LA PROMESA..LORENZO Y ENORA “¡EL SECRETO QUE LO CAMBIA TODO!”

 

Durante muchísimo tiempo se pensó que el pacto que unía a Lorenzo y a Enora se forjó por mera avidez, por una ambición retorcida que los llevaba a buscar poder a cualquier precio. Pero lo que parecía una alianza nacida del crimen era en realidad un vínculo mucho más profundo y aterrador, incrustado en lo más íntimo de su propia sangre. Su conspiración no surgió de una casualidad ni de un encuentro estratégico: su destino quedó ligado desde antes de ver la luz, en el vientre de la misma madre, ochenta años atrás. Lorenzo y Enora no eran simples cómplices, ni compañeros de fechorías: eran gemelos, hermanos nacidos del mismo vientre, unidos por un lazo que se transformó en una ira devastadora. Su odio compartido era la herencia más peligrosa que pudieron recibir.

En el ático de La Promesa, un espacio donde el polvo del tiempo parecía formar un velo casi místico, el sol del mediodía se filtraba como un débil rastro dorado. Allí, entre baúles sellados y recuerdos olvidados, Curro —el joven heredero que aún luchaba por ensamblar los fragmentos de su identidad recién descubierta— avanzaba con el impulso de alguien que necesita respuestas. No buscaba objetos de valor, sino piezas de un rompecabezas familiar que llevaba generaciones oculto.

Mientras movía un mueble antiguo, su atención se detuvo en una caja de madera oscura, casi negra, con un lacre rojo cuarteado que todavía conservaba el escudo de los De la Mata: dos espadas cruzadas sobre un cielo estrellado. Con manos acostumbradas a la espada pero no a descifrar secretos, Curro retiró el sello. Un aroma a papel envejecido y a silencios acumulados durante décadas lo envolvió. Entre cartas amarillentas y fotografías desteñidas, encontró un documento encuadernado en cuero: un testamento fechado en 1898.

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La primera frase lo golpeó con una fuerza que lo dejó sin aliento. La leyó una vez, dos, tres, sin lograr creer lo que sus ojos contemplaban:

“Yo, Bernardo de la Mata, declaro que mi hijo Lorenzo y mi hija Enora son gemelos, nacidos de mi unión con María Castellanos.”

Hermano y hermana. Gemelos. Unidos por la sangre. La mente de Curro estalló en una mezcla de horror y revelación. De pronto, todo encajaba: su sincronía casi sobrenatural, la precisión calculada de cada crimen, la devoción absoluta entre ellos. No era una asociación criminal corriente: era un pacto de sangre roto y reconstituido, alimentado por décadas de rencor.

Curro bajó las escaleras casi sin sentir los escalones. Entró en el estudio donde Manuel trabajaba. “Tienes que ver esto. Ahora.” Su voz era un hilo tenso. Manuel tomó el testamento, y su rostro perdió el color. “No puede ser… Gemelos. Y oculto todos estos años.”

El documento revelaba aún más: la crueldad del patriarca de los De la Mata había marcado su destino desde el nacimiento. “He decidido que los gemelos sean separados. Lorenzo permanecerá conmigo como heredero. Enora será entregada a los Figueroa para su crianza, sin conocer su origen.” Un acto calculado para no dividir la fortuna familiar.

Manuel comprendió entonces el origen de la tormenta. No era solo un plan contra los Luján: era una venganza alimentada por el dolor de dos niños arrancados el uno al otro. “No eran dos criminales actuando por capricho”, dijo Curro, “sino dos seres rotos que hicieron de su dolor una misión.”

Pronto la noticia se propagó por La Promesa como un veneno. Alonso ordenó una investigación formal. Don Ernesto, abogado de la familia, confirmó que Enora había sido adoptada por los Figueroa, en un proceso completamente deliberado por parte de Bernardo de la Mata. Mientras tanto, Manuel halló unas fotografías de 1915: imágenes borrosas, pero innegables, donde Lorenzo y Enora aparecían juntos años antes de su supuesto primer encuentro. Era la prueba de que habían mentido desde el principio.

Pía, la gobernanta, añadió otro detalle inquietante: “Fue Lorenzo quien recomendó a Enora personalmente. Dijo que era una prima en la que confiaba plenamente.” Nunca imaginaron que esa “prima” era su hermana gemela.

El descubrimiento final llegó cuando Curro viajó al pueblo natal de los De la Mata. Una anciana, con la mente aún afilada, recordó el escándalo de los gemelos. Según su relato, Lorenzo y Enora se reencontraron siendo adolescentes durante un funeral familiar. Se reconocieron al instante, y ese mismo día —contó la mujer— juraron vengarse de todos los que los habían separado.

La línea temporal quedó clara: nacidos en 1898, reunidos en 1910, infiltrados en diferentes esferas en 1915, y finalmente, en 1920, Enora entrando en La Promesa mientras Lorenzo seducía a Dolores, la madre de Curro. “Mi nacimiento fue un movimiento de ajedrez,” murmuró Curro. “Ellos necesitaban un descendiente con sangre Luján para reclamar un derecho que nunca les perteneció.”

Cuando Alonso escuchó esa revelación, apenas pudo sostenerse. “¿Quieres decir que tu vida misma formaba parte de su plan?” Curro asintió. “Todos hemos sido piezas movidas por un odio que empezó mucho antes de nacer.”

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La verdad cayó como una losa sobre Ángela, hija de Enora. “Soy la hija de una mujer que conspiró con su propio hermano para destruir todo lo que yo llamo familia”, lloró. “¿Cómo se vive con eso? ¿Y si esa crueldad está en mi sangre?” Manuel la calmó ofreciéndole un camino distinto: “Redime tu apellido. Sé lo que tu madre nunca pudo ser.”

Ángela decidió enfrentar a Enora en prisión. Entre barrotes y lágrimas, la joven preguntó: “¿Alguna vez me quisiste, o solo fui un instrumento más en tu venganza?” Por primera vez, Enora dejó caer la máscara. “Te quise”, admitió, “pero el odio me devoró.” Ángela, quebrada pero firme, prometió romper el ciclo que había destruido generaciones. Creó una fundación para niños separados de sus familias, decidida a que nadie más sufriera lo que los gemelos habían vivido.

Alonso, por su parte, decidió que la historia debía ser preservada. “Registra todo”, ordenó al historiador familiar. “Prefiero una verdad dolorosa a una mentira perfecta.” Y como gesto final, la familia Luján devolvió las tierras que un antepasado había arrebatado a los De la Mata, cerrando así el círculo de injusticias.

Décadas después, Curro enseñaba a sus hijos en los jardines renovados de La Promesa: “Recordad esto siempre: el rencor destruye durante generaciones. Lorenzo y Enora tuvieron razones para su dolor, pero eligieron el camino que los condenó.”

Sin embargo, incluso encarcelados, dejaron una sombra persistente. Lorenzo hizo llegar a Curro un mensaje críptico. Enora envió otro a Alonso, insinuando que aún existían conspiradores ocultos. Así, el veneno que los gemelos sembraron siguió vivo, extendiendo la sospecha de que el verdadero enemigo quizá no hubiese sido solo ellos… sino algo aún más grande.