La Promesa: Los recuerdos más bonitos de Lorenzo La Promesa 724 | RTVE Series

Spoiler: “No diga tonterías, no le pega nada”

Lo que sigue es un relato profundamente emocional, un puente tendido entre recuerdos distantes, sentimientos que nunca se dijeron y verdades que, aunque duelen, también revelan una humanidad inesperada. En este momento cargado de tensión, alguien intenta restar importancia a las palabras del otro, diciéndole que no diga tonterías, que aquello no encaja con él, que no concuerda con la imagen que siempre ha proyectado. Pero el capitán insiste, con una mezcla extraña de sinceridad y melancolía: asegura que, cuando el muchacho era apenas un niño, él lo quería de verdad. Esta afirmación genera una reacción inmediata de incredulidad e indignación. ¿Cómo podía tener la osadía de decir algo así? ¿Cómo podía mostrar semejante falta de vergüenza? Sin embargo, él insiste. Dice que habla desde la verdad, no desde la manipulación que tantas veces lo ha caracterizado.

Entonces, comienza a reconstruir un recuerdo que ha guardado en silencio durante años. Afirma que recuerda perfectamente la primera vez que vio al niño, tan pequeño, tan frágil, casi irreal en su vulnerabilidad. Pero a la vez, advierte que sería mejor no profundizar demasiado en esos recuerdos, porque esconden emociones complejas y contradicciones internas que nunca ha sabido manejar. Desde el primer instante —confiesa— supo que no era su hijo. Esa certeza, lejos de acercarlo al pequeño, lo llenó de un temor extraño, casi primitivo. Temía encariñarse demasiado, temía reconocer afectos que no le correspondían. Por eso evitó acercársele, por eso tardó más de dos semanas en atreverse a cargarlo en brazos.

Pero cuando finalmente lo hizo, cuando sintió su peso diminuto, su calor, su respiración suave, algo se rompió dentro de él. El joven se muestra incrédulo ante esta declaración, porque toda su vida ha creído que ese gesto fue indiferente o incluso obligado. Sin embargo, el capitán lo desmiente. Explica que, lejos de pensar en cómo deshacerse de él —como el joven sospecha con resentimiento—, se sintió inundado por una ternura inesperada. Dice que olía tan bien, que su presencia era tan pequeña y tan pura, que cada vez que encontraba la ocasión lo estrechaba entre sus brazos como si fuera el único refugio ante un mundo demasiado duro.

La Promesa', resumen de los capítulos 711 a 716 del 10 al 14 de noviembre

Recuerda esos primeros meses como una etapa luminosa en su vida, quizá la más feliz que jamás ha vivido. Confiesa que se sentía lleno, colmado, completamente transformado por la presencia de aquel niño. Durante ese breve periodo, casi llegó a olvidar que no era su hijo biológico. Esa emoción, aunque parezca imposible a ojos del joven, fue real para él. Y afirma que daría cualquier cosa por volver a experimentar algo parecido, por sentir por alguien lo que sintió entonces, cuando la paternidad —aunque no verdadera— le ofreció un tipo de amor que nunca había conocido.

Hasta la llegada del niño, dice, no sabía lo que era el verdadero miedo. No el miedo de la guerra ni el miedo de las amenazas externas, sino ese miedo íntimo que se aferra al alma y te impide respirar. El miedo que nace del amor. Aclara que su temor más profundo era que algo le pasara al pequeño, cualquier cosa, incluso un accidente mínimo. Sentía un pánico irracional a perderlo, a ver deteriorarse aquello que le había dado un sentido que jamás había experimentado.

Revela incluso que por un tiempo se apartó del ejército para dedicarse a él, algo que el joven desconoce totalmente y que escucha con sorpresa. El capitán lo invita a verificar esa información con Alonso, seguro de que podrá confirmarlo. Es una prueba más —según él— de cuánto le importaba. Durante ese periodo, su único pensamiento era estar cerca del niño, protegerlo, cuidarlo.

Episodio 710

El relato se vuelve más intenso cuando recuerda un episodio traumático: a mes y medio de haber llegado a la casa, el niño enfermó gravemente. Al principio parecía solo un catarro, algo común en los bebés, pero para él ya era motivo de profunda angustia. Luego comenzaron los accesos de tos, violentos, prolongados, acompañados de vómitos sin control. Era tosferina, una enfermedad peligrosa y devastadora en un bebé tan pequeño. El capitán relata cómo se ahogaba, cómo su cuerpo diminuto luchaba por respirar, y cómo cada crisis parecía anunciar una tragedia inminente.

El joven recuerda aquel episodio, pero trae a la memoria otro suceso posterior: la neumonía que lo afectó alrededor de los cinco años y que casi terminó con su vida. Pero el capitán asegura que aquella neumonía no fue nada comparada con el terror que vivió durante la tosferina. Afirma que jamás ha sentido un miedo tan profundo como el que lo invadió entonces. Pasaba días y noches enteras sin dormir, velando al pequeño, pendiente de cada respiración, temiendo que en cualquier momento pudiera dejar de hacerlo. Dice que Eugenia también estuvo allí, pero que las noches eran suyas, porque era él quien se quedaba junto al niño hasta el amanecer, sin separarse ni un segundo.

Cuenta que las noches eran eternas, un tormento emocional en el que cada tos resonaba como un latido del destino. Asegura que aún tiene grabado ese sonido en la memoria, que jamás logró borrarlo ni dejar de sentir el temblor en el pecho que acompañaba cada ataque del pequeño. Y confiesa, con la voz quebrada por un sentimiento que nunca se permitió mostrar, que si algo le hubiera pasado al niño, nunca, jamás, se lo habría perdonado.

Estas palabras, cargadas de un peso emocional inesperado, revelan no solo un pasado oculto, sino la humanidad contradictoria de un hombre que siempre se mostró como una figura rígida, fría, casi inaccesible. Y sin embargo, en ese momento, desnudado ante sus propios recuerdos, reconoce que dentro de él existió un amor inmenso, un amor que lo marcó para siempre, aunque nunca supo —o nunca se permitió— expresarlo como debía.