas puede balbucear una disculpa. Leocadia se levanta lentamente, saboreando cada segundo del miedo que provoca. Su desprecio es absoluto. Acusa a María de destruir una pieza familiar invaluable y la culpa de incompetencia, negándose a aceptar la palabra “accidente”. Ignora las súplicas de la criada y la intervención temerosa de Ángela. Impone un castigo cruel: María deberá pagar cada taza rota, aunque eso significaría más de un año de salario perdido, incluso a costa de los medicamentos que su madre enferma necesita.
Entre los fragmentos, María se arrodilla a limpiar; un trozo afilado le corta la palma, pero ella no se detiene. Cuando López se acerca para ayudarla, Leocadia lo prohíbe con una violencia verbal desgarradora, exigiendo que María limpie incluso su propia sangre. López se retira, pero con una mirada que deja claro que este abuso no quedará impune.
Esa tarde, la cocina está cargada de furia contenida. Simona atiende las heridas de María, Candela prepara té con manos temblorosas, y Pía entra con la decisión reflejada en sus pasos. Todos han sido testigos del acto deliberado de Leocadia. Uno a uno, los criados confirman que esta no es la primera vez; todos tienen una historia. Desde acusaciones inventadas hasta humillaciones públicas, desde sabotajes crueles hasta amenazas devastadoras.
Pía toma la iniciativa: convoca a todo el personal del palacio para una reunión esa misma noche. El mensaje se dispersa como un incendio. Cuando el reloj marca las once, más de veinte personas se reúnen en la cocina: doncellas, lacayos, jardineros, mozos, todos. Por primera vez, el servicio entero se une. La atmósfera es electrizante.
Comienzan los testimonios: López, acusado falsamente de robo por puro entretenimiento de Leocadia; Vera, obligada a romper con Lope bajo amenaza de denuncias inventadas; Candela, humillada tras recibir instrucciones manipuladas; así como relatos de joyas plantadas, animales castigados, jardines destruidos y sevicias continuas. Incluso Petra, antigua aliada de Leocadia, confiesa haber sido utilizada y despreciada, pidiendo perdón entre lágrimas.

Salvador, el criado más veterano, ofrece la reflexión que lo cambia todo: el palacio no existe sin ellos. Sin su trabajo, la casa deja de funcionar. Propone presentar una queja formal ante don Alonso y, si no actúa, detener todo el servicio: una huelga completa. La votación es unánime.
A la mañana siguiente, Pía encabeza una delegación ante el marqués. Le entregan un documento con 22 firmas y páginas de testimonios detallados. Don Alonso queda impactado, avergonzado incluso, por no haber visto el sufrimiento de quienes han servido fielmente a su familia. Aunque duda por la gravedad de expulsar a una noble, Pía le revela el ultimátum: si Leocadia no se va antes del anochecer siguiente, el palacio quedará paralizado.
Esa misma tarde, Leocadia es convocada. Lee el documento y reacciona con desprecio, negándolo todo. Pero Manuel, Curro e incluso Ángela la contradicen. La hija, entre lágrimas, confiesa haber sido testigo de los abusos y respalda al servicio. Leocadia, acorralada, insiste en que todo es un ataque contra su estatus, pero su credibilidad se derrumba por completo.
A la mañana siguiente, el gran salón se convierte en tribunal. El servicio, unido, expone uno a uno los abusos sufridos. María relata el incidente del café; López narra la acusación falsa; Vera confiesa cómo fue obligada a destruir su relación; otros cuentan castigos injustificables y actos de crueldad gratuitos. Ángela se levanta para corroborar todo y denunciar públicamente a su propia madre.
Finalmente, don Alonso dicta su decisión: Leocadia deberá abandonar la Promesa antes del mediodía. Sus amenazas ya no tienen efecto. El marqués pide perdón a su personal por no haberlos protegido antes. Pía y Simona le aseguran que, aunque tardía, la justicia finalmente ha llegado.
Es el día en que el servicio del palacio recupera su dignidad.
Es el día en que la tiranía cae.