La Promesa: Martina desafía a Jacobo ante el Rey

La mañana amaneció serena en La Promesa, pero Martina supo desde el primer instante que nada volvería a ser como antes. Una joya escondida, un sentimiento prohibido, misivas sin firma que amenazan con romper alianzas, y un compromiso que se derrumba ante la mirada de toda la nobleza… así daba comienzo el capítulo más arriesgado y decisivo de la vida de Martina Luján.

Adriano, sin buscarlo, se había convertido en el centro de todas las dudas. Su gesto silencioso y su lealtad incorruptible lo señalaban ante los demás como un elemento incómodo. Jacobo, consumido por los celos, veía enemigos por todas partes, especialmente en ese extranjero que había conseguido conquistar lo que él jamás logró: el corazón de Martina.

El ambiente en el palacio era irrespirable. Alonso tomaba decisiones que podían comprometer reputaciones ante el mismísimo Rey, mientras Martina, por primera vez, se inclinaba hacia la verdad y no hacia el deber social. Una bofetada, un diario oculto y una confesión pronunciada ante la Corona marcarían el curso de una noche que cambiaría destinos.

A la mañana siguiente, pese al aspecto tranquilo de los jardines y el ir y venir de los criados, Martina se levantó con el corazón oprimido. Apenas había pegado ojo, recordando el momento en que Adriano le entregó aquel estuche de terciopelo. Dentro, la medalla antigua con una miniatura de un jardín italiano. No era una cortesía. Era una declaración muda, una complicidad imposible de negar.

Al tomar la medalla en sus manos, Martina sintió que imaginaba un futuro que jamás se había permitido soñar. Pero el toque en la puerta la devolvió a la realidad: Cruz la reclamaba en el salón. Al bajar, encontró a su madre, a Alonso y a Jacobo, todos tensos. Otra carta anónima había llegado, y Jacobo, sin el menor tacto, la acusó directamente a ella.

La Promesa: Jacobo se queda a solas con Jana

Martina negó con firmeza, pero Jacobo insinuó que Adriano estaba involucrado. Bastó esa insinuación para encender la chispa: Martina, incapaz de contenerse, lo abofeteó. El sonido seco marcó el momento en que su vida cambió. Alonso, pese a su sorpresa, no la reprendió. Jacobo, lleno de rabia, prometió exponerla si descubría que ella era la autora de las cartas.

Mientras tanto, en las cocinas, Teresa luchaba con sus dudas sobre el puesto de ama de llaves. Lope y María Fernández intentaban animarla, recordándole su valía. Pero incluso allí, entre recetas y utensilios, las tensiones del palacio se colaban. Pía entró para avisar que Adriano había sido llamado al despacho de Alonso, donde Jacobo estaba esperándolo.

En el despacho, Adriano comprendió que estaba ante una trampa. Jacobo lo acusó de estar detrás de las cartas, insinuando también que Catalina había sido manipulada por él. Adriano defendió su honor y el de la joven, asegurando que nunca había participado en movimientos ocultos. Pero Jacobo, cada vez más acorralado, insistió en que alguien estaba tratando de destruir su compromiso.

Fue entonces cuando Alonso anunció que llevaría las cartas al aniversario del duque de Carvajal y Cifuentes, donde estaría presente el Rey. Si eran verdaderas, la Corona lo sabría. Si eran falsas, Jacobo quedaría limpio. La noticia se expandió por el palacio, y Martina, al enterarse, comprendió que su destino ya no podía esperar: era el momento de tomar partido.

Esa noche, el palacio del duque brillaba como un tesoro iluminado por cientos de luces. Cuando Martina llegó, lucía un vestido marfil y, sobre su pecho, la medalla de Adriano. Era un gesto atrevido, una declaración abierta. Él la miró como si el mundo se hubiera detenido.

Durante el brindis, Alonso se adelantó y pidió permiso al Rey para mostrar las cartas. Explicó su contenido: acuerdos dudosos, inversiones sospechosas y maniobras realizadas por Jacobo a espaldas de la Corona. Jacobo intentó defenderse, alegando que todo era una conspiración para arruinar su futuro con Martina.

Alonso pidió entonces que Adriano declarara. El Rey lo autorizó, recordando que la verdad puede salir de cualquier boca. Adriano habló sin temblar: Catalina le había confiado información sobre las presiones y documentos que Jacobo le exigía firmar. Sacó el diario de la joven, donde todo estaba anotado.

Jacobo negó, pero el aire en el salón cambió. Los rostros lo observaban con sospecha. Y cuando intentó culpar a Martina, ocurrió lo inesperado: ella dio un paso adelante y se dirigió al Rey.

Aseguró que, incluso si las cartas fueran falsas, no deseaba casarse. Había vivido demasiado tiempo como pieza de un juego que no eligió. Prefería el escándalo a una vida de silencio y miedo. El Rey respaldó su decisión, dejando claro que ninguna mujer debía ser obligada a un compromiso que no deseaba.

Martina sospecha de Jacobo en 'La Promesa' en el avance del capítulo 607  del lunes 2 de junio en TVE

Jacobo quedó aislado, su reputación pendiendo de un hilo.

Tras la ceremonia, Martina salió a la terraza para respirar. Allí la encontró Adriano. Ella confesó que había temblado, pero que no se arrepentía. Él le dijo que no quería ser su refugio solo porque lo demás había caído. Martina respondió que con él había encontrado su propia voz. Por primera vez sentía que podía elegir por sí misma.

Entonces, como un acuerdo silencioso, decidieron intentar construir algo nuevo, lejos de mentiras y apariencias.

Al volver al amanecer, el ambiente en La Promesa era distinto. En las cocinas, Lope reveló por fin que él era “Madame Cocotte” y fue celebrado. María Fernández anunció que seguiría adelante con su embarazo. Curro, decidido, dijo que lucharía por Ángela, aunque eso significara marcharse del palacio.

Cuando Alonso habló con Martina, le confesó que no estaba decepcionado. Al contrario: orgulloso de verla elegir su propio destino. Martina comprendió entonces que, pese al escándalo, había iniciado su propio camino.

Y así, con el sol entrando por los ventanales y el polvo brillando en suspensión, Martina comprendió que lo más sorprendente de toda esta historia no era la caída de un noble, ni la humillación pública. Era descubrir que, incluso entre mentiras, miedos e intrigas, el amor auténtico podía abrirse paso.
Un final que aún no era final.
Una promesa recién nacida.