La Promesa: La ovación a Xavi Lock, Guillermo Serrano y Marta Costa | RTVE Series
🔻 SPOILER – “Gracias a todos” 🔻
Quisiera comenzar dirigiéndome a todos con un agradecimiento profundo, sincero y necesario. A veces las palabras no alcanzan para expresar todo lo que uno siente, pero aun así hago el intento. Desde la última vez que te vi, han ocurrido tantas cosas que casi resulta imposible ordenarlas. No sé si soy capaz de contártelas en el mismo orden en que sucedieron o con la claridad que merecen, pero sí puedo transmitirte lo que han despertado en mí. Ha sido como vivir dentro de una sucesión de escenas que se superponen: luces, murmullos, emociones inesperadas y rostros que parecían tener algo importante que decir.
Quisiera que pudieras imaginarlo: nuestro jardín, ese lugar que tantas veces vimos como un refugio silencioso, se transformó en una especie de escenario vivo. Las luces parecían moverse por sí solas, danzando sobre las plantas y los senderos, acariciando las sombras y creando dibujos caprichosos sobre las paredes. En algunos momentos llegué a creer que eran señales, como si la casa o el propio jardín intentaran comunicar algo que yo aún no lograba comprender. Todo tenía un aire de misterio, como si estuviera a punto de revelarse un secreto largamente guardado.
Al mismo tiempo, como si no bastara con aquel espectáculo de luces, empezaron a circular rumores nuevos. Voces que venían y se iban, comentarios que no terminaban de aclararse, pero que dejaban una sensación persistente de que algo se estaba gestando. Escuché cosas contradictorias: algunos hablaban con ilusión, otros con preocupación, y otros simplemente con esa curiosidad que suele surgir cuando la tranquilidad habitual se ve alterada. Entre esos murmullos, se mezclaban emociones, latidos acelerados, miradas inquietas… como si todos intuyeran que un cambio estaba próximo, aunque nadie pudiera precisar de qué se trataba.
En medio de todo aquello, yo intentaba mantener la calma, recordando que en ocasiones la vida se manifiesta así: de forma caótica, sorprendente, un poco desordenada y completamente impredecible. Y aun así, había algo luminoso en todo ello, un pequeño destello de esperanza. Quizá era solo la ilusión de pensar que, tras tanto desconcierto, surgiera algo bueno.
Te confieso que una de las cosas que más me reconfortó fue tener ese ramo entre las manos. Puede parecer una tontería, pero cada flor, cada aroma, cada textura parecía recordarme que había algo hermoso en medio de la incertidumbre. Me sentía acompañada, como si aquel ramo fuera una forma de traer contigo una parte de todo lo que hemos vivido. Era casi como tener una muestra de belleza sin necesidad de subir al faro, sin enfrentar la subida larga o el viento que tantas veces nos ha golpeado la cara allí arriba. Era la belleza sin esfuerzo, sin peligro, sin despedidas.
Y hablando del faro, surgió la propuesta. Dijeron que sería buena idea llevar el ramo hasta allí para cumplir con cierta tradición familiar. Al principio pensé que estaban bromeando, pero luego comprendí que lo decían en serio. La abuela lo hubiera aprobado sin dudarlo —ya sabes cómo era, siempre creyendo que los rituales tenían un “algo” especial, una fuerza que protegía o guiaba—. Aun así, dudé. No porque no me pareciera bonito, sino porque no estaba segura de si era el momento adecuado. Con todo lo que estaba ocurriendo alrededor, con ese torbellino de luces y voces, me era difícil decidir si debía añadir un nuevo gesto simbólico a la confusión del día.
Pero entonces mencionaron que Siberia estaba de acuerdo. Que ella había dicho que sí, que le parecía un buen plan, quizá porque ahora se marchaba a Mallorca y quería dejar todo encaminado antes de su viaje. Su opinión, por algún motivo, pesó más de lo que esperaba. Tal vez porque sabía que no la vería en un tiempo y quería honrar su deseo. Tal vez porque estaba cansada de tanto dudar y necesitaba que alguien tomara una decisión por mí. O tal vez porque, en el fondo, sentí que no perdía nada con intentarlo.
Sin embargo, incluso con el visto bueno de Siberia, surgió el problema. Siempre tiene que aparecer uno, ¿verdad? Como si la vida se empeñara en recordarnos que nada puede fluir sin tropiezos. No era un problema grave, pero sí uno de esos obstáculos que te obligan a replantear lo que dabas por sentado. Resultó que no todos estaban de acuerdo con la idea del faro; algunos pensaban que era peligroso, otros que no tenía sentido, y otros simplemente querían evitar que las cosas se complicaran aún más.

Así que allí estaba yo, atrapada en medio de opiniones cruzadas, recomendaciones contradictorias y sentimientos que no terminaban de encajar. Intentaba escuchar a todos y, al mismo tiempo, escucharme a mí misma —lo cual, honestamente, era mucho más difícil—. Era una sensación parecida a estar en una encrucijada: cada camino tenía sentido por un motivo diferente, y ninguno parecía ser claramente el correcto. Intenté respirar hondo y recordar que no todo depende de tomar decisiones perfectas; a veces basta con elegir algo y avanzar con ello.
En ese instante, recordé algo que me dijiste una vez: que los momentos extraños, los que parecen confusos o fuera de lugar, suelen ser los que más enseñan. Y quizá tenías razón. Porque mientras trataba de entender qué hacer, me di cuenta de que todo aquello tenía algo importante que mostrarme. Que las luces danzantes, los rumores, las emociones confusas y los planes cambiantes no eran obstáculos sino señales. Señales de que estoy viva, de que sigo en movimiento, de que las cosas —aunque a veces desconcertantes— tienen un ritmo que de algún modo termina encontrando su armonía.
Así que aquí estoy, contándotelo todo como si necesitara liberar un peso. Y en parte es así. Porque al decirlo, al poner en palabras cada fragmento, cada detalle, siento que empiezo a comprenderlo. Tal vez no del todo, pero sí un poco más. Y también siento que estás aquí, escuchándome, como tantas otras veces.
No sé qué ocurrirá después, ni qué decidiré finalmente con el ramo o el faro, ni qué pasará cuando Siberia se marche a Mallorca. Lo que sí sé es que necesitaba compartirlo contigo. Porque tú siempre has sabido leer entre líneas, ver más allá de lo evidente, entender aquello que incluso yo misma tardaba en comprender.
Gracias por estar. Gracias por escuchar, incluso cuando no estás físicamente aquí. Gracias por ser ese faro al que no necesito subir para encontrar luz.