La Promesa: El peligroso juego de Curro y Lorenzo La Promesa 724 | RTVE Series
Spoiler: “Le he dado varias oportunidades…”
A lo largo de este tenso momento, la atmósfera se carga de una electricidad casi insoportable, como si cada respiración pudiera desencadenar una tragedia inevitable. El protagonista, agotado por la manipulación, el dolor acumulado y la impotencia que ha sentido durante tanto tiempo, finalmente decide que ha llegado el instante de invertir los papeles. Ya no será más el perseguido, el engañado ni el que implora justicia en vano. Ahora, según afirma con absoluta determinación, es su turno de jugar, tal como —según él— lo han hecho con él desde el principio. Lo dice con una calma inquietante, con esa serenidad que solo tienen quienes ya han cruzado un límite interno y no van a dar un paso atrás.
Frente a él, el capitán intenta aparentar control, pero el temblor apenas perceptible en su voz y en la rigidez de su postura revelan que, por primera vez, no es él quien marca las reglas. El joven sostiene un arma que contiene una única bala, un detalle que transforma toda la escena en una ruleta mortal, una prueba perversa en la que asegura que será el destino —y la sinceridad del hombre al que interroga— quien decida el desenlace. Cada pregunta será un juicio. Si cree que le mienten, disparará. Si el capitán decide callar, también disparará. Las normas son simples, absolutamente implacables.
La primera pregunta cae como un golpe: si fue él quien volvió loca a Eugenia Izquierdo hasta empujarla al abismo del torreón. El capitán, altivo en apariencia, responde que no piensa contestar. El joven interpreta el silencio como una mentira y el tambor del arma ruge con un chasquido vacío que, aunque no libera la bala, anuncia lo cerca que están ambos de un final irreversible. Con una mezcla de furia, dolor y desesperación, insiste nuevamente: quiere saber si él, el hombre que lo ha atormentado, manipuló también a su madre hasta llevarla al mismo destino trágico. Esta vez obtiene una respuesta directa: “No”. Pero la mirada esquiva y el temblor en sus facciones convencen al joven de que miente otra vez. La tensión se espesa, como si el aire se hiciera sólido.

Las provocaciones del capitán no se hacen esperar. Intenta convencerlo de que solo busca obligarlo a confesar lo que quiere oír, que no le interesa la verdad, que lo único que pretende es librarse de él mediante una confesión arrancada bajo presión. Pero el joven, ya cansado de manipulaciones y medias verdades, le hace saber que lo único que desea es transparencia, aunque sea la primera vez que la reciba. Le formula una nueva pregunta: si alguna vez ha intentado atentar contra su vida. El capitán, irritado, le advierte de que está cometiendo un error gravísimo, pero ese rodeo no sirve como respuesta. El joven repite la pregunta con frialdad. La respuesta del capitán es un “No” tajante, pero él vuelve a detectarlo como mentira. Otro clic del arma rompe el silencio. Otro paso hacia el abismo.
El capitán intenta mantener la compostura, pero el sudor en su frente lo delata. El joven, imperturbable en apariencia pese al caos emocional que bulle dentro de él, señala que solo quedan dos oportunidades, dos disparos posibles, y uno podría poner fin a todo. El capitán lo insulta, lo llama enfermo, psicópata, pero él responde con una frase devastadora: “En esto me ha convertido usted”. Y en esa frase no solo hay rabia; hay años de heridas, de silencios, de traumas que han encontrado un punto de ebullición.
El siguiente interrogante termina de romper la fachada del capitán: si secuestró a Ángela. La respuesta vuelve a ser un “No”. Y otra vez el joven escucha en esa negación la traición, el engaño de siempre. El arma vuelve a sonar, liberando otro chasquido seco. Solo queda una bala. Una sola oportunidad para la verdad… o para la muerte.
El joven anuncia que llega el momento de la última pregunta, la que decidirá definitivamente el destino del capitán. Él insiste en insultarlo, llamarlo psicópata, intentando recuperar el control mediante el desprecio, pero ya no tiene poder sobre él. El interrogatorio culmina con la acusación más grave: si asesinó a Jana Expósito. El capitán responde que no. El joven repite con fuerza: “¿Asesinó a Jana Expósito?”. La tensión se vuelve insoportable. El capitán vuelve a negar, pero la última chispa de duda o la convicción absoluta del joven —sea cual sea la que domina— lo llevan a preparar el disparo final.
Sin embargo, antes de que apriete el gatillo, una voz irrumpe en la escena con desesperación: es una súplica urgente, una llamada a la cordura, un intento desesperado por evitar una tragedia irreversible. Le ruegan que baje el arma, que mire a su alrededor, que respire, que recuerde quién es. Le dicen su nombre una y otra vez, tratando de arrancarlo del borde del precipicio emocional en el que está a punto de caer. Le recuerdan que solo queda una bala y que, en cuestión de segundos, podría cambiar para siempre no solo su destino, sino el de todos los que lo rodean.
El joven tiembla, dividido entre el impulso de la venganza y el peso aplastante de la súplica. La voz que lo llama insiste, casi quebrada, diciéndole que estaba a punto de disparar, que lo hubiera matado, que no puede seguir adelante por ese camino. La emoción se desborda. Le piden que mire, que abra los ojos, que reconecte con la humanidad que aún hay en él. Cada palabra es un intento desesperado de romper la espiral de violencia que lo arrastra.
El arma tiembla en su mano. Sus ojos, desbordados de rabia, dolor y confusión, se mueven entre su objetivo y la persona que le suplica. Toda la escena se suspende en un instante eterno, sostenido por la tensión entre el deseo de justicia —o venganza— y el llamado profundo a no perderse para siempre.
Lo que ocurra después dependerá de si el joven permite que el odio lo consuma… o si encuentra la fuerza para detenerse antes de cruzar un punto sin retorno.