LA PROMESA – FUGA: ¡María REVELA la PATERNIDAD de su HIJO y Carlo ABANDONA el PALACIO SIN SER VISTO!
La promesa. Fuga. María revela la paternidad de su hijo y Carlo abandona
El amanecer en La Promesa traía consigo una niebla densa, presagio de los acontecimientos que marcarían ese día. María Fernández caminaba por los pasillos del palacio con un paso decidido, protegiendo instintivamente su vientre, portador de un secreto que había transformado su vida. Tras días de dudas y noches sin dormir, había decidido enfrentar a Carlo, el padre de su hijo, y exigir la verdad.
En la cocina, entre el vapor de los primeros preparativos del día, María encontró a Carlo solo, manipulando la porcelana del desayuno con nerviosismo evidente. Su postura se tensó al verla entrar. “Carlo, necesitamos hablar”, dijo ella, cerrando la puerta detrás de sí. Carlo intentó mantener la calma y continuar con su labor, pero sus manos temblaban ligeramente. “No tengo nada que hablar contigo, María”, respondió, con frialdad calculada, sin mirarla.
Pero María no estaba dispuesta a retroceder. Tras meses de secretos y mentiras, su coraje había florecido. “Vas a escucharme”, exclamó, acercándose. Confesó la verdad: el hijo que llevaba en su vientre era suyo. Carlo se giró con pánico, intentando minimizar lo ocurrido. “Fue un error”, murmuró. María, sin lágrimas, lo enfrentó: no había sido un error, había confianza y palabras compartidas, promesas y sueños que ahora eran mentiras para Carlo.
La tensión escaló. Carlo buscaba una vía de escape, negándose a asumir la responsabilidad. María defendió su derecho a la verdad y recordó que el padre Samuel no tenía nada que ver con la situación. Intentaba poner orden en el caos emocional, mientras Carlo se veía acorralado. “No puedes probar nada”, insistió él, en un intento desesperado por conservar su reputación.

El momento culminante llegó cuando Samuel entró en la cocina. Su mundo se derrumbó al escuchar la confesión de María: el hijo no era suyo. Carlo intentó escapar, pero Samuel bloqueó su paso. La tensión entre ellos era palpable. Ante la pregunta directa de Samuel, Carlo finalmente bajó la cabeza; el silencio confirmó lo que María había revelado. Entre lágrimas y sollozos, María intentó explicarse, pero Samuel se retiró, devastado, sintiéndose traicionado y sin salida: había abandonado su vocación por un amor basado en una mentira.
Carlo aprovechó la distracción para huir. Recogió sus pertenencias apresuradamente, ignorando a Santos, quien intentó detenerlo. “No es asunto tuyo”, le gritó Carlo antes de desaparecer por los pasillos secundarios, dejando atrás el palacio, a María, y a un Samuel destruido emocionalmente.
En la cocina, María cayó de rodillas, abrazando su vientre, mientras Samuel se retiraba al jardín, consumido por la angustia. Simona y Candela llegaron y encontraron a María llorando, relatando entre sollozos la verdad: el hijo era de Carlo, el lacayo que ahora había huido. La noticia se difundió rápidamente por el palacio, generando consternación y rumores.
Teresa, informada por Santos, intentó organizar cierto orden. María fue trasladada a su habitación mientras los criados discutían la gravedad de los hechos. La huida de Carlo dejó un vacío tangible; su ausencia no solo física, sino moral y emocional, marcó el día con un peso que nadie podía ignorar. Pía consolaba a María, recordándole que la traición no era culpa de ella y que Samuel, aunque devastado, aún podía cumplir su promesa de cuidarla a ella y al niño.
Mientras tanto, Samuel vagaba por los jardines, enfrentando su dolor. Abandonó su vocación y su fe, y ahora debía procesar la traición y la pérdida. Manuel lo encontró y trató de ofrecer consuelo, pero las palabras no podían reparar el daño. Samuel se encontraba atrapado entre el amor y el dolor, sin poder reconciliar la traición de María con sus sentimientos.
En la rutina diaria del palacio, los criados comentaban la cobardía de Carlo. Simona lo calificaba de miserable, dejando a María sola ante el escándalo, mientras Vera y López compartían un momento de reflexión sobre la acumulación de tragedias en La Promesa. La vida allí parecía alimentarse del sufrimiento, con cada desgracia superando la anterior: la muerte de Hann, la prisión de Cruz, la desaparición de Catalina y ahora el escándalo de María y Carlo.
Alonso de Luján contemplaba un retrato familiar y se sentía impotente ante la serie de desgracias que habían asolado su hogar. Cruz encarcelada, Catalina desaparecida, problemas financieros y la huida de Carlo, junto con un escándalo creciente, dejaban al palacio al borde del colapso. Leocadia, con su frialdad característica, recordaba que siempre podía caer más bajo, amenazando indirectamente a Alonso con un desastre mayor.
En las noches del palacio, Pía hacía su ronda, entrando a la habitación de María para ofrecer consuelo. La joven seguía temblando y llorando, y Pía la abrazó, recordándole que Samuel era un hombre de verdad, capaz de perdonar y mantener su promesa. María, aún frágil, preguntó si sería posible recuperar algo del amor perdido; Pía respondió que la esperanza siempre encuentra un camino, aunque sea tortuoso y lleno de dolor.
Mientras tanto, Carlo continuaba su huida por España, lejos del palacio, con la culpa latente por dejar a María enfrentando sola la situación. La distancia enterraba su pasado, pero no su conciencia. En La Promesa, Samuel finalmente decidió hablar con María, explicando que necesitaba tiempo para sanar antes de intentar reconstruir algo juntos. Reconocía el amor que sentía y su promesa de cuidar al niño, aunque no fuera suyo por sangre.
El resto del palacio seguía lidiando con el caos. Manuel recibía noticias de problemas en la empresa, insinuando posibles traiciones internas. Teresa y Cristóbal trataban de reorganizar la casa, reemplazando a Carlo y asegurando la situación de María, mientras los demás habitantes procesaban el escándalo.
Curro reflexionaba sobre la cobardía de Carlo y su propia persistencia frente a la injusticia, comparando su decisión de permanecer con el palacio y afrontar las dificultades con la huida de Carlo. La lección era clara: algunos enfrentan las consecuencias de sus actos, otros huyen.
En los rincones del palacio, pequeñas escenas mostraban la humanidad persistente entre tragedias: Vera y Lóe compartían consuelo en la despensa, reconociendo que, aunque la felicidad era incierta, la supervivencia era posible mientras permanecieran juntos. La Promesa, con todos sus secretos y escándalos, se mantenía como un lugar donde cada tragedia dejaba su marca, recordando a todos que la vida allí era una sucesión de pruebas, dolor y, a veces, pequeñas luces de esperanza.