La Promesa: ¿Enora está compinchada con don Lisandro? La Promesa 722 | RTVE Series
Vamos, Enora, no es tan difícil
La escena se abre con una tensión casi palpable. Manuel, con el ceño fruncido y la paciencia claramente agotada, mira a Enora como quien intenta resolver un enigma que debería haber sido sencillo desde el principio. Le pregunta, con un tono que mezcla incredulidad y reproche, si sabía o no sabía la información que ahora ha provocado un conflicto inesperado. Para él la respuesta debería ser obvia; para ella, en cambio, la situación es mucho más confusa de lo que parece.
Enora, intentando mantener la compostura, responde con sinceridad: no tenía idea de que el duque de Carvajaliz y Fuentes estuviera detrás de la empresa de don Luis. Le parece absurdo siquiera imaginar que hubiese podido descubrir algo así, más aún cuando aquella relación comercial estaba rodeada de formalidades y silencios propios del mundo de los negocios. Aun así, Manuel no se conforma con esa explicación.
Él insiste. Recuerda que fue ella quien recomendó a don Luis, y subraya cómo ese gesto, aparentemente inocente, tenía implicaciones profundas ahora que se sabe quién está detrás de todo. Para Manuel, la insistencia con la que Enora defendió la elección de don Luis para el proyecto resulta ahora sospechosa. Sin embargo, ella se defiende con firmeza: lo recomendó porque le pareció la opción más adecuada, nada más, nada menos.
Manuel continúa interrogándola. Quiere saber si, durante sus conversaciones con don Luis, él no mencionó quién era el accionista principal de la empresa. ¿No era eso algo relevante? ¿No era un detalle que debería haber salido en algún momento? Enora, algo irritada, le responde que no había razón para que don Luis se lo dijera. Para él, ella solo era la sobrina de Nazario; no tenía por qué compartirle información que consideraba privada. Además, argumenta, estaban allí para hablar de las piezas de los motores, no para discutir quién financiaba la empresa.
Pero Manuel no se convence. Lo que a él le parece un dato menor para Enora, ahora se revela como un punto crucial. Y le recuerda que estaban a punto de iniciar negocios conjuntos; que, en ese contexto, la identidad del verdadero dueño era algo de vital importancia. Enora, con evidente frustración, reafirma que se limitó a preguntar lo necesario. Su interés era técnico y práctico, no financiero. Para ella, la propiedad de la empresa era irrelevante si el producto cumplía con lo que necesitaban.
Manuel la observa con un gesto entre escéptico y cansado. Le pregunta entonces por qué, si asumía que todo pertenecía a don Luis, nunca se tomó la molestia de confirmarlo. Enora responde casi al borde de perder la paciencia: no lo sabe, simplemente no lo hizo. Y con la misma contundencia le recuerda que él tampoco preguntó cuando tuvo la oportunidad. Lo mira fijamente, como quien devuelve el golpe en un duelo verbal.
Él lo admite: tampoco lo hizo. No investigó, no preguntó, no verificó lo que ahora parece obvio. Y sin embargo, parecía dispuesto a culparla a ella por completo. Enora se lo señala sin temor: no puede responsabilizarla por un error que ambos cometieron. Ambos fallaron en el mismo punto; ambos pasaron por alto una pieza esencial de la historia. La tensión se transforma en un silencio pesado, como si cada palabra estuviera siendo cuidadosamente medida antes de salir.

Manuel, aún afectado por las revelaciones recientes, respira hondo. Finalmente concede que tiene razón: no debería culparla por algo en lo que él también falló. Pero aún así, su rostro refleja algo más profundo que simple confusión. Le confiesa que, a pesar de todo, espera que ella le esté diciendo la verdad. La relación entre ellos, cargada de secretos y desconfianzas, ha sido un terreno minado durante demasiado tiempo. “Ya llevamos muchas mentiras”, le recuerda con una mezcla de dolor y advertencia.
Las palabras caen pesadas sobre Enora. Ella se adelanta un paso, con la voz temblorosa pero firme, jurando que está diciendo la verdad. Que no entiende por qué él no logra confiar en ella. Manuel, en tono casi resignado, le responde que solo ella puede contestar a esa pregunta. Cada vez que le pidió confianza, dice, ella respondió con una mentira. Y esa cadena de engaños, prolongada y repetida, ha creado un muro difícil de derribar.
Enora baja la mirada. Parece agotada, como quien ha intentado una y otra vez reparar una estructura que se derrumba en cuanto intenta sostenerla. Reconoce que ya no puede hacer nada más para recuperar la confianza de Manuel. Que ha llegado el punto en el que no depende de ella. Decide entonces dejarlo en sus manos, entendiendo que la responsabilidad ahora es suya: él debe decidir si está dispuesto a creer en ella otra vez o si la duda seguirá marcando el ritmo de todo lo que ocurra entre ellos.
Lo que queda entre ambos es un silencio denso, casi doloroso. No es un final, pero sí un abismo. Un territorio donde se mezclan la desilusión, la esperanza tímida y la fragilidad de una relación que ha sufrido demasiado. Las palabras quedaron atrás; ahora todo depende de lo que cada uno decida hacer con lo que acaba de escuchar. Confiar o no confiar. Avanzar o detenerse. Hablar o callar. Y mientras la conversación llega a su fin, ambos parecen comprender que, más allá de la información revelada, el verdadero conflicto siempre estuvo en otra parte: en la imposibilidad de creer plenamente en el otro.